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CRÓNICA DE MI VIAJE A SANTO TOMÉ Y PRÍNCIPE

Por Julián Azcona

Nota introductoria:

En 2003 entré en contacto con el Señor Obispo de Santo Tomé y Príncipe y llegamos a un acuerdo para ir a trabajar a su diócesis durante unos años, en concreto a la parroquia de la isla de Príncipe. En el último momento otros acontecimientos interfirieron y el plan no se pudo realizar. Pero me quedaron las ganas de conocer, al menos de visita, el que hubiera podido ser mi campo de apostolado y tal vez mi paraíso ¿perdido?... Tres años más tarde he podido cumplir mis deseos. He aquí la crónica.

30.06.06 Viernes. Después de comer con mis sobrinos Txema y Margarita en un centro comercial próximo a Barajas, éstos me llevan al aeropuerto, a la terminal 2 más exactamente, donde opera la compañía TAP Air Portugal, con la que tengo contratado el viaje desde el 30 de octubre de 2005. Lo hice con tanto adelanto pues como sólo tiene un vuelo semanal es difícil conseguir las reservas para estas fechas si no lo haces con mucha antelación. El año pasado lo intenté en febrero y ya no había plazas disponibles. Entonces no sabía que hay otra compañía, Air Luxor, que también vuela a São Tomé desde Lisboa dos veces por semana.

Llevo poco peso en mis bagajes y los papeles en regla. A pesar de todo la empleada en el mostrador de facturación me pone pegas pues mi visado para Santo Tomé, según ella, está caducado (¡vaya por Dios, con la de vueltas que tuve que dar hasta conseguirlo!); es válido para un mes y ya hace mes y medio que lo obtuve… Le hago notar que la validez de un mes se refiere al tiempo de estancia en el país pero que normalmente estos visados son utilizables dentro de un plazo de tres meses a partir de la fecha de su obtención. Me da la tarjeta de embarque y me señala que esté atento pues la puerta indicada sobre el papel puede cambiar. No sucede así y, pasados los controles habituales, embarco para Lisboa.

El vuelo se inicia a las 18,05, dura una hora y cinco minutos, pero por la diferencia de horario llego a Lisboa a las 18,10. El de Santo Tomé está previsto para las 23,40 (eso debía de ser en el horario de invierno); luego en las pantallas aparecerá fijado a las 0,40 del sábado, una hora más tarde. De haberlo pensado mejor me hubiera dado una vuelta por Lisboa pues tengo casi siete largas horas de espera; me decido a pasar los controles y ejercitar la paciencia: lectura, rezos, paseos… Calor al principio, pero a medida que avanzan las horas se nota bastante fresco; estoy de manga corta y no tengo nada con que abrigarme. Sobre las once de la noche aparece un negro que se sienta a mi lado; sin duda que viene para coger el mismo vuelo que yo. Entablamos conversación en portugués-español: es un santomense que regresa a su país; es alto de estatura, su piel es negra como el ébano, pero los rasgos de su cara son totalmente los de la raza blanca. Se lo hago notar. Yo sabía por lecturas que la población de ese país es el resultado de un inextricable mestizaje judeo-bantú-portugués y tenía ante mis ojos el primer ejemplo patente. Me dice que él y los santomenses se consideran negros. De hecho, los nuevos viajeros que van llegando son en su mayoría morenos; ¡ya estoy de nuevo en ambiente africano!

Algo se mueve y se inician los trámites de embarque: Nos meten en un autobús que tarda en arrancar… Llegados al pie del avión nueva espera encerrados en el autobús; estoy a punto de sufrir una crisis de claustrofobia. El viento húmedo y frío de Lisboa nos azota en la pista. Al fin embarcamos.

01.07.06 Sábado. Llegamos A Santo Tomé a las seis de la mañana (las 8 en Madrid). Desde la pista, los edificios de la terminal se me aparecen pequeños y decrépitos; me recuerdan los del aeropuerto viejo de Entebbe. Unos pasos más y ya estoy de nuevo en África: Un cierto desorden a la africana era de esperar; controles rigurosos pero correctos: Carné de vacunas, pasaporte, visado. Las maletas tardan un buen rato en llegar. Miro por todas partes para ver si identifico a alguien que me espere o si aparece mi nombre en los cartelones de quienes esperan a otros viajeros, nada por el momento; tal vez al salir encuentre a alguien… Al fin recupero mi maleta; ahora toca el turno al control de aduanas: abro la maleta y llama la atención un paquete en el que había envuelto cuidadosamente dos botellas de vino; los aduaneros lo miran con interés y les digo lo que contiene; no ponen pegas y sin deshacerlo me dejan pasar. (En el bolso de mano llevaba otras dos botellas, éstas de brandy, pero no me lo hacen abrir). En el dintel de la puerta de salida veo a un europeo; nos miramos con cierta intensidad y él me reconoce: "¡Ah! ¿El Padre Julián?". ¡Menos mal! Se trata del P. Ricardo Meira, espiritano, portugués de Viana do Castelo, secretario del obispo. Previsoriamente yo había enviado unas fotos mías y esto ha facilitado las cosas.

La carretera hasta la ciudad discurre en su mayor parte por la orilla del mar. La temperatura a esta hora temprana es primaveral y el paisaje de ensueño. Cacaos, cocoteros, acacias, árboles del pan y de otras especies tropicales bordean la ruta; rosales, hibiscos y buganvillas adornan las parcelas. En pocos minutos llegamos al obispado donde me voy a alojar. Muy ufano, el P. Ricardo me enseña su huerto: Higueras con brevas maduras, papayas, aguacates, coles, lechugas y otras hortalizas… Me ofrece una breva, no muy dulce pues el clima es muy lluvioso. Hay también especies ornamentales como picos de loro y rosas de porcelana. En el desayuno no falta el café, las frutas tropicales y la mermelada casera de papaya; la leche es de importación, de Portugal.

El obispado está en el número 1 de la calle Padre Pinto da Rocha. Como el nombre resulta excesivamente largo, la gente se limita a llamarla "rua Padre". Su titular fue un sacerdote portugués, Martinho Pinto da Rocha, párroco durante muchos años de la vecina parroquia; fue muy apreciado en su tiempo y sigue siendo recordado con cariño por la gente. El obispado es un edificio rectangular, de dos plantas, la inferior dedicada a oficinas y servicios comunes y la superior a habitaciones, capilla y biblioteca. Desde la ventana de mi habitación contemplo la ciudad: Llama la atención en primer término la iglesia parroquial de "a Conceição", la Inmaculada Concepción; al fondo el zoco, el mercado popular al aire libre, ya muy concurrido de par de mañana; al fondo, un edificio de aspecto cochambroso que es un mercado llamado "Feira do Porto"; los numerosos taxis de color amarillo-verdoso, camionetas, motos… hacia la derecha está el edificio que fue Centro Diocesano, dedicado ahora provisionalmente a Seminario, cuya tapia está adornada con grafitos; al pie de mi ventana está el huerto y a continuación una pequeña parcela triangular en cuyo centro hay una capillita con una estatua de la Virgen (el Inmaculado Corazón de María).

Dedico la mañana a descansar del viaje. Por la tarde tenemos que ver el partido Portugal-Inglaterra, que ganan nuestros vecinos en la serie de penaltis; los gritos de la gente del vecindario llegan hasta nosotros jaleando "¡Portugal, Portugal, Portugal!" cada vez que marcan los lusitanos o cada vez que su portero detiene un balón: "Se sienten portugueses" me comenta el P. Ricardo. Al final celebran la victoria haciendo sonar todas las bocinas de los coches de los alrededores. Dada la complejidad de la población, los nativos no tienen tradiciones ancestrales de ninguna tribu concreta, no ha surgido todavía el sentimiento nacional santomense, y por ello no tienen otro referente de identificación que Portugal; "todos los habitantes se irían a Portugal si pudieran," me comenta hablando sobre la emigración. ¡Pero si más de 50.000 santomenses viven ya emigrados en Portugal, Angola y Gabón!

