Memorias de un misionero en Zaire -  Por Julián Azcona

 

"ME ENVIÓ A LIBERAR A LOS OPRIMIDOS" (Lc 4,18)
Memorias de un misionero en Zaire
Por Julián Azcona


29.11.09
Queridos todos: Siempre que volvía del Congo y me encontraba con alguno de vosotros la cuestión era inevitable: "Cuéntanos cosas de por allí"

Este año me he entretenido en poner en orden y por escrito algunos de mis recuerdos y lo que tenéis entre manos es resultado.

CONTENIDO

Introducción.    3
La situación en la Colectividad Bafwagada.    4
Primeros chispazos.    7
Los acontecimientos de Legu.    9
Un nuevo asesinato.     12
"Tirad vuestro café al río".    13
"Duniani haki haiko", ("En la tierra no hay justicia").     14
Mujeres, niños y viejos.    15
El leopardo y las cabras.    19
Magia, brujos y hechiceros.     21
Las desventuras de un greco-chipriota.    24
Los manejos de otro hechicero.    25
Los acontecimientos de Bakana. Nuevos enfrentamientos con el jefe Karume.     27
El Comité "Justicia y Paz".    29
Mi visita a "Ngosamu".    30
Los acontecimientos de Monzambe.    31
Nuevos incidentes en Monzambe    35
La visita de Idambituo.    37
Los acontecimientos de Babonde    38
En Isiro    40
Coda    45

Introducción.

Desde etapas muy tempranas de mi vocación misionera tuve claro que la tarea integral de la predicación del Evangelio incluía los tres componentes que el mismo Jesús había asumido desde el inicio de su actividad en su discurso programático en la sinagoga de Nazaret:
1º el "anuncio de la buena noticia a los pobres", que se traduciría en la predicación y constante actividad pastoral.
2º el "dar la vista a los ciegos", (forzando un poco el sentido original), procurar la salud de los enfermos, que se tradujo en una intensa actividad como enfermero tanto en el aspecto asistencial como en el preventivo y de educación sanitaria.
3º "poner en libertad a los oprimidos", que se concretizó en tres direcciones: Lucha contra la explotación e injusticias; lucha contra la influencia de brujos y hechiceros, y labor promocional de desarrollo en la enseñanza y en infraestructuras.
Por eso ya en la invitación a la ceremonia de mi ordenación sacerdotal incluí el texto del discurso de Jesús tomado del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el Año de Gracia del Señor". Lc 4,18-19 / Is 61,1-2
En el orden de prioridades también tuve muy claro desde el principio que lo más importante era la predicación. El grito de Pablo "¡Ay de mi si no predicara el Evangelio!" (1Cor 9,16) resonaba siempre en mi interior, y el imperativo de la Segunda a Timoteo "Predica Verbum" ("proclama la Palabra". 2Tim 4,2), lo asumí como dirigido a mí personalmente. Claro que pudieron resultar más "llamativas" las otras actividades. Hacer andar a un tullido que llevaba varios años sin poder moverse, curar a una "hemorroisa" que, como la del Evangelio, llevaba varios años con flujo de sangre, casi sonaba a la propia actividad de Jesús. Construir un puentecillo o una capilla en materiales durables resultaba, como los propios nativos decían, "muujiza, Mpe, muujiza!", (¡milagro, Padre, milagro!). Lo de enfrentarse al jefe y a las autoridades creaba complicaciones y problemas políticos y era más llamativo, pero no dejaba de ser circunstancial.
Voy a referirme aquí principalmente a este tercer apartado.

La situación en la Colectividad Bafwagada.

Los Bafwagada constituyen una de las siete "jeferías" de los Babudu creadas por la Administración colonial belga por los años 1910-1912. El territorio de la Colectividad se encuentra a caballo de los ríos Nepoko y Ngada.
La Colectividad-jefería comprende 22 agrupamientos (clanes) y 80 localidades. Su capital es Legu, lugar en el que reside la administración.
Inicialmente la Misión de Legu coincidía con el territorio de la Colectividad pero debido a las dificultades de desplazamiento, por falta de puentes, su extensión se redujo al territorio incluido entre los dos ríos, cediendo el resto de los territorios a las parroquias vecinas.
A mi llegada a Legu, en noviembre del 75, gobernaba la Colectividad el jefe (sultani) Joseph Karume Gbadi, 4º de la dinastía. Su autoridad era absoluta, paternalista en ocasiones, pero generalmente despótica y arbitraria. Era, literalmente, dueño de vidas y haciendas.
Karume era bastante rico pues poseía tres plantaciones de café: La de Beanaka, heredada de su padre Gbadi; la de Makulu, comprada a bajo coste a un antiguo colono belga; y la de Anjini, que había sido de la Misión, pero que los PP. Midendorf y Robben habían cedido al jefe para obtener la nueva parcela en el centro de Legu. Era época de vacas gordas. Las plantaciones estaban en plena producción y el abundante café se vendía a buen precio. El jefe disponía de un camión y de un par de camionetas. Karume era polígamo, signo social de su riqueza y poder. A pesar de estar casado por la Iglesia con mamá Bukuma Teresa, había ido añadiendo a su harem hasta una docena de esposas y otras tantas concubinas. Los ingresos del café se invertían en pagar la dote de nuevas esposas. Los diversos clanes también estaban interesados en proporcionar al jefe alguna muchacha para así poder vivir en buenos términos con él, congraciarse o suscitar su benevolencia en caso de dificultades. Pero esto le ocasionaba a Karume no pocos gastos y quebraderos de cabeza. Hijo de padre polígamo, tenía un montón de hermanos o medio-hermanos con quienes compartía el poder y por quienes tenía que velar. Polígamo él mismo, tenía otro buen montón de "semeki" (cuñados), y clanes de cuñados con quienes estaba siempre en deuda y a quienes tenía que compensar con pagos y regalos. Por si fuera poco, a esto se añadían los familiares por pacto de sangre (por circuncisión). Además tenía, evidentemente, sus esposas e hijos, sin contar con la financiación de la propia Colectividad… no había ingresos suficientes para hacer frente a tantos compromisos.
La solución a estas dificultades económicas se conseguía en primer lugar con el monopolio en la compra del café de la gente. El jefe se ponía de acuerdo con algún comprador mayorista y juntos fijaban el precio, siempre por lo bajo; el comprador conseguía la exclusiva de compra en el territorio de la Colectividad a precio de saldo y el jefe obtenía una buena compensación en metálico y en especies (coche, moto etc.). A veces el propio jefe se constituía en comprador, sin permitir que ningún otro entrase en su territorio. ¡Ay de quien osase vender su café a algún otro! Era inmediatamente multado y encerrado en la cárcel. Cada familia tenía que entregar gratuitamente una parte del café producido; además se falseaban las balanzas y el precio lo fijaba el jefe. La gente no era tonta y mezclaba los granos del café con piedrecitas de limonita para aumentar el peso.
El cultivo y mantenimiento de los cafetales se hacía por medio de trabajos forzados. Cada clan tenía que proporcionar un cierto número de personas que, durante un mes y de modo rotativo, fueran a trabajar a las plantaciones del jefe. Si no era suficiente se echaba mano de los presos. Con razón o sin ella se detenía a la gente, se les imponían multas y trabajos forzados en favor del jefe. Existía también el llamado "salongo", un trabajo comunitario impulsado por el propio Mobutu en favor de la comunidad para el mantenimiento de caminos, escuelas, dispensarios… pero el jefe con esa excusa lo utilizaba en provecho propio.
También se falseaban las cuentas de la Colectividad. La Administración del Territorio proporcionaba a la Colectividad los talonarios para cobros de impuestos, facturas y multas, debidamente selladas y numeradas cada una de las hojas. Pero con frecuencia el jefe o alguno de sus subordinados compraban o hacían imprimir talonarios falsos, falsificando inclusive las estampillas (a veces con errores incluidos). Así se embolsaba el dinero de la gente sin tener que rendir cuentas a las Autoridades superiores. O simplemente se cobraban impuestos y multas sin proporcionar recibo.
Cuando el jefe se hallaba en apuros económicos mandaba detener de modo arbitrario o con motivos fútiles a una cierta cantidad de personas, imponía una buena multa a cada uno y así salía del apuro. En la Misión lo intuíamos: "El jefe no tiene un real, pronto se llenará la cárcel". Y así sucedía habitualmente.
Nadie podía discutir las decisiones del jefe y menos enfrentársele. Sus métodos eran expeditivos. Se conducía a los detenidos en fila india, atados con cuerdas al cuello unos a otros. En la prisión había unas pequeñas celdas de aislamiento de poco más de dos metros cuadrados y allí encerraba a los recalcitrantes. Había una pesada cadena con grilletes y se la ponían durante semanas a cualquier desgraciado. Sus esbirros golpeaban y torturaban sin misericordia, en algunos casos hasta la muerte del detenido.
En los contenciosos con el jefe, el tribunal de la Colectividad no servía para hacer justicia sino para dar apariencias de legalidad a las multas y castigos. Ser detenido o acusado equivalía a ser condenado. Los jueces, evidentemente, no eran de carrera sino ciudadanos con un cierto grado de instrucción, "ancianos" y con autoridad natural en la comunidad. Aunque tuvieran buena voluntad y sentido de la justicia no podían hacer otra cosa que acatar los dictados del jefe. Este gozaba del estatus de Oficial de Policía Judicial, además del de Jefe de Colectividad y Presidente del M.P.R. (partido único; algo así como "Jefe Municipal del Movimiento"). En los contenciosos entre particulares el conflicto se resolvía habitualmente con multas para entrambos, acusador y acusado.
Cuando desapareció el café, se puso el acento en el aceite de palma como recurso para la obtención de dinero. Cada familia tenía que proporcionar gratuitamente al jefe uno o varios bidones de 20 litros de aceite. Con la desaparición de las plantaciones de café desaparecieron también los caminos, así que tampoco el aceite se podía exportar y quedó reducido su uso al consumo local como alimento, para la fabricación del jabón artesanal o como combustible de candiles rudimentarios.
Paralelamente a este desastre económico y como compensación se habían desarrollado en las orillas del Nepoko y alguno de sus afluentes, las minas de oro a cielo descubierto. En ciertos lugares se concentraba todo un mundo de buscadores, traficantes, policías, prostitutas y pequeños comerciantes. Se formaron grandes núcleos de población que crecían de modo imparable. Había que alimentar a tanta gente y a falta de caminos y vehículos a motor se volvió al sistema tradicional de utilizar los ríos como vías comerciales. En los poblados que estaban aguas arriba de los centros mineros se fabricaban balsas con madera de kombokombo, muy ligera, (pomposamente las llamaban "merikebu" –barcos-), se cargaban de alimentos (bananas, aceite, arroz, boniatos…), y los más decididos embarcaban en ellas para transportarlas dejándose arrastrar por la corriente.
No desaprovechó el jefe esta oportunidad. A mitad de camino entre Monzambe y Batindía, oculta de miradas indiscretas, desbrozó una gran extensión de selva (unas veinte hectáreas) y allí se hizo una plantación de legumbres, bananas y arroz. Toda la mano de obra era gratuita por el método de los trabajos forzados. También el transporte era gratuito: porteadores a pie, como en los tiempos pretéritos, llevaban los productos hasta Bolebole y Bunzunzu, dos de los poblados mineros. Tan inmisericorde era el trato de los policías del jefe para con los obreros que la gente empezó a designar a dicha plantación con el nombre de una cárcel de Isiro, "Ngosamu", que se había hecho tristemente famosa por los malos tratos infligidos a los presos. Y no sólo eso: Cada uno de los 22 clanes de la Colectividad tenía que hacerle en su territorio respectivo, un campo de cuatro o cinco hectáreas, sin contar campos menores en favor de sus mujeres y concubinas.
Al mismo tiempo, se acentuó el saqueo de las propiedades de los ciudadanos. Cuando los policías llegaban a una parcela para detener al propietario nunca se iban de vacío y arrasaban con sus menguadas pertenencias: gallinas, cabras, racimos de bananas etc.
El propio Karume en ocasiones se vio en líos con la justicia a más altos niveles. Su hijo mayor y heredero, Gbadi Jean, se vio envuelto en un caso de asesinato y tuvo que huir y refugiarse durante largos años en el anonimato de la gran capital, Kinshasa. Llegaban acusaciones contra Karume a las autoridades de Isiro: No siempre se podían tapar los abusos y asesinatos. Pero siempre salía indemne. Por un lado, los gobernadores eran bastante tolerantes con los jefes de Colectividad con tal de que mantuvieran el orden en su territorio y la población en calma. Por otro, corrompía a jueces y autoridades. Y, en último caso, gozaba de la protección de su tío materno Idambituo, alta personalidad en el régimen de Kinshasa.
A los abusos del jefe de Colectividad se añadían los de algunos jefes de agrupamiento y familiares de Karume, en especial de su medio hermano Gbadi Nato (de sobrenombre "Nyoso-Tout"), Jefe Adjunto de Colectividad, que se comportaba de modo todavía más cruel y arbitrario que su hermano. La pobre gente no sabía a qué santo encomendarse.

Primeros chispazos.

1.- No recuerdo exactamente la fecha pero tuvo que ser en los primeros meses del 78, tal vez en marzo. En una homilía denuncié los abusos del jefe. Tampoco recuerdo en qué términos lo hice. Pero el jefe reaccionó de muy mal genio y vino a quejarse de mi intervención ante el párroco de aquel momento, el P. Bernhard Robben. Este le contestó que él siempre le había respetado y nunca había hecho nada parecido, pero que yo tenía el derecho de predicar con libertad y que, en todo caso, fuera a quejarse al obispo. Así quedó de momento la cosa.
No atreviéndose a atacarnos directamente a los misioneros, el jefe empezó a hacerlo de modo indirecto, molestando a los que estaban más próximos a nosotros: Los obreros que trabajaban en las obras de la misión y los catequistas.
2.- En marzo del 80 detuvo a nuestro empleado Abobee Muzuzu. Los esbirros del jefe le dieron tal paliza que quedó malparado y con el rostro todo entumecido. En el momento del juicio yo me presenté en el tribunal como observador para evitar en la medida de lo posible las arbitrariedades. Aunque ya habían pasado varios días, Abobee todavía conservaba visibles en su rostro las secuelas de los malos tratos. Así que me volví a la misión a buscar la cámara de fotos y ostensiblemente delante de todos tomé una diapositiva de su rostro. Aunque intervine en su favor no pude evitar la consabida multa. Karume hizo comentarios en el sentido de que si alguien presentaba una denuncia contra él sería inútil: "Watatupa kwa mai" (la arrojarán al agua), y que para él (para el gobierno), Abobee era ya un cadáver (maiti ya serikali). De hecho a los pocos meses Abobee falleció.
Otros de nuestros obreros que sufrieron también los abusos del jefe fueron Alaba Basugunani y Banakoa Bebue, ambos también encarcelados, maltratados y multados. En una ocasión el jefe hizo detener a todos nuestros obreros y para evitarles mayores complicaciones, de acuerdo con ellos los licenciamos hasta que pasase la tormenta para luego volverlos a contratar.
3.- En junio del 80, en el poblado de Bakese, el jefe adjunto, Gbadi, detuvo a varios cristianos para llevarlos a trabajar cuando se reunían para la celebración litúrgica del domingo, impidiéndoles participar en la misma. Cuando yo llegué de visita al poblado a los pocos días me negué a celebrar la eucaristía en signo de protesta y como revulsivo para los cristianos. A las autoridades locales no les gustó este gesto. Tampoco les gustó la predicación del catequista Mugbau Lambert comentando el pasaje de Gálatas 4,31b-5,1.13-18 correspondiente al domingo 13º del tiempo ordinario, ciclo C. "Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado… Manteneos firmes y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad". Como castigo, Gbadi le retuvo en arresto domiciliario durante varios días.
4.- En la madrugada del 5 de mayo del 81 fueron sacados del lecho, detenidos y conducidos a la prisión de Legu los dos catequistas del poblado de Bakana, Engwambeba Celestin y Bamatanemane Jean junto con el consejero parroquial Bawoya Fabien, que era un venerable papá.
5.- Basugo Ijawa era uno de los hermanos del jefe de Bakana, Karume Nguba, y por tanto también hermano de Karume por circuncisión; era polígamo y, según las malas lenguas, también impotente. Un día sucedió un pequeño incidente en el mercado: Un joven, Bayamanano, fue a comprar una lámpara de petróleo y al ir a pagar se le cayó el dinero (25 Z). Dos de las mujeres de Basugo cogieron el dinero e intentaron quedárselo. Otro joven, Andadoma, se disputó con ellas para que devolvieran el dinero a su dueño. Basugo, al enterarse, se enfadó y maltrató a una de ellas, Marie Joseph. En venganza por los malos tratos, ésta le declaró que le era infiel y que se acostaba justamente con Andadoma. Marie Joseph era la séptima esposa de Basugo, aunque legalmente no pasaba de concubina pues no estaba dotada.
Un domingo, a la salida de misa en Bakana se desencadenó un jaleo impresionante: Andadoma corría alrededor de la capilla perseguido por Basugo y otros miembros de su familia. Cuando le dieron alcance lo tiraron al suelo y empezaron a golpearle. Tuve que intervenir para evitar males mayores. Luego lo llevé hasta Makulu para que Karume viera en qué estado lo habían dejado. El jefe mandó encerrar en la cárcel a los tres, es decir, a Basugo, Marie Joseph y Andadoma. Pero el trato que les dieron fue muy distinto. Al día siguiente apareció, el jefe adjunto Gbadi con el brigadier y junto con Basugo y Marie Joseph se pusieron a beber fraternalmente. Basugo dio algún dinero al brigadier, al centinela y a Gbadi y éste dejó marchar a la pareja. A Andadoma por el contrario lo encadenaron en la cárcel. Y no solo eso, también hizo encerrar a Mangboo, tío de Andadoma. Para terminar el asunto discretamente y liberarlos les exigió la entrega de 250 zaires.
*    *    *
Ese año de1981, durante la campaña del café, el jefe mantuvo la exclusiva de la compra y, para evitar intrusos, hizo desmontar los troncos de un puentecillo que hay en el camino de acceso a la Colectividad.