Intento contactar por teléfono con los amigos de Pepiño (mi antiguo compañero del Congo, que ha estado en dos ocasiones en las islas al servicio de la Cruz Roja). Los números no cuadran pues solo tienen cinco cifras y otros números de que dispongo son de seis… Al final se aclara la cosa: Hace unos meses añadieron una cifra, el 2, a la izquierda. Consigo hablar con Nora Rizzo, arquitecto, de nacionalidad argentina, para quien traigo un kilo de yerba mate; debe de estar muy ocupada pues me da largas para venir a recoger su mate. Los demás teléfonos no responden. También consigo enviar un mensaje electrónico a mis familiares y de paso echar un vistazo a mi correo.

Me comenta el P. Ricardo que el país ronda los 150.000 habitantes (en la estadística publicada en la revista Mundo Negro, en el nº 506-507 de abril-mayo de este año, figuran 191.158 habitantes), y que los nativos son poco trabajadores; por el contrario, los caboverdianos residentes (que gozan de doble nacionalidad) son mucho más dinámicos y emprendedores. Le comento mi interés por el parque Obo pero me desanima: "es poco menos que inaccesible por falta de carreteras". El objetivo del parque es la conservación de la naturaleza, en particular de las especies endémicas; sobre el mapa ocupa unos 300 km², casi un tercio del total del país, pero todavía está en mantillas.

Encuentro el barrio muy ruidoso. El mercado vecino ha estado todo el día muy animado; las voces de la gente y el zumbido de los motores se cuelan por mi ventana y por los huecos de aeración del edificio; ha habido peleas entre jóvenes que corrían persiguiéndose por las calles que bordean nuestra casa; los vecinos de la parcela contigua tienen un gramófono a todo volumen (por un momento he pensado que se trataba de una taberna y me he acordado de alguna de las noches de Kinshasa o Isiro en que resultaba difícil conciliar el sueño). Todo se ha calmado durante el partido de fútbol excepto los gritos al compás de los goles. Al amanecer serán los gallos los que me desvelen.

En el momento de la cena aparece D. Manuel Cristobau, sacerdote secular de la diócesis de Coimbra, que lleva aquí cinco meses. Se ha adaptado rápidamente y muy bien. ¡Claro!, tiene experiencia misionera (estuvo algunos años en Mozambique), y además no tiene el problema de la lengua… Habla también perfectamente el español y el francés. Se me había olvidado ya que en las misiones de África solo se cocina una vez al día y que la cena consiste en comer los restos del medio día, recalentados si hace falta. La ventaja aquí es que disponen de electricidad y horno microondas.

Después de cenar vemos el partido Brasil-Francia. Los franceses juegan mejor y ganan con justicia.

Me vengo a acostar a las nueve de la noche, pero a las tres y media de la madrugada ya estoy despierto y sin sueño. Gracias a Dios, en la habitación no hay mosquitos y, en efecto, empiezo a oír cantar a los gallos… queda poco tiempo para levantarse.

02.07.06 Domingo. Ayer programé el despertador para la 5,30 a pesar de que en el horario de la casa, pegado en la puerta de mi habitación, figura el comienzo de los rezos comunitarios a las 5,15. Cuando bajo a desayunar a las 6,30 encuentro ya sentados a la mesa a los dos sacerdotes, el P. Ricardo y D. Manuel. El primero celebra la Eucaristía en la iglesia del hospital, a las seis de la mañana los días de diario, y dos horas más tarde los domingos. D. Manuel visita cada domingo dos de las cinco parroquias de la isla que carecen de sacerdote. Hoy le acompañaré yo en su visita pastoral.

Salimos a las siete de la mañana y, después de atravesar la ciudad, tomamos la carretera que por la costa este de la isla se dirige hacia el Sur. A los tres o cuatro kilómetros encontramos todo un bosque de antenas de radio: Se trata de las instalaciones de "La Voz de América" que desde aquí emite para todos los países de la costa atlántica del Continente Africano. Los yanquis no tuvieron inconveniente en instalar aquí su emisora, a pesar de la ideología marxista inicial de los dirigentes del país: Les resulta fácil controlar un país pequeño y pobre y ofrece más garantías de estabilidad.

La carretera está en bastante buen estado aunque hay algunos baches: "Unas veces hay que evitar los baches y otras hay que escoger los baches" me dice D. Manuel con humor. Acostumbrado yo a las pistas impracticables del Congo, esto me parece una maravilla.

En poco más de media hora llegamos a un poblado de pescadores que se llama Ribeira Afonso. La playa es pedregosa, de negros cantos rodados, y está cubierta de canoas y artes de pesca. "Son 99 canoas pero cada uno de sus propietarios es patrón y anda a su aire. No hay forma de crear una cooperativa. No tienen sentido asociativo los santomenses; hay muchas empresas en este país pero son unipersonales", me dice mi compañero. Y ¿qué hacen con el pescado? ¿Lo venden en la ciudad? "Oh, no: carecen de medios para conservarlo y solo lo emplean para el consumo local". El templo parroquial está al borde de la playa. Durante toda la misa seremos acunados por el murmullo que las olas producen al romperse. Nos acoge una religiosa canosiana portuguesa, responsable de la parroquia; no vive en el poblado sino en la ciudad, en la casa que su congregación tiene en Santo Tomé. Creo que son cuatro religiosas de comunidad y atienden dos o tres parroquias sin sacerdote. Al presentarme como español ella se apresura a decirme que estuvo unos años en Pamplona; pero su castellano no es muy fluido.

La parroquia tiene por titular a "San Isidoro Cultivador"… ¿Será San Isidoro de Sevilla? Pregunto, al ver la estatua de un santo obispo presidiendo la iglesia. "No, no, San Isidoro Cultivador". ¿No será tal vez San Isidro Labrador, el santo Patrón de Madrid?... Ni se aclara D. Manuel ni me saca de dudas.

Va llegando la gente y se va llenando el templo. Son negros, pero algunos tienen la piel clara, incluso muy clara, y rasgos europeos; son "Forros". Forros, es el nombre que se ha dado a la población mestiza del país, mezcla de portugueses, judíos castellanos y africanos traídos de las costas del golfo de Guinea, de Angola y de Mozambique. Las islas fueron descubiertas por los navegantes portugueses en 1471 y parece ser que estaban desiertas. Su poblamiento no comenzó hasta 1485, cuando el rey de Portugal D. Juan II regaló la isla de S. Tomé al hidalgo D. Juan de Paiva; o más probablemente, en 1491, cuando Álvaro de Caminha se trajo de Lisboa a un buen número de artesanos y proscritos y a unos dos mil niños, hijos de judíos castellanos, que habían sido bautizados antes de embarcar. No concelebro en el altar sino que me siento en uno de los últimos bancos. La misa se oficia en portugués pero algunos cantos son en una lengua africana. Aguzo el oído para ver si identifico alguna palabra, pero no, no entiendo nada.