Los acontecimientos de Legu.

El 13 de junio falleció en la prisión de la Colectividad, en Legu, el Citoyen Baatabombi Pierre. Era Consejero Parroquial en su poblado Babasana-Mandele.
Cuatro días más tarde, el 17, falleció en la misma prisión el Citoyen Mokakanayo Gabriel.
Yo había ido a Bagyamoni, por el camino del río, a visitar a los cristianos de ese poblado. En el camino de vuelta me encontré a un grupo de seis personas que transportaban un cadáver en unas parihuelas. Paré el vehículo y me bajé. Les pregunté de qué se trataba. Su respuesta me dejó aturdido: "Sultani alimuua gerezani" (el jefe lo mató en la cárcel).
¿Qué es lo que pasó realmente? No llegué a averiguarlo. Probablemente fue cuestión de malos tratos de la parte de los policías del jefe o tal vez lo envenenaron. No dejaba de ser extraño que en el plazo de cuatro días, dos detenidos fallecieran en la prisión. Desde mi llegada a la misión de Legu era la primera vez que sucedía tal cosa. Ciertamente que habían entrado en buen estado físico, pues generalmente se detenía a los ciudadanos para trabajar en las plantaciones del jefe. Además los dos fallecidos eran del mismo poblado, Babasana-Mandele, en la parte izquierda del Nepoko. Intuí algún asunto raro. Lo consulté más tarde con el Abbé Odio Philippe y éste me comentó que el jefe Karume se vengaba de la gente de aquel poblado pues les acusaba de haber denunciado y colaborado en el asesinato de su padre, Gbadi, cuando la Rebelión de los Simba, en agosto del 64. La cosa me pareció grave, como para tomar cartas en el asunto.
El 23, después de la misa matinal, me fui a Wamba para denunciar estos sucesos. Me presenté en primer lugar al Comisario de Zona (el Administrador del territorio, o Gobernador) y le conté lo sucedido pidiéndole que interviniera: "Estoy muy ocupado y no puedo ir a Legu. Tengo que desplazarme a otro lugar (me dio el nombre del poblado que no recuerdo) pues han presentado la denuncia de un asesinato". ¡Vaya! Yo denuncio dos y no tiene tiempo para ocuparse de ello.
Entonces me presenté al obispo para hablarle de lo sucedido. "Ese Karume… Siempre abusa de la gente pues se sabe seguro y goza de impunidad. Le voy a escribir una carta". Me quedé decepcionado y furioso. ¡Bastante le importaba a Karume una carta del obispo! (Conviene saber que el obispo, cuando se refería a Karume le llamaba "mon frère" -mi hermano- pues habían coincido y confraternizado durante un tiempo en el seminario).
Por los Padres de la parroquia de Wamba me enteré de que otro ciudadano, del mismo poblado que los fallecidos, estaba ingresado en el hospital de los Protestantes. Allí encontré al Citoyen Dadanakoa Bebue con el rostro entumecido, el cuerpo lleno de contusiones y que se movía con dificultad; los policías del jefe Karume le habían dado una soberana paliza dejándolo medio muerto.
Ante la inoperancia de las Autoridades, decidí denunciarlo públicamente en la homilía del domingo 28.06.81 y así lo hice. Dos días más tarde, el 30, se celebrarían los 21 años de independencia del país y por eso aludí a ese acontecimiento.
Después del anuncio y comentario del evangelio correspondiente a ese domingo denuncié lo que estaba sucediendo en la Colectividad. Lo hice más o menos en estos términos:
Yo vine al Zaire para predicar la verdad. Pasado mañana pretendéis celebrar el aniversario de vuestra independencia, pero ¿Dónde está vuestra independencia? ¿Dónde está la felicidad del pueblo zaireño? El pueblo no hace más que sufrir. El dinero del Zaire se encuentra en el extranjero en las cuentas de las Autoridades (aquí di algunas cifras de las cuentas de Mobutu en el extranjero). La moneda no cesa de devaluarse.
Ahí tenéis a vuestro jefe Karume que no hace otra cosa que explotaros: Roba vuestro café y os hacer trabajar sin pagaros… Es un ladrón.
¿Conocíais a Baatabombi?… ¿Es que estaba enfermo en el momento de ser detenido?... Entró vivo y sano en prisión y salió cadáver.
¿Conocíais a Mokakanayo?... ¿Acaso estaba enfermo en el momento de su detención?... Entro vivo y sano en prisión y salió cadáver.
¿Conocéis a Danakoa? Estaba sano y lo dejaron medio muerto.
¿Qué es lo que pasa en nuestra Colectividad?... Os roban, os explotan y os maltratan. Incluso os matan.
No, no vengáis a celebrar vuestra independencia… Id más bien a llorar a vuestros muertos.
El jefe Karume no estaba presente en misa. Pero no tardó mucho en enterarse; se puso furioso y reaccionó presentando dos denuncias contra mí: una a los tribunales de justicia, por difamación, y otra a las autoridades políticas, por incitación a la rebelión.
A finales de julio se presentó en la misión el Citoyen Itolo Nkongyakoy, Oficial de Policía Judicial, para entregarme la orden de comparecencia dictada por el Tribunal de Primera Instancia de Isiro. La audiencia estaba fijada para el 14 de agosto. Inmediatamente viajé a Wamba para hablar con el obispo y ponerle al corriente de la situación. Este me tranquilizó asegurándome que él mismo hablaría con el Gobernador de Isiro y que el asunto se archivaría.
El 13 de agosto muy de mañana me desplacé hasta Isiro; me alojé en la parroquia de Ntra. Sra. del Rosario (Saint Rosaire) con los Padres Dominicos españoles. La noticia de mis problemas con Karume ya se había difundido entre los misioneros, tanto en nuestra diócesis como en la ciudad de Isiro, pero nadie había manifestado interés por mi situación ni por lo que pudiera sucederme. Yo estaba preocupado y angustiado; estaba solo ante la prueba. El P. Antonio Bendito intentó darme ánimos: "Estoy contigo. En tu caso yo habría hecho lo mismo. Te acompañaré al tribunal y si hace falta incluso iré contigo a la cárcel". ¡Bendito Padre Bendito! Afortunadamente no hizo falta. Luego apareció el obispo Mons. Olombe para decirme de parte del Gobernador que no me presentase al tribunal sino que fuera a su despacho.
Al día siguiente, 14 de agosto por la mañana, me presenté en el despacho del Comisario Sub-Regional (Gobernador) Dikitele Bwisi Mabial. Este me soltó un sermón, como suelen hacer las autoridades zaireñas con los misioneros que nos metemos en líos. Empezó dándome buenos consejos y a haciéndome la moral; luego se puso más serio y me empezó a decir que no debía meterme en política pues podía tener problemas. Me preguntó a ver de dónde había sacado las cifras que yo había dado en mi homilía; al manifestarle mi extrañeza se puso a leerme la carta de acusación del jefe - que yo no conocía - y según la cual yo había dicho la cantidad exacta de millones que las autoridades del Zaire tenían fuera del país. Entonces me planté y le dije que las únicas cifras que yo había citado eran las de dos muertos y un herido, dando los nombres exactos y las fechas en que murieron y el poblado en el que vivían. De modo apresurado cogió un papel y un bolígrafo y empezó a tomar nota. Allí acabó todo pues entonces fue él el interesado en que acabase y no siguiese el asunto adelante.
El juicio no se celebró aunque pienso que hubiera sido mejor que se celebrase. De paso se comprueba que los tribunales de justicia no eran independientes y bastaba una orden del gobernador para archivar un proceso. Como decía en una carta a mi familia: "No creo que el asunto traiga más cola. Pero es triste que la gente no se pueda defender ella misma; a los muertos nadie los va a resucitar ni va a haber una investigación; el herido se quedó con la paliza y con los gastos de hospitalización a su cuenta; el jefe se andará una temporada con un poco más de cautela pero luego volverá a las andadas. Esta es una parte de la situación del Zaire".
Todavía coleó el asunto una temporada y fui citado dos veces más para presentarme ante el tribunal, el 25 de septiembre del mismo año y el 12 de marzo del 82. Pero siguiendo instrucciones del Gobernador tampoco me presenté y el asunto quedó definitivamente archivado.
Por su parte, el propio Gobernador, con fecha 31 de enero del 82, me invitó a presentarme en su despacho en Isiro. Pero la entrevista no tuvo lugar en esa ciudad sino en Legu, en la plantación del jefe, en Makulu concretamente, con ocasión de su visita. No hubo diálogo; lo único que hizo fue intentar intimidarme por todos los medios a su alcance.
Este fue el primer enfrentamiento grave que tuve con el jefe Karume. Más adelante habrá otro todavía mucho más grave. En nuestras relaciones había períodos des distensión y momentos de tensión. Pero en el intermedio Karume seguía actuando de la misma manera.

Un nuevo asesinato.

Fue en 1983. Una agria disputa entre dos clanes, Badebogo y Bangbae, al norte del río Ngada, por la instalación de un mercadillo en uno u otro de sus territorios, dio ocasión a que tuviera que intervenir el Jefe. Éste delegó en su medio hermano Gbadi la autoridad para resolver el asunto. Presente sobre el terreno, Gbdi falló en favor de su tío materno Mabuzo, el jefe de los Bangbae, e hizo arrestar a los tres cabecillas del clan Badebogo, a saber: Ekombo Venant, que era el subjefe de su agrupamiento, Banagbonyonyo Apombo Philippe y Nekpala, que eran Consejeros de la Colectividad. Llegados a la prisión de Legu, el jefe hizo encadenar a estos dos últimos después de haber maltratado a los tres.
Una tarde, a la puesta del sol, Karume convocó a su despacho a Ekombo y allí dio orden de apalearle. El brigadier Bazepanda llamó a Mbunza y Mabana, dos de los policías del jefe, y estos ejecutaron la orden con tanto celo que el pobre Ekombo falleció a causa de la paliza.
Había que intentar ocultar lo sucedido; para ello, durante la noche, llevaron el cadáver a lo profundo de la selva y, junto a una fuente, lo colgaron de un árbol, atándolo por el cuello para simular un suicidio.
A la mañana siguiente se hizo correr la voz de que Ekombo se había escapado de la cárcel. Pero nadie le había visto. Tuvieron que pasar varios días hasta que su cadáver fue descubierto ya en avanzado estado de putrefacción.
Informado del suceso, el Comisario (Gobernador) de Wamba se presentó en Legu pero no investigó el asunto a fondo, conformándose con la explicación de Karume de que el fallecido estaba loco y se había suicidado. Los dos hermanos del difunto no pudieron ver el cadáver de Ekombo ni asistir a sus funerales pues el Jefe Karume los mantuvo encadenados durante tres meses. Más de doce niños quedaron huérfanos…

"Tirad vuestro café al río".

En enero del 84 estábamos en plena campaña del café. El jefe, como en otras ocasiones, había bloqueado los caminos de acceso a la Colectividad para así mantener la exclusiva de la compra y que ningún foráneo viniese a competir con él en el precio ridículo de un zaire por kilo. Del obispado nos comunicaron que ese año la Jornada Mundial por la Paz, como no se había celebrado el 1º de año, lo hiciéramos en el último domingo de enero. Yo estaba enfadado pues se sobreentendía que la celebración debía quedar reducida al ámbito puramente litúrgico. Me venían a la cabeza algunas expresiones de la Biblia como "la justicia y la paz se besarán" (Ps 84,11) o "la paz es obra de la justicia". No podíamos celebrar adecuadamente esa jornada por la paz en una situación de flagrante injusticia. Tenía que hacer algo.
Coincidió ese día que el Jefe vino a misa pero no por eso me reprimí. En un momento de la homilía entablé un pequeño diálogo con los asistentes:
– Mmeanza kuuza kahawa?    ¿Habéis empezado a vender el café?
– Ndio, Mpe.    Sí, Padre.
– Na mnalipwa bei gani?    Y ¿a qué precio os lo pagan?
– Zaire moja tu.    A un zaire solamente.
– Iko bei muzuri?    ¿Es un buen precio?
– "Hapana, Mpe, iko bei bure".    No, Padre, es un precio ridículo.
Entonces continué: Por favor, no lo vendáis a ese precio. No sacáis ningún provecho. Por ese precio no vale la pena trabajar; sólo gana el comprador. Mejor que lo queméis o que lo tiréis al río. Tirad vuestro café al río si no os lo pagan por lo menos dos zaires.
La tensión se mascaba pero pudimos terminar la misa en paz. Al día siguiente me vinieron a avisar: Padre, el Jefe paga el café a dos zaires el kilo. Gracias a Dios. Lo hiciste muy bien. Me alegro -respondí- pero ¿Cuándo vais a empezar a luchar vosotros mismos por vuestros derechos?

"Duniani haki haiko", ("En la tierra no hay justicia").

El jefe del poblado de Bakana, como he dicho antes, se llamaba Karume Nguba y estaba emparentado por circuncisión con el jefe de la Colectividad. Un día, a uno de sus hermanos se le ocurrió pintar con caolín, en grandes caracteres blancos sobre la pared de arcilla roja de su casa, la inscripción "Duniani haki haiko", es decir, "En la tierra no hay justicia". Era esta una máxima que se solía repetir entre la gente pero que al verla escrita me llamó más la atención. Así que la tomé como inspiración para las homilías que pronuncié en cada uno de los poblados que visité durante aquel mes.
Se iniciaba siempre el sermón con un pequeño diálogo:
He visto pintada en una casa la inscripción "en la tierra no hay justicia".
– ¿Qué os parece, es verdad o es mentira?
– Es verdad, Padre, en la tierra no hay justicia.
– ¿Y por qué no hay justicia en la tierra?
– Los grandes y los poderosos se aprovechan de la gente.
– ¿Es que no hay jueces y tribunales? Aquí, en nuestra Colectividad, ¿No hay un tribunal y jueces?
– ¡Oh! Los jueces hacen lo que les dice el Jefe.
– Y en Isiro, ¿No hay tribunales y jueces?
– Sí, pero allí sin dinero no haces nada.
Venían luego las explicaciones y aplicaciones concretas. Les animaba, como tantas veces, a luchar por sus derechos y a hacerlo unidos; cada uno por su cuenta no podría hacer gran cosa pero luchando juntos tendrían una gran fuerza.
Claro está, no tardaron en llegar a los oídos del jefe los ecos de mis sermones. Se cogió tal cabreo que no sólo mandó borrar inmediatamente la inscripción susodicha sino que él personalmente, y a pesar de los vínculos de familia, atizó una paliza al autor de la misma.