Sin entretenernos después de la misa continuamos nuestro viaje hacia el Sur. Nos desviamos unos centenares de metros para visitar una "roça". Las pistas están empedradas con losas de basalto negro, cual si fueran calzadas romanas; lo mismo que aquellas, se construyeron con esclavos; de hecho, las carreteras existentes no son otra cosa que antiguos caminos empedrados cubiertos posteriormente con una capa de asfalto. Las "roças" son las grandes explotaciones agrícolas en que se distribuyó el territorio del país al introducirse en el siglo XIX el cultivo del café y del cacao. Eran en total 29 y copaban el 80% de la tierra. Fueron nacionalizadas (y prácticamente abandonadas) en 1975. En la que estamos visitando aparece la vivienda del colono (todavía en buen estado pero con signos de abandono) en lo alto de una colina; parece una reina venida a menos; al pie de la casa hay unas buganvillas ornamentales con flores rosas y amarillas. "La población actual intenta olvidar el pasado que le trae malos recuerdos y por eso deja en el abandono las viviendas e instalaciones del tiempo colonial". Desde lo alto se domina el panorama: La antigua plantación con los cacaos y los árboles de cobertura, las instalaciones para el tratamiento del cacao, las viviendas de los empleados; más lejos se aprecia la selva ecuatorial; y al fondo los picachos de la cordillera santomense velados por la bruma… ¡Maravilloso! "Si nos alimentara el paisaje estaríamos todos muy lustrosos", me comenta D. Manuel.

Siguiendo la carretera hacia el Sur, llegamos a "Santa Cruz dos Angolares", otro poblado de pescadores, que quieren festejar, aunque sea con unos días de retraso, al Apóstol San Pedro como su patrón y protector.

Los "Angolares" (¡ojo! no confundir con "angolanos") forman un grupo humano particular. Su origen no está muy claro; pero, según cuentan, un barco negrero, cargado de esclavos originarios de Angola, naufragó frente a la costa sur-oriental de la isla de S. Tomé y los supervivientes, que habían conseguido llegar a tierra a nado, se establecieron en esos parajes y llegaron a formar un pequeño reino. Al escasear las mujeres tuvieron que hacer incursiones hacia el Norte para raptar algunas y así perpetuar el grupo. Durante más de dos siglos fueron independientes de los colonos portugueses. Esto les permitió conservar su lengua, su cultura y ciertas tradiciones propias.

La iglesia y el poblado no están, en este caso, al borde del mar sino en lo alto de una escarpadura. Hay un convento y en él una comunidad de religiosas Teresianas angolanas ("de San Enrique de Ossó", me dice una de ellas). Como no hay sacerdote residente, ellas son quienes se ocupan de la parroquia además de la guardería y otros servicios sociales. En lo alto de la fachada de la iglesia hay un pequeño rosetón en forma de cruz; y una cruz de madera preside el templo parroquial. Junto al altar, sobre una mesa, hay preparadas unas angarillas, en las que han colocado una pequeña estatua del Apóstol Pedro, sin duda para llevarla en procesión; en la mano derecha lleva un libro pero le faltan las llaves características… ¡ah! es que le falta también la mano izquierda. No importa.

Preside la misa D. Manuel y yo concelebro; no falta el grupo de músicos con sus instrumentos de percusión ni el de la coral; los cantos en portugués pero también alguno en su lengua propia. Las mujeres mayores se tocan con un pañuelo; las jóvenes y jovencitas visten a la "europea" pero del modo más variopinto e informal: faldas a distinta altura, pantalones, incluso vaqueros… Echo de menos la dignidad estética y el porte de las mujeres zaireñas, envueltas en sus paños de la cintura a los pies. Al final de la misa me presenta D. Manuel y saludo a la asamblea en "portuñol"; son muy comprensivos y benévolos con los extranjeros; en esto se parecen a los zaireños.

Se inicia la procesión por la calle principal del poblado. Yo me he despojado de los ornamentos en la sacristía y participo como curioso y reportero gráfico. Por un camino empinado descendemos por el acantilado hacia el mar. El espectáculo es impresionante: Una espléndida ensenada con una amplia playa semicircular de fina arena volcánica bordeada por cocoteros y otros árboles; algunos niños y jóvenes juegan en la arena: Es la ensenada de "São João dos Angolares". Gracias a Dios que las multinacionales del turismo no la han descubierto todavía. En ella desemboca un pequeño río, el "São João"; pero en estos meses de estación seca (de junio a septiembre) las dunas le cierran el paso, el río se estanca y forma una laguna al otro lado de la playa. Hay un viejo edificio en ruinas y los restos de un muelle: sin duda que se utilizaron para almacenar el cacao (¿o, tal vez, la caña de azúcar?) y cargarlo en los barcos; eran otros tiempos. Recorremos toda la playa con el Santo y, en un punto dado, una barca se acerca hasta tocar fondo; nos invitan a embarcar: La procesión va a continuar por el mar; D. Manuel se descalza y entra en la barca; yo dudo unos instantes pero me animan con gestos y hago lo mismo; estamos literalmente "en la barca de Pedro". El sacerdote, provisto de acetre e hisopo rústicos va bendiciendo las aguas del océano para que sean benignas y generosas con los pescadores. Unas cuantas canoas, adornadas con cintas de colores, nos hacen escolta…

Luego de desembarcar y colocada la estatua del santo en un cobertizo para protegerlo de una tenue llovizna, comienza la parte lúdica de la fiesta: Unas bonitas danzas. El rostro y el tipo del bailarín principal me hacen pensar en los "batutsi"; y las varas que llevan en las manos disimulan mal las lanzas ancestrales. Los comparsas se adornan con paños en la cabeza y delantales, pero colocados en la espalda. Una máscara asusta y mantiene a raya la gente menuda para que no vayan reduciendo el espacio escénico. He quedado encantado y me he sentido estremecer por los recuerdos aún vivos del pasado

No podía faltar el banquete con viandas abundantes y suculentas: Arroz, alubias, pescado, bananas… Por primera vez como del fruto del árbol del pan –"fruta-pão"-: parece asado en las brasas; se cogen trocitos de su blanca pulpa carnosa y se mojan en una salsa: no está mal. A los dos sacerdotes nos ofrecen como bebida cerveza y vino de importación, pero me fijo que ellos beben el vino de palma; con mi vaso vacío me acerco al que lo escancia y me llena el vaso; los rostros de los presentes se sorprenden e iluminan de alegría por mi gesto de complicidad y solidaridad con su cultura.

Tenemos que regresar a S. Tomé. También las religiosas nos han preparado de comer pero no podemos aceptar la invitación; así que nos despedimos. Cuando llevamos recorridos unos quince kilómetros, en un poblado nos hacen señas para que nos detengamos: alguien se ha caído de una palmera y solicitan nuestra ayuda para llevarlo al hospital; parece que se ha fracturado un brazo. Cargamos con el herido en el coche y desandamos el camino hasta São João dos Angolares. No lejos de Ribeira Afonso, el chofer se desvía de la carretera y por una pista llegamos hasta el mar; quiere que vea Pedra Furada (Piedra Horadada), también llamada popularmente "o pozo do inferno" (el pozo del infierno): un acantilado en el que la erosión ha escavado un canal y un corto túnel; el agua se introduce por esa vía y salta hacia arriba con fuerza por un orificio en la misma roca, haciendo juegos caprichosos al ritmo de las olas. Vale la pena quedarse unos minutos contemplando el espectáculo; a mí me recuerda algo parecido que vi en Tasmania. Consigo una bonita instantánea del surtidor.

Por la carretera hemos encontrado a unos peones camineros que, a pesar de ser domingo, están taponando los baches, pero únicamente con tierra. Ya en las calles de la ciudad otros obreros hacen lo mismo, pero esta vez con gravilla y brea; se acerca la fiesta de la Independencia y sólo faltan cuatro semanas para las elecciones presidenciales: se tiene que notar que el Gobierno hace algo. Antes de llegar, pasamos por delante de la casa del que fue primer presidente del país, Manuel Pinto da Costa: "Todos corruptos", me comenta inmisericorde mi compañero refiriéndose a los políticos santomenses; "No evitan los errores de sus homólogos africanos ni escarmientan en cabeza ajena", le digo yo; "sólo han aprendido lo malo", concluye él.

Por fin estamos de vuelta en casa. Tengo los zapatos y calcetines llenos de la fina arena de la playa. Los amigos de Pepiño a quienes telefoneé ayer no han dado señales de vida.

Antes de cenar, rezamos el "terço", el rosario, paseando por el patio de la casa; les comento que, desde que se añadieron los misterios luminosos, rezar cinco de ellos ya no es un tercio sino un cuarto…

03.07.06 Lunes. Hoy se celebra en toda la Iglesia la fiesta de Santo Tomás Apóstol, pero aquí la siguen celebrando en la fecha en la que se celebraba antiguamente, es decir, el 21 de diciembre. Parece ser que un día como ese de 1471 descubrieron los portugueses la isla, a la que bautizaron con el nombre del apóstol: "São Tomé". Los topónimos con ese nombre son abundantes: El país, la isla, la capital, la diócesis, la montaña más alta que alcanza 2024 m., y creo que también algún río.

He llamado a la Cruz Roja pues traía un encargo para su presidente, D. Paulo Rosario das Neves, de la parte de Pepiño; el interesado no se encuentra en las oficinas pues acaba de volver de Portugal, convaleciente de una operación quirúrgica. Pero a los pocos minutos se me ha presentado un joven que dice llamarse Florentino. Intento entablar conversación con él pero, una vez recogidas las botellas de vino, tiene prisa en marcharse…

La ciudad de São Tomé se encuentra en la costa noreste de la isla, en la llanura que bordea la amplia bahía de Ana de Chaves. Fue fundada por Álvaro de Caminha en 1493. Los dos tercios de la población del país se concentran en la capital y sus alrededores. Un largo paseo recorre toda la costa de la bahía. Es fácil moverse por la ciudad, incluso para un turista novato; así que me decido a visitarla. En el centro, frente a la bahía, hay una gran plaza y en ella se yerguen la catedral y el palacio presidencial. El edificio del palacio está muy bien cuidado, todo pintado de color rosa pálido; la fachada del cuerpo principal es neoclásica, con balconada y frontón incluidos; hacia la derecha se extiende una galería con arcos de medio punto; una cerca con rejas rodea toda la parcela y dos centinelas armados hacen guardia en la puerta de entrada. Antes de la independencia el edificio acogía todos los departamentos de la Administración Colonial; ahora es exclusivamente la residencia del Presidente de la República.

La catedral se llamó inicialmente del "Ave María", pero cuando se creó la diócesis, en 1534, fue dedicada a Nuestra Señora de Gracia. De estilo un tanto ecléctico, en la fachada, austera pero armoniosa, se aprecia una portada con arquivoltas que de lejos recuerda las portadas románicas; sobre ella, una teoría de ventanas estrechas en grupos pareados excepto el central que tiene tres; y sobre éstas, un frontón ligeramente truncado en los extremos con un rosetón en el centro. A los lados, adosadas a la fachada, dos torres gemelas de cuatro cuerpos con ventanas y vanos en arco de medio punto (como las de la fachada), cubiertas con sendas agujas que recuerdan el gótico. Esta fachada se terminó de construir en 1865, remplazando a la precedente que era de madera. Sólo algunos elementos de los muros son de piedra; el resto de las paredes es de mampostería; por eso están enlucidas y pintadas en color crema que acusa ya en algunos puntos el efecto de las lluvias y el paso del tiempo. Ahora la están repristinando pues dentro de poco (el próximo 6 de agosto) tendrá lugar una solemne ceremonia de ordenación sacerdotal. El espacio interior está formado por tres naves; la central de mayores dimensiones, el techo en bóveda de cañón que se alarga hasta el presbiterio; tiene un pequeño crucero pero no hay cúpula. En la pared que sirve de retablo, se aprecia una hornacina central con una pintura al fresco que representa la Anunciación y a los lados sendas imágenes de la Virgen y del apóstol Santo Tomás; sobre el conjunto, hasta la bóveda, hay un fresco en azul representando la Trinidad. Bajo la torre de la izquierda está el baptisterio con una magnífica pila bautismal en mármol; pero provisionalmente sirve de trastero. Bajo la torre de la derecha está la escalera que sirve de acceso al coro y a las propias torres. El párroco, un Padre Claretiano, portugués, está hablando con un feligrés; me acerco a saludarle y me presento, me invita a ir un día a su convento y comer con su comunidad; le digo que tal vez la semana que viene, después de visitar Príncipe.

Siguiendo mi paseo, en otra plaza contigua a la anterior, entro en un comercio, propiedad de un portugués, pues necesito moneda local por si surgen pequeños gastos; entrego 50 € y casi me convierto en millonario: a cambio me dan 800.000 Dobras, en billetes de 50.000 (1€ = 16.000 Dobras). Se ve que también en este país se abusa de la maquinita de fabricar billetes, y así resulta que la inflación es galopante; la información que yo traía de España era que 1 € equivalía a 8.502 Dobras.

Un viejo mulle se adentra unos setenta metros en las aguas de la bahía, y tal vez desde allí se obtenga una buena perspectiva de la ciudad. Tengo que girar la vista rápidamente hacia otro lado pues un hombre, sin ningún recato, está haciendo sus necesidades a pocos metros… Voy hasta el final del muelle: hay unas viejas vías que sirvieron para que, hace algunos años, las vagonetas cargadas llegaran hasta los barcos. Por el sur está el puerto; por el norte se aprecia la colina del hospital y un poco más a la derecha, como surgiendo del mar, se ven dos colinas gemelas: se trata del "Ilheu das Cabras" (Islote de las Cabras), así llamado porque servía de corral natural a un buen rebaño de estos animales; por el oeste, todos los edificios que dan a la bahía.

Casi sin darme cuenta es ya mediodía. Me apresuro a volver rápidamente al obispado pues aquí se come a las 12,30 y no quiero que por mi causa se altere el buen orden conventual.

Tengo que adquirir el billete de avión para viajar a Príncipe. Así que, por la tarde, salgo de nuevo. Las oficinas, también frente a la bahía, están todavía cerradas. Aprovecho para continuar mi paseo por la ciudad. Sin pretenderlo me topo con los locales de la Cruz Roja que están cerca del puerto. Me decido a entrar y me acoge el Sr. Pontes, un médico nativo que ha estudiado en Bélgica, en el Instituto de Medicina Tropical de Amberes. Empezamos hablando en español pero pronto pasamos al francés. Me informa que el Sr. Paulo Neves acaba de regresar de Portugal donde se ha operado de una hernia discal; por eso no se ha incorporado todavía al trabajo.

Vuelvo a las oficinas de la agencia de viajes: esta vez ya está abierta, aunque tengo que pasar por la puerta de servicio, pues la empleada no encuentra la llave de la principal. Con mucha calma y múltiples interrupciones me va preparando el billete: son 154 $. Presento un billete de 100 y dos de 50; ella hace un gesto expresivo de impotencia como diciendo "¿Y qué hago yo?" Comprendo que no tiene cambios; retiro uno de los de cincuenta; el pico de 4 $ lo tendré que pagar en moneda local: son 52.000 Dobras; entrego dos billetes de 50.000 y tampoco tiene cambios… ¡Ay! Esto es África. Examina cuidadosamente los dólares en una maquinita: son buenos. Entre tanto llega otra empleada y remplaza a la primera: debe de ser la encargada de este trabajo; vuelta a empezar y tampoco se da mucha prisa: nuevos clientes que entran, el móvil que suena dos o tres veces…; y, al final, me entrega el ticket y me devuelve uno de los billetes diciendo que mañana le traiga las 2.000 D. (0,15 €) que faltan.