Mujeres, niños y viejos.

La sociedad Budu es clánica y patriarcal. En ella cada individuo y cada grupo conoce bien el lugar que le corresponde y generalmente lo asume y acepta de mejor o peor grado. Las relaciones interpersonales y sociales son verticales, bastante complejas y no siempre de equidad y justicia. Pero hay dos grupos de personas que son especialmente víctimas de esa sociedad injusta: son las mujeres y los niños.
La mujer en esta sociedad nunca es "dueña" de sí misma, no se autoposee, depende siempre de un varón; primero será el padre (o el hermano mayor) y luego será el marido. Desde pequeña tendrá que ayudar a su madre en las labores domésticas y agrícolas, y cargar a sus espaldas con sus hermanos más pequeños en cuanto tenga fuerzas suficientes para hacerlo.
En el momento de casarse no puede escoger al marido, sino que es la familia la que decide y la entrega al mejor postor. Incluso una vez casada puede verse obligada a abandonar a su marido si éste no cumple con sus obligaciones respecto al clan de los cuñados (semeki) y entregada a otro hombre que sea más espléndido. Una vez casada tiene todas las obligaciones con respecto al marido como engendrar y criar los hijos, hacer todas las labores domésticas y aportar el sustento a la familia cultivando un campo. A la hora de comer, primero sirve al marido y luego come ella con los niños. Siempre será una extraña y nunca se integrará completamente en el clan del marido; todos sus esfuerzos se orientarán a favorecer a su clan de origen pues es el único recurso que tendrá si surgen dificultades en el matrimonio. Si es estéril sufrirá el menosprecio de la familia del marido y, si no es repudiada, tendrá que aguantar la llegada de otra esposa que sea fértil. Si enviuda, será la primera sospechosa de haber dado muerte a su marido y se verá despojada de todo. Ni siquiera sus propios hijos le pertenecen; al ser la tribu patrilineal, los hijos pertenecen al padre y al clan paterno. Incluso en el caso de que se trate de madre soltera, si el padre los reconoce le pertenecen a él. Solamente en el caso de que no los reconozca o se trate de padre desconocido los hijos pertenecerán a la madre y a su clan. En este caso los niños figurarán como hijos del abuelo materno.
Resulta inimaginable pensar que pudiera surgir algún movimiento feminista, reivindicativo de los derechos de la mujer. Por eso continuamente insistimos en la predicación de la dignidad de toda persona humana y de la fraternidad e igualdad de todos los hombres: "Dios creo al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; hombre y mujer los creó" (Gen 1, 27). "En Cristo todos somos uno; ya no hay distinción entre judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer" (Gal 3, 27-28). En la práctica favorecíamos la toma de responsabilidades por parte de las mujeres: podían ser miembros del Consejo Parroquial o de capilla y en los poblados siempre era una mujer la que guardaba el dinero de las colectas. Bromeando con ellas yo les decía que se sublevaran contra sus maridos, que ellas eran más fuertes pues trabajaban a diario y que podrían con ellos. (No sé si San Pablo habría estado muy de acuerdo con este discurso…). Los hombres entendían muy bien aquello de "Que las mujeres respeten a sus maridos… pues el marido es cabeza de la mujer. Que las mujeres sean dóciles a sus maridos"; pero entendían menos aquello de "maridos, respetad y amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia" (1Cor 5, 22-25).
El niño por su parte carece de estatus social. En cuanto alcanza la talla y las fuerzas suficientes tiene que colaborar en la economía familiar trabajando en las labores de la casa y del campo, acarrear leña y agua… Ante los adultos el niño sólo tiene deberes, nunca derechos. El muchacho adquiere autonomía solamente cuando es capaz de trepar a la palmera, cortar sus nueces y fabricar y vender el aceite.
Caso particular era la situación de los niños en las escuelas. En los primeros años del régimen de Mobutu los maestros estaban bastante bien pagados y cobraban con regularidad. Pero a medida en que la situación económica del país fue empeorando la remuneración disminuyó; se pagaban los salarios con mucho retraso o los pagos eran muy aleatorios; hasta que el Gobierno dejó de pagar a sus funcionarios. De sus múltiples visitas a la China de Mao el anticomunista y agente de la CIA Mobutu importó e impuso, además del uniforme maoísta (el "abacost" en el Zaire), "las canciones revolucionarias" (todas en loor del Presidente-fundador), los grupos de "animación política" (verdaderos focos de corrupción de la juventud), el gusto por los eslóganes grandilocuentes y la costumbre del "huerto escolar". Cada establecimiento tenía que cultivar un terreno en el que los alumnos aprendieran y practicaran la agricultura y contribuyeran así a la financiación de la escuela. Para ello, había en el horario lectivo un tiempo dedicado a "trabajos manuales" que en la práctica se empleaba exclusivamente en cultivar el campo.
De mantenerse en esos límites, la cosa no hubiera sido muy grave. Pero pronto se empezó a abusar de los alumnos. Éstos tenían que pagar o complementar el sueldo de sus maestros pagando en metálico, en especies, o con su trabajo. O con todo a la vez. Veíamos a los niños llegar a la escuela cargados de haces de leña, manos de bananas, tubérculos de mandioca u otros productos para sus maestros. Y no solo eso: Al acabar las clases a las dos de la tarde algunos maestros llevaban con ellos a todos los alumnos de la clase a trabajar en sus campos. Con lo cual los que vivían lejos sólo podían regresar a sus casas pasadas las cinco de la tarde; trece o catorce horas fuera del hogar, en clase o trabajando, y sin probar bocado.
Al inicio del curso los alumnos tenían que reparar sus aulas de clase que habían sufrido desperfectos durante las vacaciones. Y si llegaba algún maestro nuevo que carecía de vivienda el primer trabajo de los alumnos era construirle su casa.
En la predicación, desde el Consejo Parroquial y desde el Comité Pedagógico intentamos poner límites a estos abusos, pero fue una batalla perdida. También desde la Coordinación Diocesana se dictaban normas severas en este sentido; pero en la propia capital de la diócesis y a la vista del Coordinador se hacía lo mismo. Durante el curso 84-85 se conmemoró el vigésimo quinto aniversario de la Declaración por la ONU de los Derechos del Niño. Procuramos difundir el texto por todos los medios a nuestro alcance. Los Principios son muy claros. Así en el nº 7 se lee que "El niño debe disfrutar plenamente de juegos y recreaciones"; y en el nº 9, "El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación… No deberá permitirse al niño trabajar antes de una edad adecuada". En las reuniones y encuentros con los maestros les insistíamos que los niños no tenían que trabajar, que lo que tenían que hacer era estudiar y jugar… No había forma. Para ellos los niños tenían que aprender a trabajar, a respetar y obedecer a los adultos; el trabajo en el campo era una forma de aprendizaje y educación.
Desde la parroquia intentamos favorecer la escolarización y educación de los niños. Procurábamos que no faltase material escolar como cuadernos, bolígrafos y pizarras individuales a precio de coste, creamos una pequeña biblioteca para que los maestros y alumnos más aventajados pudieran leer; reparamos todas las aulas de la escuela de Legu que habían sido construidas con ladrillo y teja pero que estaban muy deterioradas; sesiones de formación con los maestros… Conseguimos que durante algunos años la escuela de Legu estuviera a la cabeza de resultados en toda la diócesis. Iniciamos un Instituto del que construimos tres aulas. Y ya a punto de abandonar la parroquia construimos en material durable toda la escuela de Monzambe.
Los viejos, unas veces inspiran respeto y veneración pero otras infunden aversión y miedo. El trato que reciban corresponderá a una u otra situación. El anciano es el depositario de la autoridad y de las tradiciones de la familia; es el eslabón de la cadena más cercano a los ancestros de los que pasará a formar parte en poco tiempo. Por eso merecen el respeto y el cariño. Pero a veces los viejos son celosos de su autoridad y la ejercen con despotismo, sin permitir indisciplinas ni libertades excesivas a los jóvenes, forman un círculo restringido y cerrado en el que se toman las decisiones que afectan a todo el clan, no admiten cambios ni novedades en las costumbres; los ancianos varones con recursos, a veces se permiten tomar por esposas a jovencitas, simplemente porque puede pagar la dote, y esto encoleriza a los jóvenes que se ven en desventaja de cara a buscar consorte.
En general los viejos no pueden aportar recursos a la familia, no pueden trabajar, tienen muchos achaques y ocasionan toda una serie de gastos; se convierten así en una carga pesada para los hijos. La solución fácil es intentar librarse de ellos acusándolos de brujos. Si ocurre una desgracia en la familia como la muerte de un niño, o un aborto, o que un joven se caiga de la palmera, o la picadura de una serpiente, el primer sospechoso será el viejo: él es el brujo y el causante del "mal de ojo" que ha golpeado a alguno de los miembros del clan. Por eso hay que aislarlo y alejarlo en la medida de lo posible. Los viejos se encuentran así abandonados, en una choza miserable abierta a todas las inclemencias del tiempo, cubiertos de harapos y comiendo lo que ellos mismos se puedan procurar si todavía tienen fuerzas, o lo que otros les echen casi como a perros.
Curiosamente, entre los Balika la acusación de ser brujos recaía con frecuencia en los niños huérfanos. Por eso las religiosas de "l’Enfant Jésus" de Bafwabaka crearon un orfanato para recoger y ayudar a estos niños y jóvenes brujos. Pero entre los Babudu lo normal era que recayera la acusación en algún anciano. Por eso en la misión de Ibambi tenían una especie de hospicio para estos viejos. De esa manera era fácil librarse de ellos: los llevaban a la misión y asunto concluido. Había una serie de casitas de ladrillo y en cada una se alojaban dos o tres personas; las religiosas Dominicas del Rosario y los Padres Reparadores les proporcionaban el sustento necesario. Claro, el problema era la financiación que, aunque módica, era indispensable.
También en Legu, como en otras misiones, se nos planteó este problema. Pero el obispo de la diócesis, Mons. Olombe, nos insistió siempre en que lo de crear hospicios para viejos no era la mejor solución: Aunque los misioneros europeos pudiéramos mantenerlos, los sacerdotes nativos no podrían hacerlo; así que lo mejor era que los cristianos, superando sus creencias y temores, cuidasen y mantuviesen a los ancianos en sus familias. Eso era lo ideal. Pero aunque insistimos en la predicación incluso argumentando "ad hóminem" que sus hijos harían con ellos lo que vieran que ellos hacían con sus padres ancianos, en la práctica seguía habiendo ancianos abandonados. Por eso intentamos motivar a los grupos de apostolado como la Legión de María, los Focolari o los "Bilenge ya Mwinda" (Jóvenes de la Luz) para que, además de sus reuniones piadosas y folklóricas, se ocupasen también de echar una mano a los ancianos más abandonados, reparar sus chozas, limpiar las parcelas y aportarles algún alimento. A los que de entre ellos eran católicos, los sacerdotes les proporcionábamos la asistencia espiritual.
Me acuerdo en especial de uno de ellos, el papá Muloi, anciano, pobre y enfermo. Llevaba diez años postrado en una estera con llagas en los pies pero con la sonrisa siempre en los labios. Lo habíamos bautizado cuatro años antes; yo le llevaba regularmente la comunión y algunas cosillas. El 8 de marzo del 85 me lo llevé al río y con ayuda de algunos muchachos lo lavamos de pies a cabeza y le cambiamos toda su indumentaria. Este acto motivó la mejor alabanza que recibí en los muchos años estuve en Legu: "Padre, tú conoces verdaderamente la religión" me dijo uno de los chicos. Descansó en la paz del Señor el 2 de julio de ese mismo año. Sin duda que escuchó la buena noticia: "Hijo, en la tierra recibiste males, recibe ahora bienes; entra en el gozo de tu Señor". (Cf. Lc 16, 25 y Mt 25, 21).
En cierta ocasión una de las familias de las proximidades de Legu abandonó a una viejita en el dispensario. Pensaban sin duda que los misioneros nos ocuparíamos de ella. Un día, a la vuelta de una de las salidas a los poblados, me detuve en su parcela e intenté razonar con ellos para que volvieran a recogerla o por lo menos que le llevasen la comida necesaria. No hubo forma de hacerles entrar en razón. Como era la caída de la tarde, encontré al jefe de la familia comiendo. Así que con un gesto rápido le cogí la cazuela y se la llevé a la anciana; sorprendidos por mi gesto inesperado ellos no reaccionaron. Eso no solucionó el problema pero por lo menos ese día la anciana pudo comer medianamente bien.

El leopardo y las cabras.

Se preparaba la campaña del café. El 7 de diciembre del 86, era el segundo domingo de Adviento y en la liturgia correspondía leer la Profecía de Isaías (11, 1-10) que nos describe que en los tiempos mesiánicos, tiempos idílicos y utópicos, "habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos... La vaca pastará con el oso… el león comerá paja con el buey". Como la mayoría de estos animales resultan desconocidos para la gente de la selva del Congo improvisamos en la iglesia una pequeña representación escénica reduciendo los personajes a dos especies que sí conocen bien: el leopardo y las cabras. Mandé a media docena de chavales que se adelantaran; ellos representarían a las cabras. Y echando una ojeada rápida a los feligreses busque uno de mala catadura que pudiera representar el papel de leopardo; lo llamé y se acercó. Después de explicarles brevemente de qué se trataba iniciamos el diálogo y la representación.
– ¿Qué hacen las cabras en el poblado?
– Pacer tranquilamente la hierba.
– ¿Qué busca el leopardo cuando tiene hambre?
– Intenta atrapar y comerse a una de las cabras.
– Cuando llega el leopardo ¿Qué hacen las cabras?
– "Sálvese quien pueda"; y se escapan todas cada una por su lado.
– ¿Y qué hace entonces el leopardo?
– Persigue a una de ellas hasta que la atrapa y la devora.
(Los actores iban representando someramente las acciones correspondientes). Continuamos:
– ¿Qué piensan y se dicen luego las otras cabras?
– "¡Qué suerte más buena, me he salvado!".
– Pero a los pocos días el leopardo vuelve a tener hambre. ¿Qué hace entonces?
– Se presenta de nuevo y quiere cazar otra cabra.
– ¿Qué hacen las cabras?
– Escaparse de nuevo.
– ¿Y el leopardo?
– Perseguir y comerse otra cabra.
– ¿Y que dice cada una de las supervivientes?
– "¡Qué buena suerte! Me he salvado".
– Y así una y otra vez hasta que se las come todas.
– Pero ¿qué pasaría si las cabras, todas al mismo tiempo, hicieran frente al leopardo y le golpearan con sus cuernos?
(La "cabras" rodean al "leopardo" y, simulando los cuernos con sus índices a uno y otro lado de la frente miman los testarazos).
– Que el leopardo escapa. O que lo sujetan entre todas. Tal vez alguna cabra haya sufrido algún zarpazo pero vencen al leopardo.
– Ya tenemos al leopardo sujeto ¿Qué hacemos con él ahora?...
Una voz surgió de entre los asistentes:
– "Tumuue", ("matémoslo").
– ¡Oh, no!, eso no. El profeta dice que el león (el leopardo en este caso) comerá hierba y paja. Pero el leopardo no quiere comer hierba, lo que quiere es comerse a las cabras. ¿Qué tendremos que hacer para impedirle que se coma a las cabras y obligarle a comer hierba?
– Arrancarle los colmillos y cortarle las garras.
(Muy parecido, por cierto, a lo que se pide a Dios en el Salmo 58,7: ¡Oh Dios, rómpeles los dientes de la boca, tritura, Señor, los dientes de los leones!).
Aquí acabó la pequeña representación y los actores improvisados volvieron a sus puestos. Yo continué haciendo las aplicaciones, animándoles a luchar unidos para defender sus derechos y exigir precios menos injustos por su café. Les conté mi experiencia de muy niño que al ver abalanzarse un perro contra mí, en vez de echar a correr hice el gesto de agacharme como para coger una piedra: el perro se detuvo en seco y salió huyendo.
El jefe Karume estaba presente en la celebración de la misa y se dio por aludido. A sus propios ojos él era el leopardo y la gente, las cabras. Por la tarde fue a visitar a Antonina Lo Schiavo (una cooperante italiana) y a lamentarse en su presencia de mi actuación matinal: "Hasta los niños pequeños pudieron entender que el cura se refería a mí". Era justamente lo que yo pretendía.