Entro en una papelería próxima para comprar dos cuadernos (pienso que aquí me darán cambios): Son 20.000 Dobras. Pago con un billete de 50.000 y me devuelven tres de 10.000; sigo sin tener las 2.000 que necesito para saldar mi deuda. ¡Bueno! "tant pis", que diría un francés.

Es impresionantes la cantidad de taxis que hay aparcados en la zona norte de la ciudad, en torno al mercado. Los hay de dos tamaños: Unos son turismos convencionales y otros son furgonetas de 8 plazas; "Son de 8 pero suelen meterse hasta 50 viajeros" me comenta ya en casa D. Manuel; vienen de par de mañana al mercado trayendo clientes y mercancías, se instalan en las proximidades, y a las seis de la tarde recogen mercancías y clientes y se vuelven a sus casas. "Los coches son todos de 2ª, 3ª o 4ª mano… traídos de Europa (de Portugal principalmente); los compran allí, se vienen con ellos "et voila", aquí son propietarios de un vehículo con el que hacer negocio de transportistas".

El edificio del mercado central es vetusto (hay otro nuevo, construido hace ya más de dos años, pero todavía no lo han inaugurado). Los puestos son variopintos con toda clase de productos agrícolas: legumbres, tubérculos, verduras y frutas; también algo de pescado. Sin solución de continuidad, los puestos de la nave continúan por el vestíbulo, y luego por las calles y plazas adyacentes, ocupando todos los espacios disponibles, hasta la plaza que hay entre la la iglesia de la Inmaculada y el mercado "Feira do Porto"; pero al exterior predominan los productos manufacturados: quincallería, ropa y calzado, arroz, aceite, cebollas, sal y bebidas… todo de importación.

Sobre las cinco de la tarde viene a verme Laura. Es una chica madrileña, de Alcalá de Henares, que vino a Sao Tomé como cooperante de una ONG para un proyecto de cultivo y comercialización de la pimienta; "El proyecto se ha ido al cuerno", me comenta. Aquí conoció a Nacho, otro cooperante español en el mismo proyecto, y se unieron formando pareja; tienen un niño que quieren enviar a España, con los abuelos maternos. Ahora ella trabaja para la Cruz Roja y él tiene un pequeño negocio de submarinismo, pero no va muy boyante pues los turistas son escasos. Laura me habla con entusiasmo de Pepiño, de lo bien que la trató y lo que les ayudó: "Estaba bastante desanimada pero fue gracias a él que decidí continuar y quedarme; nos reparaba los coches, los ordenadores, todo lo que no funcionaba o dejaba de funcionar, él lo volvía a poner en marcha". Quedo con ella en acompañarle mañana a visitar uno de los proyectos que está realizando. Recoge muy contenta el queso que les he traído y nos despedimos.

Durante la cena, el P. Ricardo me da la noticia del accidente del metro en Valencia: "Hay bastantes muertos y se desconocen las causas del accidente"… Con esta pesadumbre nos retiramos a descansar a las 20,30.

04.07.06 Martes. A las 7 y media me llama Laura por teléfono: Que me preparé, que vendrá a buscarme sobre las 9. Le espero a la puerta para no perder tiempo y, en efecto, aparece puntual. En la ciudad continúan parcheando las calles y esto nos obliga a dar un rodeo; pasamos por delante del Estadio Nacional y el Palacio de Exposiciones. Nos dirigimos hacia el Sur, por la misma carretera que tomamos el domingo, pero pronto doblamos hacia el Suroeste, por la carretera de Ubabudo; se acaba el asfalto y entramos en un camino de tierra batida; esto ya se parece más al Congo… Atravesamos algunas plantaciones de cacao abandonadas; en una cantera están extrayendo piedras; un puente sobre un río (que debe de ser el Manuel Jorge) desde el que se distingue una central hidroeléctrica.

Llegamos a una antigua roça: La casa del colono está abandonada y acusa el paso del tiempo; un pequeño pabellón sirve de guardería, pero los niños están de vacaciones; veo ropa tendida, colgada en cuerdas pero también por el suelo; hay basura por todas partes, plásticos, botellas, latas… los inconvenientes de la civilización occidental sin sus ventajas; los edificios de la antigua fábrica están compartimentados y ocupados como viviendas por los antiguos obreros, pero ofrecen un aspecto deplorable y ruinoso, tanto que algunos habitantes prefieren construirse sus propias viviendas al estilo tradicional: casas de madera sobre estacas, tipo palafito, pero en tierra. La labor de la Cruz Roja consiste en sanear el lugar de forma que cada vivienda tenga su propia letrina y el poblado disponga de un punto de agua y un lavadero público. Los habitantes tienen que cavar la fosa séptica y la Organización les proporciona las planchas de hojalata y la mano de obra para construir las cabinas. Laura supervisa los trabajos: "Es indispensable que todas las viviendas tengan su letrina pues si quedan algunas sin ella el trabajo es inútil: continúa la contaminación fecal de todo el pablado". Es que los santomenses están mal acostumbrados: hacen sus necesidades donde les viene en gana, sin ningún cuidado ni recato. ¿Les habrá quedado esto en el inconsciente colectivo, de cuando sus antepasados viajaron encadenados en las bodegas de los barcos negreros? No es difícil imaginárselo pensando en cómo se las tienen que arreglar para estos menesteres los que viajan en la actualidad durante varios días en cayucos o pateras.

En el camino de vuelta, el chofer se detiene en un punto determinado: quiere mostrarnos una "bomba ariete", un ingenio que aprovecha la fuerza de caída del agua para elevar una parte de ella a mayor altura. Ésta en concreto servía para bombear agua a las instalaciones de una roça; dejó de funcionar cuando la nacionalización… Ya en el coche, el chofer nos cuenta que ayer tres encapuchados asaltaron la casa de una portuguesa, madre de dos niños, que la maltrataron y violaron en presencia de los hijos; el más pequeño dormía, afortunadamente para él, y no sufrió el trauma del espectáculo; el mayor pudo ver la cara de alguno de los asaltantes y tal vez pueda identificarlo. Me he acordado de la advertencia que hace el gobierno francés en su página Web a quienes deseen visitar este país: "Por otro lado, se recuerda que ninguna región ni ningún país del mundo no pueden considerarse al abrigo del peligro del terrorismo".

Como todavía hay tiempo, me apeo en la ciudad y entro en el mercado central; no quiero llamar mucho la atención con mi cámara de fotos pues pienso que tal vez no les guste, pero no es el caso: varias personas me piden que les fotografíe, y algunas mamás me presentan sus niños. En la plaza contigua veo a unos muchachos jugando al futbolín; me dispongo a sacarles una foto, cuando un hombre joven, de paisano, me aborda hablando en francés: "Je m’appelle police" (me llamo policía) ¿habré oído bien? "Et qu’est-ce qui se passe?" (Y ¿qué sucede?), le contesto; pero su francés no debe dar para más. Ante mi mirada interrogativa saca un documento con su foto: es su carné de policía de seguridad. ¡Vaya por Dios! ¿Qué querrá? (en el Congo, algo así significaría "matata", problemas). Me pongo en guardia pero aparento no inmutarme… y sin más explicaciones me deja en paz y se va. Así puedo continuar mi ronda.

Me llama la atención un mural de estilo "naif" que hay en lo alto del muro lateral de un edificio que pertenece a una compañía de seguros. Paseando entre los puestos del zoco llego hasta la puerta de la iglesia de la Inmaculada; la fachada es muy sencilla, pentagonal, con una portada con arquivoltas tipo románico; tres azulejos decoran la fachada: el del centro representa a la Inmaculada de Murillo; sobre este azulejo hay un rosetón con una vidriera; la torre, adosada en la parte izquierda, también tiene cuatro cuerpos, como las de la catedral; los muros están pintados de marrón y la portada y los lados de blanco. El conjunto resulta agradable. En el interior hay una sola nave con el techo ligeramente abovedado; el retablo es barroco un tanto extraño, con azulejos en la parte inferior, una hornacina central con la estatua de la Inmaculada y dos hornacinas laterales más pequeñas con las estatuas de la Virgen del Rosario y la de San Andrés: también hay dos altares laterales con las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de Fátima.