Magia, brujos y hechiceros.

Voy a entrar ahora en un terreno un tanto brumoso. En nuestra cultura occidental solemos meter en un mismo saco toda una serie de ideas y personajes y confundimos todo lo referente a la magia. Llamamos "brujo" a un curandero naturista, o "mago" a un vidente embaucador con su bola de cristal, o a un echador de cartas del Tarot, lo mismo que a un malabarista, ilusionista o prestidigitador. En el Congo no es así. Por eso voy a intentar precisar el sentido en el que utilizo algunos términos.
"Magia" sería el término más general. Incluye todo poder que sobrepasa las fuerzas conocidas de la naturaleza. (Excluyo pues la prestidigitación y el malabarismo). "Mago" es, por tanto, el que posee esos poderes mágicos, supranaturales, y los utiliza.
"Brujería" sería el arte de utilizar los poderes mágicos para causar el mal. "Brujo", por tanto, es el que posee estos poderes mágicos y los utiliza en perjuicio de sus semejantes, hacer embrujos, sortilegios o "echar el mal de ojo". (En el Congo esto se designa como "comerse" a una persona o "comerle el alma"). "Embrujado" es la víctima sobre quien recaen los sortilegios o embrujos, con peligro de convertirse a su vez él mismo en brujo.
"Hechicería" sería, por el contrario, el arte de utilizar los poderes mágicos para hacer el bien. "Hechicero" es, por tanto, el que utiliza sus poderes mágicos para hacer el bien a los demás, en particular para descubrir, contrarrestar y "curar" a los brujos o para proteger y curar a las personas víctimas de los sortilegios brujeriles.
"Fetiches" son los objetos depositarios de esos poderes mágicos y/o los instrumentos para canalizarlos.
"Curanderismo" es el arte de utilizar la medicina natural. "Curandero", (mganga), es el que conoce los secretos de las plantas y otros elementos, elabora medicamentos y trata a los enfermos. En nuestra cultura estos términos tienen sentido un tanto peyorativo pero, en el buen sentido, serían sinónimos de medicina natural y médico naturista.
Pero en la práctica las cosas no están tan claras. Un mismo individuo puede acumular varias de estas cualidades; puede ser hechicero y brujo al mismo tiempo o hechicero y curandero; o acumular las tres condiciones: hechicero, curandero y brujo. Por otro lado este no es un terreno científico sino algo en lo que interviene en gran medida la "fe", por no decir la credulidad, y que se presta fácilmente a los abusos y supercherías de individuos sin escrúpulos.
A medida en que todas las estructuras del país se iban desmoronando, la gente volvía a refugiarse en sus creencias y costumbres ancestrales. Los hospitales y dispensarios, en ruina y sin medicamentos; los médicos y enfermeros, sin sueldo, explotando a los enfermos y sus familias… Para paliar esta situación algunos tiraron por el camino de en medio. Alguien venido de Kinshasa implantó en nuestro poblado de Babuma una secta llamada "Bima", para curar las enfermedades y expulsar a los demonios de los que habían caído bajo la influencia de los brujos o de los malos espíritus. La palabra "bima" es un conjuro en lingala que significa ¡vete!, márchate; un exorcismo para expulsar al diablo. Toda la asamblea la pronunciaba a voz en cuello sobre los que se creían brujos o poseídos por el demonio. A la entrada o salida de la ceremonia todos los asistentes tenían que desprenderse de los objetos-fetiche y depositarlos en una repisa. Reaparecieron también como por ensalmo los curanderos y hechiceros.
Ante la gravedad de la situación nuestro obispo Charles Mbogha reaccionó publicando un "mandato" con fecha 8 de julio de 1991. En él consideraba que "este retorno a las costumbres paganas causa dolores preocupantes, destruye a las familias, impide el desarrollo material y espiritual a individuos y a grupos; y que los supuestos curanderos y hechiceros os inducen al miedo y a la estulticia y así se apoderan de vuestros escasos bienes en este tiempo de pobreza de nuestro país". Por eso ordenaba que "los cristianos que induzcan a otros a practicar los ritos mágicos se les denunciará públicamente y quedarán excluidos de los sacramentos de la Iglesia Católica". Les pide a los cristianos y gente de buena voluntad "que rechacen estas prácticas de magia y hechicería como comer "sombe" (hojas de mandioca especialmente preparadas por el hechicero) que trastorna la mente e induce a decir lo que no se quiere, el llamado (en kibudu, lengua tribal) "akputa manzakpa"; que eviten también los bailes nocturnos y los juramentos" (no en el sentido de "palabrotas" sino en su sentido original). Que eviten, en definitiva, las sesiones de magia presididas por un hechicero-curandero con todo lo que conllevan.
Sucedía que el más famoso de éstos, de nombre Etuwoni Masumbuko, era apodado precisamente « Akputa Manzakpa ». Este individuo recorría los poblados practicando sesiones de magia para detectar a los brujos causantes de las desgracias individuales o colectivas y, una vez detectados, aplicarles un tratamiento para liberarles de su condición de brujos. En plena noche y en torno a una gran hoguera se reunían todos los habitantes del poblado con su jefe a la cabeza, se preparaba el "sombe" que todos los reunidos estaban obligados a comer. Al poco de ingerirlo, los que eran "brujos" perdían la consciencia y caían fulminados por tierra agitados con convulsiones. Luego les aplicaba un tratamiento para curarlos y la calma volvía al poblado. Pero claro, las sesiones no eran gratuitas. Todos tenían que cotizar en metálico y en especies para pagar al hechicero bienhechor. A veces no bastaba con una sola sesión y había que repetirla. Así se prolongaba su presencia y aumentaban sus ingresos.
Una noche, a primeros de octubre del 91, poco antes de acostarnos, se presentó en la misión un muchacho de Bagyamoni; estaba todo tembloroso. Lo reconocí de inmediato pues hacía poco tiempo que yo había bendecido su matrimonio. Con voz entrecortada me explicó la llegada al poblado del famoso hechicero y cómo había organizado una de sus sesiones. Ante su negativa a participar pretendían obligarle por la fuerza con amenazas e insultos, pero él se resistió pues, como cristiano, juzgaba que no podía hacerlo. "Soy cristiano y acabo de celebrar mi matrimonio; yo no puedo hacer eso que pretenden". Además se acordaba del reciente "mandato" del obispo que a su tiempo se había leído en la capilla del poblado. "El obispo nos lo ha prohibido recientemente"… No podía inhibirme, así que sin pensarlo dos veces exclamé: "¡Vamos a ver a ese hechicero!". Busqué rápidamente entre los papeles el "mandato" del obispo e invité a un seminarista que estaba con nosotros, Jean Louis Batubaya, a que me acompañara. A éste no le hizo mucha gracia pero subió al coche. En pocos minutos llegamos a Bagyamoni y por unos vericuetos nos presentamos en el lugar de la ceremonia: Un claro en la selva y allí, reunidos, todos los habitantes del poblado, paganos, protestantes y católicos; a estos los miré con pena y conmiseración; allí estaba también el hechicero, de paisano, sin atuendos rituales. En el centro ardía una hoguera y junto a ella yacía un pobre viejo en posición fetal exhalando ligeros gemidos: ese era el "mlozi" (brujo) causante de todos los males del poblado; nadie osaba acercársele. Saqué el "mandato" del obispo y para que lo oyeran todos, pero especialmente los católicos, a la luz de la hoguera se lo leí en voz alta. Los rostros de los presentes se fueron endureciendo y empezaron a dirigirme miradas furibundas y amenazantes; era tal la tensión que si llega a saltar una chispa se hubiera desencadenado una tormenta. No se podía esperar reacciones racionales en tal situación; juzgué pues que, habiendo hecho lo que debía, lo más prudente era retirarse.
Un día vino a Legu el Comisario de Wamba y aproveché la ocasión para hablarle del asunto. El hombre me dio la razón pero al despedirnos me dijo de improviso "¿Y si es verdad que hay brujos?". No me cabe duda de que él así lo creía en lo más íntimo de su conciencia. Luego me enteré que participaba también en los beneficios del hechicero cobrándole una parte de sus ingresos. Recuerdo que un alumno del colegio de Lingondo me había dicho ya en 1971: "Nosotros adoramos sólo a Jesucristo pero estamos seguros de que existen los brujos". Si sólo fuera creer… todos los congoleños creen y tiemblan sólo con pensar en los brujos. Como diría el gallego "no creemos en meigas, pero haberlas, haylas".
No había pasado un mes cuando el hechicero apareció de nuevo en el mismo poblado. Sin duda venía a completar sus sesiones y tratamientos. Inmediatamente escribí al jefe de la Colectividad para que pusiera remedio a la situación: "Acabo de enterarme que, lamentablemente, el Sr. Masumbuko, el hechicero apodado Akputa Manzakpa, está de nuevo en Bagyamoni para continuar allí sus sesiones en busca de los llamados "brujos". Me entero también de que a ciertos ciudadanos se les obliga por la fuerza a participar en dichas sesiones y, si se resisten, son maltratados y cubiertos de golpes. Apelo a su responsabilidad de Jefe para impedir estos abusos contra la dignidad de la persona humana, contra la libertad de conciencia y la integridad física, derechos naturales protegidos por la Constitución del Zaire".
No recibí respuesta ni sé que medidas tomó el Jefe, pero el famoso hechicero no volvió a aparecer por los poblados de nuestra parroquia.

Las desventuras de un greco-chipriota.

Estamos ya a mediados del 1995. Algunos acontecimientos nos iban sacando de la rutina. Debido al proceso continuo de degradación que sufría el país y sus instituciones, la gente volvía a refugiarse en sus estructuras mentales ancestrales, con sus seguridades, terrores y alienaciones: Brujería, magia, curanderismo, con sus víctimas y sus beneficiarios.
Víctima inopinada fue Karoli, un greco-chipriota, uno de los últimos europeos no misioneros que aún quedaban por la zona: Huyendo de un grupo de perseguidores, a quienes había timado, entró a pie en territorio de nuestra parroquia. Circulaba el rumor de que habían reaparecido los "añotos" que extraían la sangre (algo así como los sacamantecas de nuestra infancia). Históricamente los "banyota" (añotos), fueron los hombres-leopardo agrupados en una hermandad secreta cuyos últimos miembros en nuestra diócesis fueron ahorcados en Wamba en 1956. Mezclando recuerdos del pasado a las nuevas circunstancias, como la enfermedad del SIDA, se extendió el rumor de que circulaba por la selva algún hombre que sacaba la sangre para exportarla o venderla a los hospitales. Las mujeres no se atrevían a ir a trabajar a sus campos si no eran acompañadas por sus maridos armados de machete, arco y flechas.
Así que, en cuanto vieron a este greco-chipriota entrando a pie por el término de Bakese, se le echaron encima acusándolo de añoto; lo maltrataron, y a punto estuvo de ser linchado. Pasó un calvario desde las cuatro de la tarde caminando descalzo y con los brazos atados a la espalda hasta que fue recogido en casa de Amakunzi, el secretario de la Colectividad, a las dos de la mañana: Insultos, bofetadas, pedradas... Cuando nos enteramos de lo sucedido, lo recogimos en nuestra casa inmediatamente.
No terminaron ahí sus tribulaciones pues un día más tarde llegaron sus perseguidores y, mientras los dos sacerdotes estábamos ausentes de casa debido al trabajo, violando nuestro domicilio y hospitalidad, intentaron darle otra paliza. Con nosotros estuvo una semana; ya restablecido, se alojó en casa del jefe Karume, con quien le unían ciertos vínculos de familia.

Los manejos de otro hechicero.

Ese mismo año 1995 tuvimos un enfrentamiento con un hechicero-curandero, de nombre Manakai y apodado "Malaika" (ángel) que, en connivencia con las autoridades, explotaba a toda la población. Para darse ínfulas y prestigio decía de sí mismo ser "el gran vidente y el gran hechicero de Mobutu". No hay que imaginarse un hechicero de película africana, vestido con pieles y tocado con plumas, no: Vestía a la europea con camisa y pantalón blancos impecables y se cubría la coronilla con un solideo también blanco. Enviaba a sus agentes por los poblados a censar a todos los varones mayores de 17 años, que eran inscritos previo pago de una cuota. Luego pasaba él para hacer la inspección y siempre descubría entre los adultos un grupito de cuatro o cinco "brujos"; si éstos se confesaban como tales, pagaban una multa en metálico, más dos cabras y tres gallinas y tenían que ir a instalarse en la casa del hechicero durante dos meses para recibir "tratamiento" y trabajar para él. El ritual que empleaba para detectar a los brujos consistía en este caso en cavar una tumba y saltar repetidamente sobre ella. Si alguien se resistía, era torturado hasta que confesaba. Así, en pocos meses acumuló una gran fortuna: Una extensa plantación de arroz, frutas y legumbres, un establo con más de cien cabras, varias maletas repletas de dinero y un harén con unas cuarenta mujeres.
Se había instalado en Bayabo, localidad de nuestra parroquia pero perteneciente a la Colectividad Makoda. Baseane Simón, el catequista de este poblado, se negó a participar en los rituales mágicos del hechicero. Por eso, automáticamente, recayeron sobre él las sospechas de ser un brujo y tanto el propio Manakai como Jérôme, el jefe de la Colectividad, se empeñaron en hacerle la vida imposible.
Un día en que llegué a Bayabo, el catequista me puso al corriente de sus penas y de la situación en el poblado. "Pues vamos a ver qué pasa con ese hechicero", le dije. Nos pusimos en camino y pronto llegamos a la parcela en la que el hechicero guardaba sus cabras. El aprisco era de unos 5000 m² y estaba cuidadosamente cercado; en el interior pacían apaciblemente las cabras. Continuamos hasta llegar a la parcela de Manakai. Nos detuvimos al borde del camino y desde allí pude ver un numeroso grupo de hombres y mujeres próximos a la vivienda. Al darse cuenta de nuestra llegada se nos acercaron; también lo hizo el propio hechicero: era poquita cosa, de estatura media-baja, delgado, su atuendo correspondía a lo descrito más arriba, lo que todavía le daba una apariencia más frágil. Todos esperaban que yo dijera algo así que procuré no defraudarles.
"Salamuni wote".    "Hola a todos.
Munafanya nini hapa?     ¿Qué hacéis aquí?
Muko wajinga?     ¿Sois imbéciles?
Hamujui kwamba wakristu hatuwezi kufanya hayo? ¿No sabéis que los cristianos no podemos hacer esto?".
Acostumbrado como estaba a predicar al aire libre y sin megafonía mi voz era lo suficientemente potente como para hacerme oír de todos. Así que forzando la voz un poco más continué:
"Musimusadiki mtu huyu.     "No creáis a este hombre.
Anasema kwamba yeye ni mwonaji… Dice ser vidente…
Ni wongo;     Es mentira;
haone kitu;    no ve nada;
anaona tu tamaa ya mali;     solo ve (siente) deseos de riqueza.
Asema kuwa mfumu mkuu ya Mobutu… Dice ser el gran hechicero de Mobutu…
Msimusadiki,    No le creáis;
ni wongo.    es mentira;
Mobutu alimfukuza kwa sababu ni bure"    Mobutu lo despachó por inútil…"
Jugaba yo con el doble sentido del verbo "kuona" (ver) y "kuona tamaa" (sentir deseo, anhelar). Entre tanto el hechicero se había colocado a mis espaldas, ligeramente a la derecha y, como el tentador al Señor, me susurraba al oído: "Mpe, Mpe, tafazali… nitakupa mbuzi tatu". "Padre, Padre, por favor… te daré tres cabras". Estaban todos cabizbajos pero ninguno abandonó la parcela del hechicero; el pavor era superior a sus fuerzas.
Todavía estaba yo por los alrededores cuando apareció en bicicleta un policía de la Colectividad. Lo enviaba el jefe Amboko Jérôme para pedirle a Manakai dinero para comprar gasolina para su moto. Este metió su mano en el bolsillo y le entregó unos billetes… todo estaba claro.
Lo habíamos denunciado ya a las autoridades locales del clan y de la Colectividad, pero, al darnos cuenta de que actuaba en connivencia con ellas, llevamos la denuncia hasta el Gobernador del Estado y a los ministerios de Gobernación, Justicia e Interior. En estas estábamos cuando yo me fui de vacaciones a España.