Vuelvo a casa, a tiempo para la comida. Durante la misma, el P. Ricardo me pone al corriente de las noticias: los muertos en el metro en Valencia son 42 y muchos heridos; a los funerales han asistido los reyes y el presidente del gobierno Rodríguez Zapatero.

Esta es la segunda tarde que estamos sin fluido eléctrico (la primera fue el domingo), así que nos quedamos sin ver el partido Italia-Alemania.

05.07.06 Miércoles. Me he dado cuenta de que, excepto el domingo, D. Manuel no está presente a la hora del desayuno. Pregunto por él al P. Ricardo. "Es que está en la radio", me dice, "tiene todos los días a esta hora una charla remplazando al Sr. Obispo". "¿Y en qué radio?", le pregunto; "En la radio diocesana". "¡Ah! ¿La diócesis dispone de una emisora de radio?"; "Así es", concluye él. Continuamos nuestro desayuno y pienso que me gustaría conocer un poco más sobre este asunto y a ser posible visitar las instalaciones.

Aprovecho la comida para hacer una pequeña entrevista a D. Manuel:

Julián: He oído que la diócesis tiene una emisora en funcionamiento…

D. Manuel: Así es, en efecto.

J. Y ¿cómo se llama?

D. M. Se llama "Radio Jubilar".

J. Lo de "Jubilar", ¿es por lo del año 2000?

D. M. No, es posterior; lleva sólo unos meses emitiendo".

J. ¿Desde cuándo funciona?

D. M. Desde el año pasado: lleva funcionando un año y medio aproximadamente.

J. ¿En qué frecuencia emite?

D. M. Emite en 91.9 FM.

J. ¿Cubre todo el territorio de la diócesis?

D. M. ¡Oh, no! Solamente la ciudad de São Tomé y sus alrededores.

J. ¿No tienen previsto extender su radio de alcance?

D. M. Sí; hay un repetidor en la montaña pero falta una pieza que tiene que venir de Italia. Cuando funcione el repetidor podremos alcanzar toda la isla de S. Tomé, la de Príncipe e incluso las costas del Continente.

J. ¿Qué horario de emisión tiene?

D. M. Emite las 24 horas del día.

J. ¿Cuales son los programas principales?

D. M. Todos los días (excepto el domingo) de 7 a 8 y de 18 a 19 se emite "La voz del Pastor", son charlas del Sr. Obispo. Ahora que D. Abilio está ausente yo le sustituyo. Emite el Angelus y el Rosario y los domingos la Misa de 11,30 a 12,30. Emite también algún noticiario sobre la Iglesia, anuncios etc. poca cosa; la mayor parte del tiempo emite música

J. ¿No tiene programas de información general, educativos, sobre higiene o desarrollo?

D. M. No; no tiene nada de eso. No dispone de conexión con ninguna agencia de noticias.

J. Entre el personal de la emisora ¿tienen contratado algún profesional?

D. M. Los empleados no son profesionales, se trata únicamente de jóvenes aficionados.

J. ¿Quién financia el funcionamiento de la emisora?

D. M. Se financia un poco con los anuncios; el resto lo pone la diócesis.

J. ¿No han recibido ayuda de algún organismo de la Iglesia, como Missio, por ejemplo?

D. M. No, no hemos recibido ninguna ayuda. Y nos ha costado caro instalarla. Sólo la licencia nos ha costado 60.000 €.

J. Mucho dinero, me parece…

D. M. Sí, es mucho dinero. En Portugal una licencia semejante cuesta sólo 4.500 €. Los gobernantes de este país gastan mucho en viajes…

J. Pues sí, la verdad. ¡Bueno! Mucha suerte y larga vida a Radio Jubilar.

D. M Obrigado!

(Nota bene: Radio Jubilar dispone de correo electrónico: Modelo@cstome.net)

Hoy me quedo casi todo el día en casa. En la biblioteca descubro algún libro interesante para conocer la historia de este país y la de la Iglesia: Una "Enciclopédia Geográfica. Selecções de Reader’s Digest. 1988 Lisboa". Busco la entrada "São Tomé e Príncipe", y me informa que "este país es el segundo más pequeño de África, en el que el cacao es vital para la economía de la nación". Leo con interés. También doy con otro libro: "Encontro de Culturas. Oito séculos de missionação portuguesa. Julho a Dezembro de 1994, Mosteiro de S. Vicente de Fora"; el capítulo X está dedicado a "A Missionação Portuguesa en S. Tomé", y cuyo autor es el "P. António Ambrósio, C.M.F. Missionario em S. Tomé entre 1963 e 1973"; leo, tomo notas y al final fotografío las páginas para leerlas con más calma en Madrid.

En junio de 2003, en un comunicado, Mons. Abilio Ribas, obispo de esta diócesis, me decía que "los misioneros de aquí son todos religiosos, incluído el obispo". Deduje que no había clero secular en una diócesis que tiene casi cinco siglos de existencia (la creó el papa Paulo III por la bula "Aequum Reputamos", el 3 de noviembre de 1534). Así que me vi gratamente sorprendido al saber que existe un seminario para el clero secular, justo en el edificio que está en frente de mi ventana; y que el primer sacerdote de la nueva era, Don Butelio (no estoy seguro de haber transcrito bien su nombre), ha sido ordenado en mayo de este año en Roma, y es natural de Angolares; en Santa Cruz se preparan para que celebre la primera misa solemne en su pueblo natal el 15 de agosto próximo. Un segundo seminarista, D. João de Ceita Nazaré, natural de Trinidade, será ordenado sacerdote, el próximo 6 de agosto, en la catedral de la diócesis; en la misma ceremonia, un tercer candidato, también de Angolares, será ordenado diácono. Así que hay buenas perspectivas…

Como tengo la tarde libre, para informarme mejor me acerco al seminario. Es un edificio de dos plantas con amplios ventanales; una balconada recorre toda la planta superior; unos metros por delante de la fachada, una reja separa la propiedad, pero los taxis y camionetas aparcados junto a la reja afean la perspectiva; detrás de la reja campea una gran cruz de cemento armado casi tan alta como el edificio. En el vestíbulo descubro una placa conmemorativa: el edificio fue inaugurado como "Centro Diocesano" el día 2 de abril de 1972 por D. Manuel Nunes Grabriel, que era a la sazón Administrador Apostólico de la diócesis. Pero en los años 90, el edificio fue destinado a seminario. Me recibe el P. Paulo, un jovencísimo sacerdote angolano, alto y delgado, de la diócesis de Benguela; me hace subir y nos sentamos en la biblioteca. El centro funciona como Seminario Propedéutico (Seminario Menor), dirigido por dos sacerdotes de la diócesis de Benguela; en la actualidad acoge a ocho seminaristas: cuatro de ellos frecuentan un colegio estatal y los otros cuatro, un colegio diocesano; en el colegio del Estado hacen tres cursos y en el diocesano cuatro; son pues siete cursos en total; en el Seminario reciben un complemento de formación religiosa. Al acabar las humanidades, se trasladan al Seminario Mayor de Benguela donde cursan los estudios eclesiásticos. En la actualidad hay dos seminaristas en Filosofía y otros dos en Teología; además está el que va a ser ordenado, que estudia en Lisboa. Así que, resumiendo, la diócesis de S. Tomé tiene 8 seminaristas propedeutas, 2 filósofos, 2 teólogos y 2 más, ya ordenados.