Los acontecimientos de Bakana. Nuevos enfrentamientos con el jefe Karume.

La cosa empezó un viernes, 19 de mayo del 95.
Para alimentar a los trabajadores de la plantación "Ngosamu" había que acarrear los alimentos y para ello el jefe movilizó a siete ciudadanos del poblado de Bakana. Con la carga sobre sus cabezas estos recorrieron a pie seis kilómetros transportando sendos racimos de bananas hasta Beanaka, la residencia de Karume. Pero quedaban otros dieciséis kilómetros hasta el destino. Así que los volvió a convocar al día siguiente para que completaran la tarea. Pero estos se resistieron diciendo que ya estaba bien y que ellos no eran una camioneta de transporte.
Puesto al corriente de la negativa, Karume envió por delante a sus policías y él mismo se presentó en Bakana el domingo 21 de mayo muy de mañana. Por el camino había arrestado a Mandiba, un alumno del Instituto. Llegados a la parcela del jefe del poblado hizo apalear a Mandiba y a continuación a los siete que allí estaban convocados. El policía Panakea se ensañó especialmente con Adedo pisoteándolo y golpeándolo con una vara verde de café; "Me golpearon en el bajo vientre y en mis genitales, pene y testículos hasta que uno de estos quedó a la vista fuera del escroto". También Aluamba Malembe y Amboko wa Amboko quedaron malheridos aunque de menor gravedad. Multados, saqueados y cargados con los aperos de labranza (azada y machete) fueron obligados a emprender el viaje hasta la cárcel de Legu a las cuatro de la mañana del día siguiente.
"Permanecí ocho días en la cárcel atado con una cadena al policía Edema. Mi situación se complicaba; mi estado era muy malo; tenía dificultad para orinar e incluso para andar. Enterado de la situación, Karume se presentó con el brigadier y ordenó que me devolvieran al jefe del poblado y le comunicaran que él, Karume, no tenía nada que ver en el asunto y que toda la responsabilidad era suya, del jefe de Bakana. Pero éste tampoco quiso saber nada. Empleé trece horas para recorrer trece kilómetros y llegar a Bakana, desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Me curaron en el dispensario de Bakana durante dos semanas. Después me llevaron a Legu. Allí me encontró el obispo que me llevó en su coche al hospital de Wamba". (Declaraciones de Adedo hechas con posterioridad).
El 30 de junio, aniversario de la Independencia, tenía que presidir la misa Jerónimo, pero en el último momento me pidió que lo hiciera yo. Como catorce años antes en parecidas circunstancias denuncié en público los abusos del jefe y lo sucedido en Bakana.
Como reacción a la homilía del 30 de junio, el jefe presentó una denuncia contra mí ante la policía de extranjeros (SNIP) de Wamba. Allí fui convocado. El seis de julio, el Abbé Paul Tatsimi, que mantenía relaciones de amistad con el comisario de policía, Mr. Muhoya Umande, me acompañó a su casa en visita de cortesía. Fue una entrevista distendida; pero de todas maneras me dijo que me presentara en su despacho a la hora fijada del día siguiente para tomar las declaraciones por escrito. Pasé una mala noche, preocupado y sin pegar ojo. Creo que sufrí un pequeño infarto pues detectaron las señales de haberlo sufrido, cuando en octubre, en Madrid, me hicieron una revisión médica. De todos modos la entrevista fue de rutina, para responder a las acusaciones que había presentado Karume. Que si tenía antecedentes penales... Le dije que el jefe me había denunciado una vez al Juzgado de Isiro acusándome de "difamación" y que lo había hecho porque yo a mi vez había denunciado dos muertes en la cárcel del jefe.
La acusación principal era la de "hacer política". Respondí que sí, que si concientizar a la gente de sus derechos y denunciar las injusticias era hacer política pues que sí, que hacía política. Le hablé de los abusos y tropelías del jefe y en particular de los sucesos de Bakana. Después de firmar las declaraciones, el comisario me pidió venir conmigo a Legu para hacer una encuesta sobre el terreno. Después de comer emprendimos el viaje; yo llegué completamente exhausto. Nada más llegar, Jerónimo lo llevó a Bakana para que se entrevistara con Adedo. Al ver el estado de éste, el comisario quedó atónito. Dijo que le obligaría al jefe a correr con los gastos de hospitalización y tratamiento del herido.
Al día siguiente, 7 de julio, antes de que el comisario de policía abandonase el lugar, por coincidencia providencial se presentó en Legu el ciudadano Buonguo con una herida sangrante en el cuello. El hermano del jefe, Gbadi Karume, "Nyoso-Tout", había intentado darle un machetazo en la cabeza, pero el destinatario salvó la vida esquivando a tiempo el golpe; sufrió solamente una herida en el cuello. La encuesta puso de manifiesto los abusos e injusticias del jefe y el comisario elevó los informes a los superiores.
El 20 de agosto, el PDSC (Partido Demócrata y Social Cristiano) de Bafwagada envió un memorando al Gobernador de la Región en Kisangani sobre la situación dramática de la colectividad Bafwagada, pidiendo una encuesta imparcial y que el jefe fuera juzgado y condenado si procedía. De este memorando se hizo eco el periódico "La Référence Plus" publicando un resumen algunos días más tarde.
La denuncia no cayó en saco roto. Las autoridades movilizaron a Mr Kamango Walingi, Comisario Subregional Asistente de Isiro, quien, a mediados de octubre (estando yo ausente de vacaciones en España), fue a Legu para hacer la encuesta sobre el comportamiento del jefe.
Jerónimo y el grupo de Justicia y Paz habían sido invitados por el Comisario Mr Kamango para prestar declaración en su presencia el día 16. La sorpresa fue que aparecieron en Legu más de doscientas personas enarbolando pancartas, que confirmaron la situación de injusticia, arbitrariedad y malos tratos de Karume con la población. Antes de despedirse, el Comisario hizo un mitin declarando que la situación tenía que cambiar: "Se acabaron los trabajos forzados, los arrestos arbitrarios, las multas injustas, los malos tratos y la cadena del calabozo". El jefe tuvo que sufrir la vergüenza publica, pero su espíritu tramaba venganza.

El Comité "Justicia y Paz".

Lo principal de todo este asunto fue que un grupito de ciudadanos se concientizó y superando sus tabúes y temores crearon un comité parroquial de "Justicia y Paz".
A raíz de la evolución política del régimen de Mobutu en los primeros años 90, se habían creado numerosos partidos políticos, entre otros el PDSC (Partido Demócrata y Social Cristiano). Paralelamente se había acentuado la represión y abusos del Jefe que, como Mobutu a nivel nacional, veía tambalearse su poder absoluto. También en nuestra Colectividad Bafwagada se constituyó una célula de ese partido con los jóvenes más concientizados y militantes. Empezaron a denunciar los abusos del Jefe Karume. En varias ocasiones vinieron a pedirme ayuda pero yo siempre les respondía que, como extranjero, no podía meterme en política, y como sacerdote tenía que serlo de todos. Pero les sugerí que se organizaran como Comité Parroquial de "Justicia y Paz", siguiendo el impulso lanzado por el nuevo obispo Mons. Charles, y que así yo podría involucrarme con ellos en la lucha por la justicia.
Ellos fueron quienes elevaron a otros niveles las denuncias contra el jefe y contra el hechicero Manakai. Las Autoridades tomaron cartas en el asunto y, si no se hizo justicia al cien por cien, por lo menos cortaron un tanto las alas a los abusos del Jefe. Pero había que seguir alerta sin bajar la guardia. Los miembros del Comité Justicia, Paz y Liberación (Haki, Amani na Uhuru) iniciaron una campaña de educación social y política por los poblados: Derechos humanos, alienaciones, elecciones libres y responsables, partidos políticos etc. con pocos recursos materiales pero animados de buena voluntad. Algunos tuvieron que caminar a pie más de cien kilómetros para sostener la causa en favor de la justicia. Para nosotros fue una gran alegría después de veinte años de lucha en solitario ver que la semilla había prendido y brotado. Habría que seguirla cultivando para que se afianzara y resistiese los embates del desaliento y las persecuciones.
Yo redacté un borrador de reglamento para el funcionamiento del Comité pero tuve poco éxito. Se iniciaban las reuniones con la recitación del salmo 72 (71):
Oh Dios, da tu juicio al rey,
tu justicia al heredero del trono
para que gobierne a tu pueblo con justicia
y a tus humildes con equidad.
Que venga la paz al pueblo desde los montes,
y la justicia desde las colinas;
que defienda a los humildes,
que salve a los pobres y aplaste al opresor.
Eso de "que aplaste al opresor", si en una recitación rápida en español casi nos pasa desapercibido, en kiswahili y en clima militante sonaba más fuerte; y todavía más en la versión de la Biblia de los Evangélicos: algo así como "que triture en pedazos al opresor"; o, en expresión coloquial, "que lo haga picadillo". Las reuniones concluían con la recitación del "Padre Nuestro". Al final ellos funcionaban a su manera y terminaron por buscar un modo de autofinanciarse haciendo de barqueros en uno de los pasos de peatones y ciclistas con una piragua en la Ngada y cobrando el peaje. ¡Que pena!

Mi visita a "Ngosamu".

Desde hacía algún tiempo oía comentarios insistentes sobre "Ngosamu". La palabra no me sonaba de nada así que traté de informarme. El "Ngosamu" original era una antigua plantación de café, en las afueras de la ciudad de Isiro, con todos los edificios necesarios para el tratamiento, secado, descortezado y almacenamiento de ese producto. Cuando el café dejó de cultivarse, los edificios quedaron abandonados; pero la policía de Isiro los recuperó y transformó en cuartel y cárcel, ya que el edificio de la cárcel central que databa del tiempo de la colonia estaba completamente en ruinas. El lugar fue adquiriendo muy mala reputación debido a los métodos que la policía empleaba con los presos: arbitrariedades, torturas y vejaciones.
Las gentes de la colectividad Bafwagada empezaron a utilizar ese mismo vocablo, Ngosamu, para referirse a la plantación que el jefe Karume había abierto en la selva. Entre los poblados de Monzambe y Batindía, además del camino que, dando un rodeo, era medianamente practicable para vehículos todo-terreno, había también una pista directa, apta únicamente para peatones y bicicletas. Sobre esta pista, a mitad de camino entre las dos localidades, el jefe deforestó un terreno de unas 20 hectáreas para cultivar productos alimentarios con el fin de venderlos luego en los centros mineros. Toda la labor se hacía por el método de "trabajos forzados" y los policías de Karume emulaban a los de Isiro en el tratamiento que aplicaban a los pobres ciudadanos obligados a trabajar para el jefe. De ahí que le aplicaran el nombre de "Ngosamu".
Queriendo cerciorarme por mí mismo, me decidí a visitar la plantación. Así que un domingo, terminada la misa en Monzambe, con un grupo de muchachos me desplacé hasta Batindía pues me habían dicho que desde allí era más accesible que desde Monzambe. Dejando el vehículo, tomamos a pie la pista que conducía a la plantación y, después de un buen rato de marcha, llegamos a ella. Sobre el terreno no encontramos a nadie, ni guardas, ni policías, ni obreros. La pista continuaba en medio de los terrenos cultivados; avanzamos por ella despacio sin invadir los cultivos. Cuando me pareció suficiente nos volvimos. Fuera del tamaño, no había ninguna otra cosa destacable; se trataba de un típico campo de cultivo africano, todo en aparente desorden, con bananeros, papayeros, mandioca, arroz, algunas plantas de caña de azúcar y poco más.
Sabía yo que la noticia de mi visita no le iba a hacer ninguna gracia al jefe; en efecto, así me lo dio a entender al poco tiempo en una carta malhumorada en la que me preguntaba cómo yo, sin ser un perito en agricultura, había tenido la osadía de visitar su plantación. No pasó de ahí el asunto de momento pues él sabía bien que no podía impedirme ni acusarme por recorrer una pista que era de uso público. Pero más adelante utilizará este hecho como motivo de cargo contra mí.

Los acontecimientos de Monzambe.

Llegué yo a Legu, de vuelta de vacaciones, el dos de febrero del 96. La Colectividad estaba en calma y el jefe parecía haber desaparecido. Pero la situación duro poco tiempo.
El 16 de febrero celebramos en Bakana el 4º aniversario de los mártires de la libertad en Kinshasa. Nos reunimos en una de las clases del Instituto los miembros del Comité Justicia y Paz (que también eran miembros del PDSC) y desde allí fuimos con la gente en procesión entonando cantos hasta la capilla. Después hubo comida y danzas.
Al atardecer del martes, 27 de febrero, el jefe Karume se presentó en Monzambe acompañado de toda la plana de la Colectividad, de sus policías y de un gendarme armado. Iba decidido a dar un escarmiento a los miembros del Comité Justicia y Paz que habían tenido la osadía de denunciarlo. Al día siguiente, temprano por la mañana, comenzaron los arrestos: Nakumoyaka (miembro de la Comisión Justicia y Paz) y Ndesanapo (miembro del Comité Parroquial del Desarrollo). El primero fue torturado. El segundo encordado por los codos a la espalda. Buscaban también a Kandeno, pero éste se encontraba en Wamba participando en una sesión de formación para laicos. En su ausencia su parcela fue saqueada: se llevaron dos cabras, dos cerdos (una hembra preñada) y varias gallinas. Ndesanapo logró enviar un mensaje a los miembros del Comité Justicia y Paz de Bakana.
Teníamos previsto visitar las comunidades de Beanaka y Bachimi el jueves 29. Pero al llegar a Tchangobi un emisario nos detuvo y nos informó de lo que estaba sucediendo en Monzambe. Decidimos acercarnos hasta allí para comprobar sobre el terreno la situación. Encontramos a Amakunzi, el secretario de la Colectividad; estaba muy tenso y no sacamos nada en claro. Luego hablamos con el Director de la escuela, Dominique, y con uno de los catequistas; éste sí, nos puso al corriente de todo. Volvimos a nuestro ministerio en Beanaka y Bachimi, los dos poblados de la familia del jefe. Atanea y Bapatii, que habían recibido el mensaje de Ndesanapo, aparecieron en Bachimi cuando yo estaba terminando mi trabajo; venían de Bakana para hablar con nosotros. Con Atanea volví por la tarde a Bakana donde ya estaba esperando el grueso del Comité Justicia y Paz. En asamblea de urgencia, los miembros decidieron enviar un mensaje a las Autoridades de Ibambi, que sería llevado en mano por dos de ellos, y el resto del grupo se concentraría en Monzambe para manifestar al jefe su desacuerdo con él y su solidaridad con las víctimas. Para facilitar las cosas, les conduje en coche hasta Monzambe y a los dos mensajeros hasta el paso de la Ngada. Ya en Monzambe, los 14 miembros del Comité Justicia y Paz decidieron pasar la noche en la capilla.
Los tantanes y el gong sonaron a rebato de poblado en poblado durante la noche: ta-tí-ta-tá/ta-tí-ta-tá/ta-tí-ta-tá… Eran cuatro sílabas inarticuladas, repetidas sin descanso, pero que todos los nativos entendían perfectamente: ta-kú-li-té/ta-kú-li-té/ta-kú-li-té… (aquí-guerra/aquí-guerra/aquí-guerra). El jefe movilizó así a todos los miembros de su familia y, a pesar de la persistente lluvia, un grupo de 80 personas, armados hasta los dientes, se presentaron en Monzambe. Se contabilizaron 13 armas de fuego amén de lanzas, flechas, machetes, bayonetas y estacas. El propio Jefe aparecería más tarde con dos pistolas al cinto. Se dirigieron en primer lugar a Ngosamu, la residencia ocasional del Jefe. Yo había ido esa mañana del 20 a Bakana para una reunión del comité escolar; y Jerónimo, había llegado a Monzambe sobre las ocho para continuar los trabajos de construcción de la escuela.
A las nueve de la mañana se realizó el ataque a la capilla en presencia de los trescientos alumnos de la escuela y de un numeroso grupo de mujeres del poblado. Los hombres, prudentes y desconfiados, se habían escondido entre la maleza y miraban a hurtadillas. Al percatarse de lo que se les venía encima, once de los miembros del Comité se refugiaron en la sacristía, dos aguantaron impávidos el ataque a la puerta de la capilla, recibieron los primeros golpes y cayeron inconscientes. Todas las mujeres del poblado, pensando que habían muerto, empezaron los lamentos fúnebres como se acostumbra aquí cuando alguien muere. Los atacantes intentaron conseguir un hacha para derribar la puerta y, al no lograrla, golpearon la puerta de la sacristía con un madero hasta romperla. Allí encontraron a los miembros del comité sentados por tierra en actitud de resistencia pacífica. Les golpearon, maltrataron y despojaron de todo lo que tenían incluidas camisas, correas y sandalias. Sin salir de la capilla los ataron con cuerdas unos a otros y así los llevaron a la presencia del jefe que esperaba en un cobertizo a corta distancia. Allí los sometieron a interrogatorio y a tortura: Atados de pies y manos, los brazos por los codos a la espalda, los levantaban en posición horizontal y los dejaban caer de golpe al suelo una y otra vez. El propio jefe animaba a los verdugos: "mara ingine, mara ingine", ("otra vez, otra vez"). A otros, una tanda de bofetadas en la cara y en los oídos con peligro de perforarles los tímpanos. Uno de los primeros, Kandeno, tuvo que ser intervenido de doble hernia inguinal a consecuencia del maltrato.
Al mismo tiempo un grupo de atacantes se dirigió hacia Jerónimo con expresiones amenazantes e insultantes: "Hoy nos vamos a comer un cerdo blanco". Deshincharon las cuatro ruedas de su coche y abatieron unos árboles para cortar el camino. Jerónimo se encaró con uno de ellos: "si vienes a matarme no escondas la bayoneta en la manga de la camisa, mejor que lo hagas abiertamente". A pesar de las complicaciones pudo continuar con su trabajo.
El decimocuarto componente del grupo se hallaba a unos metros de la capilla en el momento del ataque. Puso pies en polvorosa y vino a avisarnos de lo que pasaba. Yo me hallaba en Bakana, a unos veinte kilómetros de Monzambe (algunos menos por los senderos de la selva). Recibí al sudoroso y asustado mensajero a la una de la tarde. Nos pusimos inmediatamente en marcha pero, unos dos kilómetros antes de llegar al poblado, un muchacho nos hizo señales de parar. Nos contó lo sucedido y me trasmitió el mensaje verbal de Jerónimo: "No entres en el poblado; es excesivamente peligroso; si hay que morir, basta con uno".
Inmediatamente dimos media vuelta y nos dirigimos a Ibambi, un núcleo importante de población a cincuenta kilómetros, para dar cuenta a las autoridades de lo que estaba sucediendo y para traer con nosotros al Comandante de la Gendarmería y al Comisario Asistente de Zona, Bombele. Llegados allí, nos informaron de que ambos estaban ya en camino y que, probablemente, ya habrían llegado a Monzambe pues habían utilizado una moto y tomado un atajo. Nos pusimos de nuevo en ruta para volver a Monzambe a donde llegamos sobre las cinco de la tarde. Tuvimos que dejar el coche a la entrada pues, en efecto, unos árboles atravesados impedían el paso de vehículos.
Nada más entrar en la gran explanada donde están situadas la capilla y la escuela, vi a Jerónimo y me dirigí hacia él. Al vernos llegar, una gran muchedumbre, formada de atacantes y curiosos, corrió hacia nosotros. No pude contenerme e improvisé una pequeña arenga. Empecé con ironía: "¡Viva la libertad!... ¡Esta es la libertad de que gozamos en el Zaire!... ¡Vuestros antepasados lucharon y murieron por la libertad! Unos en Kinshasa, el cuatro de enero del 59; otros, también en Kinshasa, el dieciséis de febrero del 92. ¡La libertad no es un regalo, es una conquista! Vuestros hijos y nietos, ¿qué dirán de vosotros?... ¿Qué luchasteis por la libertad o que fuisteis unos cobardes?...". Mientras parlamentábamos con las autoridades, deshincharon también las ruedas de mi coche. Al final pudimos regresar a Legu sobre las nueve de la noche con uno de los vehículos. También los detenidos fueron liberados. Maltratados, descalzos y casi desnudos, pudieron regresar a sus casas. El Comisario y el Comandante nos siguieron con la moto hasta Legu; les proporcionamos gasolina y volvieron a Monzambe, pero tuvieron que pasar la noche en un aula de la escuela pues nadie les dio alojamiento.
A la mañana siguiente volvimos a Monzambe y allí encontramos a las víctimas con heridas en la cabeza y la cara tumefacta. Kandeno estaba tan desfigurado que al verlo me estremecí y exclamé abrazándolo: "¡Oh Dios mío! ¿Pero qué han hecho contigo?". El jefe había liberado a todas las víctimas excepto a Nakumoyaka. Intentamos por todos los medios encontrarlo y recuperarlo pero no aparecía por ninguna parte. Sin duda que el jefe lo retenía oculto para que no viéramos el estado en que se encontraba. De pronto vimos a Karume marcharse en una moto que había llegado momentos antes.
El Comisario y el Comandante me pidieron que los llevara a Ibambi pues su moto no estaba en condiciones. Montaron también Atanea, Kandeno y Ndesanapo. Desistiendo ya de recuperar a Nakumoyaka emprendimos el viaje. Pero cuál no fue nuestra sorpresa cuando, a unos centenares de metros, encontramos a Nakumoyaka que, escoltado por un policía, era conducido a Beanaka. Éste, al oír el zumbido del coche, arrojando el fusil se dio a la fuga.
Ese mismo día, por vía radiofónica, informamos de lo sucedido a todas las misiones de la diócesis. La noticia llegó también al Sr. Obispo, en Isiro, quien inmediatamente se puso en contacto con las autoridades administrativas. Pero el Comisario de Isiro estaba de parte de Karume y así el Obispo no consiguió nada de ellas.
Al atardecer del lunes 3 de marzo, para nuestro consuelo, el obispo Mons. Mbogha se presentó en la misión y al día siguiente celebró la Eucaristía con los numerosos cristianos que, enterados de su llegada, habían acudido a escucharle. Intentó apaciguar los ánimos y habló de reconciliación pero también del compromiso del cristiano por la justicia y la paz. Fue un gesto de apoyo a los comités "Justicia y Paz" que él mismo había promovido.
A las nueve de la mañana, cuando el Obispo se disponía ya a marcharse, apareció el Jefe y se dirigió al convento de las religiosas pues desde hacía algún tiempo, evitaba la casa parroquial. Venía acompañado de varios consejeros de la Colectividad, del director de la escuela y algunos maestros. Pidió hablar con el obispo. Jerónimo y yo acompañamos al Sr. Obispo hasta el convento y allí parlamentamos durante tres horas. Karume presentó sus acusaciones contra mí que se concretizaron en el hecho de haber visitado su plantación (campo de explotación y tortura) "sin ser un experto agrónomo" y de haber transportado con mi coche a los miembros del Comité Justicia y Paz, "más de ochenta personas" - exageraba descaradamente - con el fin de atacarle. Y exigió del obispo mi salida inmediata de Legu. "Yo no tengo ningún otro sacerdote para remplazar a Julián y no puedo enviar a nadie para que sea testigo mudo de tus abusos y tropelías", le respondió el obispo. Tanto le afeamos su conducta para con la gente que llegó incluso a pedir perdón. Pero mientras tanto había hecho venir de nuevo a los miembros de su familia que se presentaron en armas y rodearon el convento exigiendo mi partida inmediata. Al abrir la puerta para salir, las religiosas se dieron cuenta de lo que nos esperaba fuera y tiraron del obispo hacia atrás. Así que encabecé yo mismo la comitiva, pasando entre dos filas de personas en armas, con caras feroces y gestos amenazantes. El obispo se negó a recibir a nadie más y se puso inmediatamente en camino de Wamba.
Todos los miembros de la familia del jefe se concentraron con él en el edificio del tribunal para parlamentar sobre los acontecimientos y decidir qué harían con nosotros. Se podía temer cualquier cosa pues el jefe nos había amenazado en público con saquear la misión. En esas estaban cuando, a las tres de la tarde, estalló una gran tormenta con un huracán tan violento que se llevó parte de la techumbre del tribunal: Planchas de la cubierta y trozos del maderamen cayeron sobre los reunidos que se dispersaron despavoridos implorando la misericordia divina: "¡Dios de Julián, no nos mates!"; "que yo no estuve en Monzambe"... Luego las reacciones fueron muy diversas: "¡Dios es grande!"; "¡Dios ha hablado!"; "¡los curas son unos brujos!"; "rezaron a su Dios para que nos matara", y cosas por el estilo.
Pasados diez días, el Comisario Subregional de Isiro, Boondo, vino a Legu con el claro objetivo de respaldar a Karume y de intimidar a los curas y a los miembros del comité Justicia y Paz.
El encuentro de los diferentes grupos con el Comisario tuvo lugar a todo lo largo del día. Nosotros entramos ya casi de noche: El Comisario nos hizo una larga exhortación y se declaró varias veces "très catholique". Una de las preguntas versó sobre la misa celebrada en Bakana el 16 de febrero, aniversario de las matanzas de cristianos en Kinshasa. Le dije que no se trató de una manifestación política sino de una procesión de entrada con cantos exclusivamente religiosos. Me contesto que, por la mañana, él había estado en misa y que no había habido procesión de entrada. "¿Ha venido Vd. a la iglesia para espiarme?", le respondí. El cabreo que se cogió fue morrocotudo.
No defraudó el comisario en el mitin que hizo al día siguiente. Lo dedicó íntegramente a apoyar al jefe y a amenazar a los curas y a los miembros del comité Justicia y paz.
El jefe, descontento de los resultados con el Obispo, presentó una denuncia contra mí a las autoridades administrativas y otra denuncia en el Juzgado: teníamos que ir a Isiro. Era la segunda vez que el jefe me denunciaba a los tribunales. La primera había tenido lugar 14 años antes siempre sobre el mismo fondo de arbitrariedades, abusos e injusticias. Entonces me dejaron solo; en esta ocasión fue un grupo de cristianos y ciudadanos de base quienes habían tomado la iniciativa y yo les acompañaba. Algo estaba cambiando en el país.
Me acompañaron a Isiro Atanea, Kandeno y algunos más. Después de visitar al obispo nos entrevistamos con un Inspector de policía llamado Kabala. Este me transmitió la orden de presentarme en el Juzgado.
El miércoles 27 de marzo presté declaración ante el juez de instrucción. Las acusaciones eran tan vagas como lo habían sido las que presentó Karume verbalmente ante el obispo. Seguramente que lo hizo por incordiar y porque algo tenía que hacer. El juez instructor era un tutsi de origen rwandés y se portó conmigo con toda corrección.
Aquella noche casi no logré pegar ojo meditando en qué nos convendría hacer. Al final, me decidí: presentaríamos nosotros mismos una denuncia contra el jefe, pero con acusaciones bien concretas: Arrestos arbitrarios, violación de domicilio, saqueos, torturas, robo por efracción y a mano armada, asociación de malhechores… según la legislación del Zaire estos dos últimos delitos comportaban la pena de muerte. Me dirigí al obispado y en la secretaría redacté y mecanografíe el texto. Lo firmamos "por el Comité Justicia y Paz de Legu", Atanea Bangama y yo como capellán del Comité. Lo depositamos personalmente en el Juzgado de Isiro.
En el tribunal nos pidieron ayuda para poder realizar sus funciones. Consciente de la ambigüedad de la situación - necesidad real pero también corrupción - proporcionamos al Sr. Obispo algún dinero para que él actuara según sus criterios y según las circunstancias. De hecho les dio algo de dinero para que pudieran desplazarse a Legu para la encuesta sobre el terreno.
Contactamos con la ONG "La Voix des Sans Voix" y con el abogado de la diócesis de Isiro por si podían echarnos una mano. En la primera no pasaron de un apoyo moral y el segundo esperaba unos honorarios que nosotros no podíamos pagar.