La historia del clero santomense, como la de la diócesis, ha sido muy azarosa. El primer Seminario Conciliar se abrió en 1571 pero dejó de funcionar a los tres años, en 1574, a la muerte de D. Gaspar Cão, el obispo que lo había puesto en marcha. No sería hasta 1697 en que los Agustinos Descalzos abrieran un segundo Seminario, llamado "Hospicio de Santiago", para la formación del clero secular. Aquí hacían las primeras etapas de formación y luego los candidatos eran enviados unos a Bahía (en Brasil) y otros a Lisboa. El clero secular nativo de S. Tomé fue muy abundante en el siglo XVII y todavía más en la primera mitad del siglo XVIII; pero generalmente ocupaban los puestos con beneficio, en las parroquias y en la catedral; sólo durante el siglo XVII fueron nombrados hasta 120 beneficiados, la mayor parte nativos.

Se llegó así, de pronto, a tener en S. Tomé demasiados beneficiados pero pocos misioneros. De esto se lamentaba el obispo Mons. Da Cunha Zuzarte al desembarcar en la isla en 1683: "Desde hace diez años no hay en la isla de S. Tomé quien predique el Evangelio"; y propone en carta al rey "que no se provean más las dignidades".

Con el cambio de siglo llegó la crisis: S. Tomé no podía competir con Brasil en lo referente al cultivo de la caña de azúcar. Se abandonaron las plantaciones y las maquinarias; gran parte de la población emigró a Brasil; disminuyeron al mismo tiempo los candidatos a clérigos seculares y los seminarios de los Agustinos y Capuchinos italianos quedaron desiertos.

Durante siglo y medio, el país y su Iglesia quedaron semiolvidados, tanto de Lisboa como de Roma; y han tenido que pasar tres, para que resurja la idea de un seminario para clero diocesano local.

Seguimos por las tardes con restricciones de energía eléctrica, lo que nos obliga a rezar el rosario en el patio y cenar a la luz de una lámpara de petróleo…

06.07.06 Jueves. El martes me quedé con las ganas de ver de cerca y fotografiar el estadio y el palacio de exposiciones: voy a aprovechar esta mañana para hacerlo. Salgo y de paso recorro las calles del suroeste de la ciudad. Sin pretenderlo me topo con un edificio en cuyo muro campean las letras R J; en el tejado hay una gran antena: debe de tratarse de "Radio Jubilar"; como la puerta de la verja está abierta de par en par, me cuelo en el patio. El edificio es trapezoidal, de dos plantas y un ático. Miro por todas partes pero no veo a nadie. Cuando ya me disponía a marcharme, alguien se asoma por una ventana y me invita a subir. Las instalaciones de la radio ocupan el ático. Me acogen unos jóvenes muy amables y cuando les digo quién soy me obligan incluso a entrar en el estudio. En este momento están entrevistando a un joven y, por lo que logro entender, debe tratarse de un estudiante que acaba de volver al país para sus vacaciones. La locutora hace también de operadora; tampoco hay separación entre locutorio y equipo técnico: todo muy "amateur". Como la diversidad de lenguas nos impide una comunicación fluida, no me entretengo mucho; saco alguna foto y me despido.

Pasando por delante de la Embajada de Angola, alcanzo por fin el estadio. Es muy sencillo y está todo pintado de color rosa. Según me han contado, lo han construido los chinos de Taiwán. Por lo visto, los dirigentes de S. Tomé han dado un vuelco ideológico de 180 grados. En lo alto de la fachada figuran los aros olímpicos y el nombre: "ESTADIO NACIONAL 12 DE JULHO". Cerca del estadio está el Palacio de Exposiciones, de arquitectura muy moderna (éste construido por los chinos de la República Popular); no se aprecia movimiento alguno ni de coches ni de personas; sólo al exterior, unos obreros están pavimentando la vía de acceso; las puertas de la verja están abiertas pero en ellas aparece muy visible la señal de STOP, que interpreto como prohibido el paso; así que me limito a sacar unas fotos desde fuera.

Inicio el camino de regreso y opto hacerlo por la orilla del mar; descubro así el barrio más lujoso de la capital. Delante de un edificio hay muchos coches aparcados y en un parterre están plantadas toda una serie de banderas: la de la Unión Europea, la de Estados Unidos, la de Portugal, la de Santo Tomé, la de Alemania, la de Taiwan y alguna más que no logro identificar; se trata del Hotel Miramar. Por aquí vive Nora, según me dijo Pepiño, pero no conozco su dirección exacta. Muy cerca del hotel está la Embajada de Portugal. Continuo y voy dejando atrás los edificios de un gran Liceo, la Radio Nacional Santomense y el de la "Misión Médica de Taiwan", sede del equipo de esa nación que lucha aquí contra el paludismo: por cierto, gracias a esta campaña se ha reducido la incidencia de la enfermedad en un 70 por ciento. Por la derecha, fondeado en alta mar, veo un gran carguero: sin duda que su calado no le permite fondear en el puerto. Llego al fin a la Fortaleza de San Sebastián, que se construyó en el siglo XVI para defender la bahía y la ciudad contra los ataques de los piratas ingleses y holandeses, pero que no sirvió de nada. La alta muralla que la rodea y las garitas de los ángulos le confieren un aspecto de bastión inexpugnable. Hay un faro en el recinto interior, pero en la actualidad está transformada en Museo Nacional. Delante de la fortaleza hay un monolito y tres gigantescas estatuas de piedra en memoria de los navegantes portugueses; una serie de viejos cañones adornan el conjunto. Siento deseos de visitar el museo pero el reloj me lo impide: se va haciendo hora de volver a casa.

De paso por la estación marítima, encuentro una escultura curiosa, hecha con piezas de desguace de coches: representa a una familia. Luego descubro unos astilleros en los que están fabricando una embarcación de madera: saco sin entretenerme una fotografía y continúo. Me topo de nuevo con la sede de la Cruz Roja; Laura está a la entrada; me saluda muy amablemente y me presenta a Nacho, su marido, que está al otro lado de la calle, al volante de un coche; están tratando de resolver el papeleo para enviar su hija a España con Olga (otra chica española residente en S. Tomé); como no hay embajada de nuestro país, tienen que hacerlo en la de Portugal. Quedamos en reunirnos el grupito de españoles una tarde y tomar juntos unas cervezas.

Por detrás del edificio de la Cruz Roja está la ermita de San Antonio, a la que vienen los pescadores para colocar velas en la fachada antes de salir a faenar; la puerta está cerrada; echo una ojeada rápida por fuera y continúo; me voy acercando de nuevo al centro de la ciudad. No lejos del palacio presidencial, tres grandes esculturas en madera, de estilo africano, adornan una plaza: La primera representa a una familia; la segunda es una máscara africana; y la tercera es una mujer con dos hijos. Paso por delante del edificio de correos y del de una compañía de seguros cuya fachada está adornada con un mural que me recuerda las pinturas de Miró; y sin detenerme más vuelvo a casa a tiempo para comer.

Por la tarde, el P. Ricardo me lleva a dar una vuelta por los alrededores al norte de la ciudad. Visitamos en primer lugar un edificio en construcción destinado a centro de catequesis. Frente a él está el hospital: Varios pabellones del tiempo de la Colonia alineados en paralelo y otro pabellón más moderno. Dentro del recinto está la residencia de las religiosas Franciscanas Hospitalarias; nos acoge una de ellas y nos hace visitar el huerto del convento en el que está trabajando. La iglesia del hospital sirve de lugar de culto para los habitantes del vecindario. Comenta el P. Ricardo la necesidad de crear nuevas parroquias. Entre la capital y sus alrededores se concentran unos 120.000 habitantes y solamente hay dos parroquias; y en toda la diócesis sólo hay doce. Las dos más antiguas datan de finales del siglo XV: la de Nuestra Sra. de Gracia (la actual catedral) y la de la Inmaculada en San Antonio de Príncipe (la única de toda la isla). Luego, en los albores del siglo XVI se fundaron otras siete y se construyeron los respectivos templos parroquiales en los lugares con mayor número de habitantes: La Inmaculada (en la misma capital), Neves, Guadalupe, Santo Amaro, Madalena, Trinidade y Santana. Los santos titulares sirvieron para dar nombre a las localidades respectivas. Cuatro siglos y medio más tarde, en 1971 se volvieron a crear dos nuevas parroquias: Bom-Bom y Ribeira Afonso. Y más recientemente, la última, Santa Cruz dos Angolares.