Nuevos incidentes en Monzambe

Seguro de su impunidad, el jefe volvió a las andadas, de nuevo en Monzambe, el 19 y 20 de abril, saqueando, maltratando y arrestando a varios habitantes del poblado. Cuando nos enteramos de lo que estaba pasando nos personamos en el poblado. Las víctimas nos contaron lo que había sucedido:
« El viernes 19 llegaron a Monzambe Gwadombi, secretario del juzgado y hermano del jefe Karume, con el jefe de agrupamiento, Anduguwe, y el jefe de localidad, Bondo, con los policías Panakea, Sengi y Atokobu. Entraron en la parcela de Abua y le cogieron una gallina, una camisa, unas tijeras y un racimo de bananas; como el propietario intentó resistirse, le maltrataron y golpearon con un garrote y con la culata del fusil; le hirieron en la muñeca izquierda. Arrestaron de nuevo a Nakumoyaka pero éste logró escapar. También arrestaron a Ekombo robándole una gallina. El 20 entraron en casa de Nakyabandesotane y le robaron una cabra; encadenado le condujeron a Beanaka obligándole a cargar un cesto con doscientos vasos de arroz y seis gallinas; como consecuencia del exceso de peso y debido a su edad y debilidad, sufre ahora de hernia. Después entraron en la parcela de Adungu; le atraparon y torturaron inmediatamente, obligándole también a transportar 50 "ndelés" y una gallina. Le impusieron una multa de 250.000 zaires y una pena de un mes de cárcel. A continuación entraron en la parcela de Bakpoma y le cogieron tres gallinas pero él se escapó. De nuevo volvieron a la parcela de Nakumoyaka y le cogieron tres gallinas. En la parcela de Egite y en su ausencia le robaron nueve huevos. Entraron también en casa de Banzababee, ausente en Ibambi, le cogieron dos gallinas y diez huevos. Volvieron de nuevo a la parcela de Ekombo y cogieron una gallina. Detuvieron a Ebaba y le obligaron a transportar seis de las gallinas robadas; le han multado con 70.000 zaires".
Con heridas y cardenales los llevamos a Ibambi ante las autoridades y ante el juzgado y presentamos nueva denuncia.
El inspector de policía, Kabala, del Juzgado de Isiro, se había desplazado a Ibambi para seguir más de cerca el desarrollo de los acontecimientos. Volvimos pues a Ibambi el 23 de abril para prestar declaración. También había sido convocado el jefe Karume y sus aláteres Felix Bodoma y Gbadi, sus hermanos, y los policías Panakea, Atokobu y Sengi, pero el propio jefe no se dejó ver hasta el día siguiente por la tarde. Víctimas y verdugos pasaron por turno a declarar ante el inspector Kabala. Éste mandó poner bajo arresto a los dos hermanos del jefe y a sus policías, pero, curiosamente, también jugó la comedia de hacer pasar la noche bajo arresto a Atanea, Kpongo y Nzide, tres del los miembros del Comité Justicia y Paz. Sin duda que lo hizo para impresionarnos y afirmar su autoridad. Al mismo tiempo y a mis espaldas les fue exigiendo la entrega de algún dinero con la excusa de subvenir a sus necesidades de desplazamiento y alojamiento.
Por fin, el jueves 25, se confrontaron el jefe y sus víctimas en presencia del inspector del Juzgado de Isiro. Las víctimas, superando el miedo y el tabú de que goza todo jefe en esta cultura, tomaron la palabra; Karume tuvo que escuchar la larga letanía de acusaciones de sus súbditos. También yo intervine para acusarle de haber profanado una capilla, de haber derramado sangre de cristianos en la propia capilla y, sobre todo, de haber profanado la imagen de Dios que es el HOMBRE a base de torturas, explotación y malos tratos. Rojo de cólera y sin argumentos a su favor exclamó: "¡Este no es un sacerdote, es un diablo!". El inspector ordenó el envío a prisión de los tres policías y los dos hermanos del jefe. Tuve que hacer de chofer y con nuestro coche llevarlos a Isiro hasta la puerta de un campo de detención, « Ngosamu » (los edificios de una antigua plantación de café, transformados en prisión), que gozaba fama de ser "terrible" y "dantesca": en su interior desaparecen todos los derechos y dignidad de la persona. Se me encogió el corazón al verlos traspasar el umbral de tal recinto.
Viendo que también en los tribunales las cosas se le ponían en contra, el jefe utilizó el último triunfo que le quedaba: Recurrió a su tío materno, Idambituo de nombre, que formaba parte del Gobierno como Ministro de Hacienda. Para atraerse el interés y la protección de su tío presentó el problema como un enfrentamiento entre dos partidos: el M.P.R. partido del presidente Mobutu, del que Idambituo era miembro destacado, y el P.D.S.C. (la Democracia Cristiana). Esta fue la versión que se manejó en medios oficiales. Idambituo, con su versión de los hechos, puso al corriente al Ministro de Justicia y éste movilizó a la Fiscalía General del Estado. El Fiscal Regional de Kisangani, Mosae Beakaka, vino a Legu en visita de inspección el 18 de mayo, vio la realidad sobre el terreno y escuchó a las víctimas. También vino a la misión y habló conmigo; yo le proporcioné copias de las denuncias que habíamos presentado contra Karume. Pero, como era de esperar, mantuvo la versión del jefe. El Fiscal General del Estado ordenó la libertad provisional de los detenidos y, aunque bajo control judicial teórico, restablecieron al jefe en todas sus funciones. Vuelto a Legu, Karume no cambió de conducta.

La visita de Idambituo.

Idambituo Bakaato había nacido en Gombe, allá por los años 30, en la Colectividad Badimbisa. Miembro de la familia reinante, tuvo la trágica experiencia de ver a un sobrino suyo, hijo del jefe, asesinado por los Simba en Gombe, el 16 de agosto del 64, y luego a su hermano Bakaato Baonoku, el jefe de los Badimbisa, desollado vivo y asesinado en Wamba tres días más tarde. Una de sus hermanas, Agamba, se había desposado con Gbadi Karume, el jefe de los Bafwagada, también asesinado por los Simba en las mismas circunstancias. De esa unión nació Karume Gbadi Joseph.
Tras la derrota y desbandada de los Simba, pronto Idambituo se unió al carro del vencedor Mobutu, y fue ascendiendo en la jerarquía del partido y del Estado hasta llegar al puesto de Ministro de Hacienda y tercer Vicepresidente del Partido.
Respondiendo a la llamada de Karume, Idambituo organizó un viaje a la zona para respaldar a su sobrino y para movilizar a la población en favor del Régimen y del M.P.R.
El último día de julio, Jerónimo y yo fuimos testigos involuntarios de su llegada al aeropuerto de Isiro. Mi compañero viajaba a España y coincidió que tenía que coger el mismo avión en el que había llegado Idambituo. Tanto en la ciudad como en el aeropuerto se veía una ya desacostumbrada movilización de grupos de "animación" vistiendo las blusas estampadas con la imagen de Mobutu y la inscripción "ya mokolo" (el más grande). Después de la Conferencia Nacional Soberana y los acontecimientos de Kinshasa resultaba todo bastante anacrónico. Camiones transportando los "incondicionales" para aclamar al barón del régimen y del partido… Idambituo apareció en la escalerilla del avión tocado con el sombrero tradicional de jefe BUDU adornado con una gran borla de plumas rojas de loro. Un grupo de danzas tradicionales de la colectividad Makoda con sus paños, pieles y plumas le dio la bienvenida. Además de anacrónico, el espectáculo resultaba penoso. Después de los saludos a las autoridades; se cantó "la zaïroise" ya casi olvidada, y emprendió viaje hacia Isiro.
Idambituo vino a Legu y estuvo poco más de dos días. Con el jefe recorrió alguna de las infraestructuras que la misión había realizado, haciéndose fotos ante el edificio del Instituto y alguno de los puentes que sin duda Karume presentó como obras suyas para así pedir subvenciones. Aprovechó también para dar un mitin a la población. La concentración tuvo lugar en la explanada que hay delante del tribunal. Yo no había sido invitado y no estuve en los lugares de honor pero, como curioso, me mezclé entre la gente. Imposible para un blanco pasar desapercibido entre un grupo de negros; así que, cuando el público se dispersó un tanto, Idambituo se me acercó. Era la primera vez que nos veíamos pero sin duda que ya me conocía por referencias. Fue un saludo breve y protocolario.

Los acontecimientos de Babonde

Se preparaba en Babonde la ordenación sacerdotal de cuatro diáconos: Jean Baptiste Sengi, Jean Baptiste Nebese, Raimond Kakeane, Desiré Balabala y la ordenación diaconal de Jean Marie Vianney Bachulu. Todo estaba preparado para que resultase una ceremonia político-religiosa en honor y gloria de Idambituo y lo que él representaba. Felizmente, Idambituo no pudo participar pues dos días antes de la ceremonia fue reclamado de urgencia a Kinshasa. Todos los jefes de colectividad habían sido también invitados. En dos ocasiones pedí a los organizadores que no invitasen a Karume pues, si él asistía a la ceremonia, yo no me podría callar. Se lo dije personalmente al párroco, Ladislas, y por radio al Abbé Camille encargado de organizar la ceremonia.
Por esta y otras razones estaba yo dudando en participar. La víspera de la fiesta, sobre las tres de la mañana me desperté sobresaltado teniendo la sensación de haber escuchado con nitidez una voz que me decía: "Julián, no vayas a Babonde". Después de la misa hablé con las religiosas para comunicarles mi decisión de no asistir a las ordenaciones. Alguna lo entendió pero casi todas tenían interés en participar en la fiesta y sólo contaban conmigo para llevarlas. Al final me decidí: las llevaré y que sea lo que Dios quiera.
Llegamos a Babonde a las nueve de la mañana del domingo 18 de junio. En el terreno de fútbol habían levantado un gran hangar para los celebrantes y un gran emparrado para el pueblo. Hacia allí nos dirigimos en procesión desde la iglesia. Antes de iniciar la ceremonia yo pregunté si había venido Karume y me aseguraron que no. En el presbiterio me correspondió situarme en el lugar opuesto al de las Autoridades que estaban detrás y así no alcanzaba a verlas. Me preguntaba si Karume estaría presente. "Si no aparece o no le veo no intervendré", me decía a mí mismo. Toda la ceremonia de ordenación transcurrió con normalidad. Acabado el rito de ordenación acogimos a los nuevos presbíteros con el abrazo ritual. Se fueron acercando también sus familiares para abrazarlos y a continuación las Autoridades; entre ellas apareció Karume. Al verlo, me levanté como un resorte y me acerqué al obispo para señalarle su presencia; éste no reaccionó. Entonces me dirigí hacia Karume y le dije: "Qué haces aquí, éste no es tu sitio". Karume, sorprendido, se quedó como alelado. Cogí el micrófono del altar y dije: "Le chef Karume est excomunié de l’Eglise Catholique, sa place n’est pas ici". Dejé el micrófono cuando el obispo había iniciado ya un gesto para quitármelo. En señal de protesta me despojé de la estola y del alba ante de toda la asamblea y me marché del lugar.
Me dirigí hacia la casa de la misión; allí estaba Ladislas que se apresuró a ofrecerme una cerveza y a asegurarme su ignorancia sobre la presencia de Karume en la ceremonia. Al cabo de un rato apareció también De Strooper fatigado de tantas horas de ceremonia.
Creía que todo el asunto estaba acabado pero no fue así. Después de la misa oí ruido de gente que se acercaba hacia la casa: se trataba de las Autoridades que habían decidido no participar en el banquete pues el P. Ladislas les había dicho que Karume no podía participar. Salí a ver de qué se trataba y me encontré frente al Comisario subregional, al que no reconocí de inmediato, y varios jefes de Colectividad entre los cuales estaban Karume y Mangadima. El Comisario dijo en voz alta para que yo pudiera oírle: "Si quiero puedo hacerle arrestar inmediatamente". Comprendiendo que se trataba de mí, me dirigí directamente hacia él, le presenté mis muñecas y le dije: "Allez-y, arretez-moi, mettez-moi les mennotes". Interpretando mal mi gesto el P. Piero y el Abbé Ndioni se me echaron encima intentando alejarme del Comisario. También hizo lo mismo un individuo que yo no conocía y que resultó ser un periodista, Gwangwata, de "La Reference Plus", que "quería proteger al Comisario". Me debatí intentando liberarme diciendo que me dejasen, que solo intentaba hablar con el Comisario. Al final me encontré dentro de la casa y las Autoridades quedaron fuera. Allí me desfogué: "esto es una vergüenza, la Iglesia se prostituye con el Estado".
El Comisario Boondo y sus acompañantes optaron por dirigirse al convento de las religiosas a tomar un refrigerio pues no habían podido hacerlo en la casa de los padres. En la sala del banquete entraron el obispo y el jefe Mangadima bajo las aclamaciones de toda la concurrencia. Al final del banquete tomó la palabra Mons Olombe para decir, entre otras cosas, que mientras él fue obispo de la diócesis nunca había tenido enfrentamientos con las autoridades tradicionales. Fue muy aplaudido por una parte de la concurrencia. Yo comí algo en la casa de los Padres y me volví a Legu.
El martes 20 de agosto celebramos por anticipado en Bayadi la fiesta del patrón del poblado, San Agustín. Asistían también los cristianos de Bakese. Por el camino me hablaron de los abusos cometidos por los agentes de la Colectividad y por el jefe de Agrupamiento. Un hombre joven, Ngodema, estaba seriamente maltratado y, a consecuencia de la paliza, sufría de doble hernia, una de ellas estrangulada. Le hicimos una visita y tomamos nota de lo sucedido; el hombre sufría a ojos vistas. También dos mujeres habían sufrido malos tratos, Anzambi y Maputay, una de ellas embarazada, con peligro de aborto.
Al final de la fiesta apareció Bachulu, en moto. Me extrañó su llegada pero no pensé nada malo. Camino de vuelta, ya en Bakese, me entregó una carta del Vicario General. En ella me decía que el Comisario estaba muy enfadado y que exigía mi presencia inmediata en Isiro, de lo contrario amenazaba con enviar los gendarmes para arrestarme. El obispo me pedía que fuese voluntariamente y Angelo me daba cita en la radio cuando llegase a casa. Yo estaba dispuesto a permanecer en Legu y no salir si no era por orden judicial o por la fuerza. Pero si llegaban los gendarmes iban a exigir dinero y tal vez saquear la misión. Para evitar males mayores decidí ir a Isiro y aprovechar el viaje para llevar al torturado y presentar una nueva denuncia en el juzgado. Por radio me puse de acuerdo con Angelo de encontrarnos al día siguiente en Vube a las nueve de la mañana para seguir viaje juntos hasta Isiro. Pensando en una posible expulsión del país, después de un posible arresto, metí algo de dinero en un sobre y se lo entregué a Katembo para que me lo hiciera llegar en último extremo. No convenía llevar nada encima pues, en caso de arresto me despojarían de todo.

En Isiro

El miércoles 21 de agosto emprendimos viaje a Isiro. Me acompañaban el torturado Ngodema, Atanea y Mungito. Llegamos a Vube con algunos minutos de retraso y Angelo, impaciente, ya se había puesto en camino de Legu, pensando que podía suceder algo malo. Llegados a Isiro fuimos en primer lugar al obispado; después, a las oficinas del SNIP, a las de la ONG "La Voix de sans Voix" (cuyo local estaba cerrado), y al Juzgado, donde presentamos denuncia contra el Jefe de Agrupamiento y los agentes de la Colectividad que habían participado en los acontecimientos de Bakese. Después de comer volvimos al Juzgado. Saludamos al Procurador de la República Itimana Felicien y éste me indicó que había una denuncia contra mí y que tenía que presentarme a prestar declaración al día siguiente por la mañana y me entregó la convocatoria oficial. Del juzgado nos enviaron al Hospital General de Isiro para que hicieran una revisión al torturado y presentaran un informe médico oficial. Allí no encontramos a ningún médico y después de larga espera e insistencia por nuestra parte conseguimos que las enfermeras atendieran al torturado y le redujeran la hernia estrangulada. Querían ingresarlo en el hospital para operarlo pero decidimos que no lo ingresaran. Nos dieron cita para el día siguiente por la mañana, para la revisión médica. En la Sub-Región nos habían convocado para el día siguiente a las once. Me alojé en los Combonianos pues los PP. de la Consolata estaban de retiro anual y en su casa no había sitio. Los Padres Combonianos me acogieron con toda cordialidad. Estaban el P. Juan Antonio Fraile, perteneciente a la comunidad de Isiro, y el Hermano Miguel Niño del Portillo que pertenecía a la de Bangane.
El jueves 22 fuimos en primer lugar al hospital y, al fin, le hicieron la revisión médica al torturado. Seguidamente fuimos al SNIP y de allí al Juzgado, donde el Procurador en persona me tomó declaración. Me acompañaban el Hermano Niño y el Abbé Charles Abandi. Le indiqué al Procurador que tenía derecho a saber quién me acusaba y de qué se me acusaba. Éste me dio a entender que era el propio Comisario el denunciante y que en la Sub-Región me enteraría de qué se me acusaba. Pasaban de las once cuando terminamos en el Juzgado y nos dirigimos a la Sub-Región. Aquí estaba reunido el « Comité de Seguridad » del Haut-Uélé. Después de un largo rato de espera nos introdujeron en el Despacho del Comisario donde estaba reunido el Comité. Entramos Angelo, Niño, Charles y yo. Todo tenía el aspecto de un tribunal con la diferencia de que juez y acusador eran la misma persona, el Comisario. Entre los miembros del Comité había dos militares, uno era el Comandante de la Guardia Civil Bale (de sobrenombre Tout Rouge), y el otro, un General en la reserva de nombre Yossa; también estaba el Procurador Hitimana, el Comisario adjunto Tamango Walingi, Ilemba, jefe del SNIP (policía de extranjeros), y otras personas que yo no conocía.
El Comisario presentó su versión de los hechos de Babonde, cargando las tintas y presentándome poco menos que como un energúmeno: Dijo que arrojé el alba, que me lié a tortas con el periodista, que dije que el Estado prostituyó a la Iglesia; insistió en preguntar con qué derecho un invitado (yo) puede impedir la presencia en la fiesta de otro invitado (Karume). Recordó que en nuestro encuentro en Legu ya le acusé de espía (no le acusé de espía, sino que le pregunté a ver si había venido a la iglesia a espiarme). Invitado a hablar, dije que me atenía a las declaraciones presentadas y firmadas en el juzgado. El Procurador hizo un resumen de mis declaraciones y discretamente tomó mi defensa. Se dudaba de que Karume estuviera invitado y en caso de estarlo ¿quién le invitó? Yo tomé la palabra y dije que mi presencia y la de Karume no podían estar al mismo nivel de "invitados": Yo asistía por derecho a una ceremonia religiosa de la Iglesia Católica. Karume, por su participación en los acontecimientos de Monzambe estaba excomulgado y no tenía derecho a participar ni siquiera como invitado. Me preguntaron que quién lo excomulgó. Respondí que no hacía falta declaración de excomunión pues la profanación de una iglesia y la aplicación de la tortura, según las Leyes de la Iglesia, comportan "ipso facto" la excomunión; además estaba la declaración del Obispo en presencia del propio Karume que exigía que todos los que habían participado en los acontecimientos de Monzambe como agresores debían pedir perdón públicamente y hacer penitencia, cosa que Karume no había hecho todavía. El Procurador intentó explicar el significado de la expresión "ipso facto". El General jubilado me preguntó que cómo habría actuado yo en caso de... (no recuerdo la hipótesis propuesta). Le respondí que no sabía lo qué haría, que sí sabía lo que hice; y que cuando estudié Lógica me enseñaron que no había que montar hipótesis sobre hipótesis. La asamblea rió discretamente y el General se calló. Charles intervino para aclarar algunos errores que el Comisario había dejado caer voluntariamente. Habló Charles del "juicio" y le corrigieron que no se trata de un juicio. Pero yo pienso que sí, que se trataba bien de un juicio, pero inicuo, en el que el acusado estaba condenado de antemano. Pregunté "ingenuamente" si los miembros de la asamblea allí reunida formaban el Comité de Seguridad del Haut Uélé. Me respondieron que sí. Entonces les dije « pues tomaos en serio vuestra responsabilidad y velad por la seguridad de la población que se ahoga en la inseguridad; a la puerta de este despacho está esperando el último torturado por los agentes de Karume... Que no se dé la ironía de tener una Sub-Región muy segura con una población en la más absoluta inseguridad ». En la sala hubo unos segundos de silencio. Al final quedó claro que había que separar los dos incidentes acaecidos en Babonde: Lo sucedido en el altar era asunto exclusivo de la Iglesia. En lo sucedido a la puerta de la misión no hubo la más mínima intención de agresión ni hubo agresión de hecho; que no dije que el Estado había prostituido a la Iglesia sino que ésta se había prostituido con el Estado: mi lamento no era por el Estado sino por la Iglesia. Me dijeron que de momento esperase en Isiro; pregunté: "¿Cuántos días tengo que esperar? Soy el único sacerdote en la parroquia y tengo que volver a Legu antes del domingo". Me respondieron con evasivas: todos afirmaban estar muy preocupados por "mi seguridad"; pero por lo visto les importaba menos la seguridad de la gente. Al final se levantó la sesión citándome para el día siguiente, para comunicarme la resolución definitiva sobre mi caso.
Fui convocado a la Subregión el sábado 24. Nos presentamos Angelo y yo a las diez de la mañana. Angelo entró inmediatamente en el despacho del Comisario y yo me quedé fuera. Durante la espera un hombre se me acercó y se me presentó como descendiente de Bodoma, el primer jefe que hubo en la Colectividad de Legu; (se trataba de Michel Bodoma Amboko Gbele a quien yo sólo conocía por referencias). Me comentó que había habido nuevos nombramientos y que el Comisario de Ibambi, Bombele, no figuraba en la lista; tuve la impresión de que intentaba adularme y hacerme hablar. Respondí con evasivas pues yo no me encontraba con ánimos para hablar y menos con un desconocido. En otro momento vi llegar en moto a las puertas de la Subregión al jefe Karume; me dirigió una mirada furtiva e inmediatamente se fue. Conducía la moto un joven que, según me dijeron, se trataba de un policía, guardia de seguridad. Los reunidos en el despacho salieron por otra puerta y, sin decirme nada, montaron en el coche de Angelo y desaparecieron. Creo que fueron a hablar con el Obispo. Yo me volví a mi residencia, en los PP. de la Consolata. (Estos habían terminado sus Ejercicios Espirituales y, al quedar libres las habitaciones, por iniciativa de Angelo, me había trasladado allí).
A las doce y cuarto vino Angelo a buscarme, volvimos a la Subregión y entramos en el despacho. Allí estaban el Comisario titular Boondo, el Comisario adjunto Tamango, y el jefe de SNIP Ilemba. Me comunicaron las decisiones que habían tomado sobre mí: 1) No me meterían en la cárcel. 2) El Comisario retiraba su denuncia presentada contra mí en el Juzgado; (vaya, ¡con lo que yo hubiera deseado un juicio justo! Sabía bien que se trataba de un ardid para intimidarme y ahora presentaba el hecho como un gesto de buena voluntad para conmigo). 3) No podía volver a Legu si no era para recoger mis cosas. Y 4) Tenía que abandonar el territorio de la Subregión (es decir, se me declaraba persona non grata y se me expulsaba sin contemplaciones). Respondí: "se trata de decisiones muy graves contra mí y no me basta una comunicación verbal; exijo que se me entregue por escrito un comunicado oficial". El Comisario me respondió que el Obispo me lo comunicaría dándome un nuevo destino (por lo visto ése era el acuerdo a que habían llegado el Obispo, Angelo y el Gobernador: nada de papeles oficiales, solo un arreglo amistoso). Insistí: "mis relaciones con el Obispo son asunto interno de la Iglesia; pero si las Autoridades del Estado no me entregan un comunicado oficial por escrito no me daré por enterado; además, sin ese documento, me veo en la imposibilidad de presentar ningún recurso". El Comisario me dirigió una mirada entre asesina y despectiva como diciendo: "tú lo has querido"; y dio la orden al jefe del SNIP de iniciar el expediente de expulsión. Con esto nos despedimos "amigablemente" dándonos la mano: lo cortés no quita lo valiente. Angelo llevó al torturado y sus acompañantes hasta Bakese y de allí siguió viaje a Legu y Wamba.
El lunes 26, fue un día de espera. Para no aburrirme ni desesperarme inicié el borrador de una carta al Procurador del Tribunal Supremo de Justicia de Kinshasa en respuesta a otra suya, dirigida al Procurador de Kisangani sobre los acontecimientos de Monzambe, en la que tergiversaba los hechos y citaba mi nombre. Alonso me preguntó si no disponía de "cierta carta"; no sabía explicarme concretamente de qué se trataba; le enseñé toda la documentación de que disponía pero no aparecía lo que él buscaba. Ya al atardecer se aclaró la cosa: Se trataba de una "declaración política" de los miembros del MPR de Wamba sobre mi persona y los acontecimientos de Babonde. ¡Vergonzoso! No se trataba de ninguna "declaración política" sino de un panfleto calumnioso e injurioso. Alguien consiguió un ejemplar fotocopiado. Me apresuré a leerlo y a hacer nuevas fotocopias. Mi pesadumbre y depresión aumentaron: estaba casi decidido a marcharme a España.
Pasaban los días y el 27, los PP. de la Consolata empezaron a dar señales de una cierta impaciencia por mi presencia sin solución aparente en su casa. El obispo se tenía que marchar al día siguiente a Kinshasa y no había dejado ninguna directiva. Decidí no ir a hablar con él: si quería decirme algo que tomara la iniciativa. El P. Ariel, superior regional, fue al obispado y al cabo de un rato el obispo se presentó en la Consolata. Hablamos un buen rato. Le dije que estaba desanimado y dispuesto a marcharme a España. En el panfleto antes citado también se metían con él. Me dio ánimos y me dijo que no me quedase en Isiro, que me fuera a Wamba. Por la tarde fui a las oficinas del SNIP. Aquí me dijeron que volviera el 28 para llenar unos formularios.
El miércoles 28, volví a las oficinas del SNIP. El jefe Ilemba me envió a su ayudante y éste me hizo llenar una serie de formularios y me pidió una serie de documentos: Fotocopia de pasaporte, fotocopia del visado, fotos mías, un certificado de misionero, una carpeta y también, (¡cómo no!), 445 FB. Tuve que correr al obispado para conseguir el certificado y dos veces a la procura para conseguir la carpeta y el dinero. El obispo, con una frase ambigua, me dijo que continuara los trabajos de Legu; no me dijo que volviera a Legu, sino que continuara los trabajos de Legu. En el SNIP me volvieron a dar nueva cita para el viernes. El borrador de la carta al Procurador quedó listo y se lo pasé a Ariel para que me lo escribiera en el ordenador.
El viernes 30 volví al SNIP. No sé si estaban de acuerdo en hacerme enfadar o fue coincidencia: Fui al ayudante y el ayudante me envió al jefe; el jefe me dijo que tenía que firmar unos papeles donde el ayudante; el ayudante me dijo que no sabía de que papeles se trataba; el ayudante fue donde el jefe y volvió para decirme que tenía que volver el próximo martes; le contesté que no, que volvería dentro de quince días; me insistió que tenía que volver el martes; le volví a decir que volvería dentro de quince días, que tenía mis obligaciones como sacerdote; enfadado me dijo: "D’abord c’est l’Etat"; yo pensé que "d’abord c’est Dieu" y que ya estaba bien de cachondeo, pero no le dije nada y me marché. Por la tarde cogí el coche y me volví a Legu. Jean Marie estaba impaciente por verme llegar.
La situación estaba tensa en Legu. El mismo día 31, sábado, había mercado y, con la excusa de comprar alguna cosa, me presenté allí para dejarme ver y saludar a la gente. Bodoma, el hermano del jefe, me iba siguiendo con la moto. "Veremos qué es lo que sucede", pensé.
El domingo 1º de septiembre, después de celebrar la misa en Legu fui a una reunión del Comité Justicia y Paz en Bakana. En el cruce de Beanaka había una gran celebración de los protestantes a la que asistían numerosos miembros de la familia del jefe. A la vuelta de Bakana, los protestantes habían terminado su celebración y toda la gente estaba sobre el camino; pude ver caras y gestos amenazantes a mi alrededor, pero "no me importa –me dije- no lograrán intimidarme". Paré el coche en medio de ellos y cogí a uno que me hacía autostop.
El martes, 3 de septiembre, fui a celebrar la Eucaristía a dos poblados, Baboa Esanga y Babuma. Cuando volvía de éste último me crucé con Bodoma que iba en su moto; sin duda que me seguía y controlaba todos mis movimientos. "Veremos a ver por donde revienta esto", pensé.
Alguien debió de informar al Comisario de mi presencia en Legu pues de nuevo éste me amenazó con enviar los gendarmes o la guardia civil a detenerme. Yo estaba dispuesto a esperarles pero ni el obispo ni Angelo querían complicaciones. Angelo me indicó por radio que lo mejor sería que me fuese a Wamba.
Pensando que podía ser mi adiós definitivo a Legu, el viernes 6 de septiembre, cogí algunas cosas más imprescindibles y me fui a Wamba. El mismo día, con Angelo, fuimos a Isiro. Éste me indicó que no le acompañase en la visita al Comisario, así que fue él solo. Resultó un trámite inútil pues el Comisario no estaba presente en su despacho. Angelo también me había ordenado que no me presentase al SNIP y que renunciase a tener un documento oficial con las sanciones del Comisario. "No comprendo este miedo a los papeles"… Pero se había empezado ya a oír rumores de guerra y la situación del país podía cambiar en poco tiempo; "tal vez sea mejor así; dejémoslo".
Por fin Angelo se entrevistó con el Comisario el domingo 8 de septiembre. No sé qué es lo que habrían tratado pues no me hizo ningún comentario y yo no le pregunté. Después de comer nos volvimos a Wamba. Al llegar allí me encontré con una agradable sorpresa: los sacerdotes zaireños de la diócesis habían escrito un "mensaje pastoral" en mi favor. Era de agradecer el apoyo y solidaridad que me manifestaban.
El miércoles 25 de septiembre fui de nuevo a Isiro, pero esta vez a esperar a Jerónimo que volvía de España. Tenía que llegar el avión a las tres y media de la tarde pero hubo una gran tormenta sobre Isiro y después de sobrevolar el aeropuerto el avión se volvió a Kisangni; hizo un nuevo intento a las siete y, afortunadamente para los viajeros y para quienes les esperábamos, esta vez aterrizó sin problemas. El retraso trastornó nuestros planes: queríamos volver ese mismo día a Wamba pero era ya demasiado tarde y tuvimos que quedarnos a pasar la noche en Isiro.
Al día siguiente, muy de mañana, salimos de Isiro y llegamos a Wamba sobre las nueve, justo a tiempo para comenzar la reunión que teníamos los agentes de pastoral con el obispo para tratar de la situación y el malestar que reinaba, sobre todo a partir de los acontecimientos de Monzambe y Babonde, pero también por los sucesos de la colectividad Malamba. Nos entregaron los nuevos destinos: Jerónimo de vicario a Bafwasende y yo de párroco a Nduye. No respetaron los planes de dejarnos en Legu hasta Pascua del año próximo para poder terminar algunos trabajos en marcha; ni siquiera a Jerónimo solo. Yo ya estaba prácticamente fuera de Legu y Jerónimo tendría que abandonarlo el 30 de noviembre. Alguno de los curas pidió al obispo que nos permitiera permanecer en Legu pero éste no accedió. Acabada la reunión nos volvimos a la Legu.
Esas fueron las decisiones, pero en octubre estalló la guerra civil en el Zaire y todo quedó en suspenso. Continuamos nuestro apostolado habitual y aceleramos alguna de las obras que teníamos en marcha. Logramos cubrir las capillas de Bagyamoni y Basakawa y la escuela de Monzambe.
Como estábamos en lo más álgido de la estación de las lluvias era impensable intentar llegar a Nduye. Así que inicié el traslado de mis cosas hasta Mungbere pensando que en enero podría llegar hasta mi destino. En uno de los viajes, en el camino de Maboma me crucé con alguno de los vehículos de militares que huían de Bunia y se dirigían a Isiro. Ya en la misión de Mungbere me encontré con el Comisario de Isiro que junto con el comandante y alguno de los generales de las FAZ acababa de llegar en helicóptero y aterrizar en el campo de fútbol de la misión. Venían para inspeccionar la evolución del frente. Todos estaban muy nerviosos y fingió no verme para no tener que oír algún comentario desagradable.
Jerónimo y yo abandonamos Legu definitivamente el 21 de diciembre del 96.

Coda

Como consecuencia de la guerra, Mobutu falleció en el destierro, en Marruecos. También falleció nuestro querido amigo el jefe Karume. Los Mai-Mai le hicieron una visita pero logró esconderse en la maleza: le saquearon la casa y pegaron fuego a algunas de sus cosas. No esperó un segundo aviso; salió huyendo e, "in extremis", cogió en Isiro el último avión para Kinshasa antes de que llegaran los libertadores. Allí falleció el pobre, lejos de su familia, de su casa y de sus súbditos; padecía de SIDA. Uno de sus hijos intentó recuperar el trono de su padre pero a los pocos días, ante el rechazo que le opuso toda la población, fue depuesto. Boondo, el Comisario de Isiro, después de sufrir el saqueo por sus propios soldados, tuvo que salir pitando. También el comandante Bale protagonizó una huida vergonzosa. Pude pues repetir con el profeta: "¿Quién pleiteará contra mí?... ¿Quién es mi rival? Que se acerque" (Is 50, 8).
En Nduye quedaban otros capítulos por vivir y escribir pero todo esto se puede leer en mi   Diario.

<<Mbote mondele! -  Libro en inglés, Zaire desde la colonización a epoca actual,, escrito por Dr. Beverly Enwall    www.rmsl.es/zaire