Por la misma zona hay dos cementerios que me hace visitar el P. Ricardo. El primero muy modesto con simples tumbas excavadas en la tierra; y el segundo, sobre una colina que se asoma a la bahía y desde la que se divisa la ciudad, con mausoleos y capillas funerarias. Aquí están enterrados el P. Pinto da Rocha, el que fue párroco de la Inmaculada, y Mons. João de Freitas Alves, el que fue Administrador Apostólico de la diócesis de 1980 a 1984, fallecido en Luanda a causa de un accidente de coche. Me llaman la atención ciertas tumbas, consistentes en una plataforma de obra sobre la que reposa el féretro, recubierto éste por una vitrina transparente; lo malo es que en alguna de ellas vidrio y féretro están rotos, con lo cual aparecen visibles los restos del difunto… Pero pronto las vistas de la bahía y la ciudad difuminan esas imágenes un tanto tétricas.

07.07.06 Viernes. Hoy, día de San Fermín, fiestas en Pamplona y cumpleaños de mi hermana Fermina.

Me levanto temprano pues tengo que viajar a Príncipe. Acompaño al P. Ricardo y concelebro con él la misa en el hospital. Las Hermanas nos invitan a desayunar pero declinamos la invitación pues tenemos prisa para ir al aeropuerto. Llegamos a la terminal nacional a las 6,45 y aunque el vuelo está previsto para la 7,50 todavía no se ve un alma; poco a poco van llegando algunas personas. Los trámites son rápidos pues sólo somos un pequeño grupo de viajeros; tampoco hay controles, excepto el de la tarjeta de embarque. Cerca, sobre la pista, nos espera un avioncito de la compañía "Air São Tomé e Príncipe": Son 14 plazas para viajeros, más los dos pilotos, 16 en total. Por algunos folletos que están en la bolsa del asiento deduzco que se trata de una compañía de capital sudafricano; los pilotos son blancos, tal vez de esa misma nacionalidad o tal vez rusos. Realiza cinco vuelos semanales (de martes a sábado). Existe también un barco mixto (cargo y personas) que cada noche, en un viaje de doce horas, une las capitales de las dos islas; me hubiera gustado utilizar ese medio de transporte pero cuando se lo comenté a Pepiño en España su reacción fue inmediata: "Ni se te ocurra"; claro, los pasajeros tienen que ir de pie en cubierta, o sentarse entre las mercancías, sufriendo las inclemencias de la noche y las salpicaduras del mar. Así que "ni se me ocurrió".

Despegamos con cierto retraso y pronto me adormezco en mi asiento con el runruneo de los motores. Cuando abro los ojos aparece ante mi vista la impresionante silueta de la isla de Príncipe: Majestuosos conos volcánicos ("os Picos do Mencorne") pintados por el verde de la selva ecuatorial; por este lado, los acantilados hacen que la costa parezca inaccesible a los barcos. En vez de sobrevolar la isla, el avión la va bordeando por el sur y luego por el este; pronto se descubre una ensenada y al fondo se distingue una pequeña ciudad: Debe tratarse de Santo Antonio, la capital de la isla… Pero el avión la sobrepasa y continúa hacia el norte; por momentos parece alejarse de tierra pero, de pronto, gira resueltamente hacia el oeste para iniciar el aterrizaje. La negra pista asfaltada verdea en algunos tramos, pues las hierbas se insinúan por las rendijas del asfalto, haciendo que parezca una pista de tierra. Los pasajeros aplauden a los pilotos al aterrizar.

Nada más poner el pie en tierra me llaman la atención en lontananza unos conos volcánicos; el más agudo es el Pico Aguja. La gente espera al borde de la pista, pero nadie se interesa por mí. Al cabo de unos minutos veo llegar un Land Rover y de él desciende el P. Manuel Arias, colombiano, de la joven congregación de Misioneros Eudistas y párroco de la isla; le acompañan algunos viajeros oportunistas, como es habitual en África. Recojo mi maleta al pie del avión y emprendemos el viaje a la ciudad; la carretera es estrecha pero bastante bien asfaltada y en pocos minutos llegamos a casa. Aquí me acogen los Hermanos Fabián Quintero y Ricardo Mendoza; muy solícitos se apresuran a ponerme el desayuno; me sorprende que siendo tan jóvenes, con 21 y 23 años, estén ya en un puesto de misión. Me explican que forma parte de su iniciación a la vida religiosa y misionera el tener una experiencia directa durante dos años: algo así como un noviciado en prácticas: Me parece admirable pero duro y arriesgado, sobre todo en este espacio tan reducido como es Príncipe, una pequeña isla en medio del océano.

La isla de Príncipe es la menor de las dos hermanas, por su extensión (São Tomé 859 Km²; Príncipe 142 Km²) y por su población (S.T. unos 185.000; y Príncipe unos 6.000, de los cuales 5.000 en la capital, Santo Antonio). Situada al Norte-Nordeste de S.T. dista de ella 150 Km. Fue descubierta por los navegantes portugueses tal vez un 17 de enero de 1471 y recibió por ello el nombre de Santo Antão (San Antón); a los pocos años, el rey Juan II se la regaló a su hijo el príncipe heredero, y así empezó a llamarse Santo Antão do Príncipe, para quedar definitivamente con el nombre de Príncipe. El nombre de la capital, Santo Antonio, se debe a que los misioneros capuchinos italianos empezaron a llamarla así en memoria de San Antonio de Padua, el santo lisboeta, cuya devoción introdujeron en la isla. La pequeña ciudad se asienta en una llanura, al fondo de una bahía del mismo nombre, en la costa nordeste. Tanto la isla como la ciudad no pasan de ser un apéndice de Santo Tomé, pero tuvieron su revancha durante un siglo, de 1753 a 1852, en el que Santo Antonio ostentó la capitalidad del Archipiélago; de esa época datan sus principales construcciones.

La casa parroquial estuvo habilitada hace unos años como escuela para catequesis por los PP Claretianos. Los actuales residentes, cuatro Misioneros Eudistas colombianos, están reconstruyendo un ala del edificio con la misma finalidad. Me alojo en una habitación de la segunda planta y desde la terraza (cuya barandilla forma un gran letrero que dice: "ESCOLA MISSIONARIA DO CORAÇÃO DE MARIA") puedo contemplar el panorama que nos rodea: Por el sur está la ría cuyo nivel sube y baja con las mareas; por el este, la hermosa bahía de San Antonio; por el norte, a pocos metros, la antigua iglesia con su torre (actualmente de propiedad estatal) cuyo reloj funciona y da las horas y los cuartos de hora; luego aparece la gran plaza central de la población, con un jardín bien cuidado y sus palmeras en abanico; hacia Poniente se aprecia en primer término un templo adventista; un poco más lejos se ve la torre de la parroquia de la Inmaculada; y al fondo, cerrando la perspectiva, está la Cordillera de Príncipe con el pico " Morro Papagaio", que destaca más próximo, y cuyas estribaciones por el norte y sur, cubiertas por la selva, van descendiendo hasta el mar, conformando así la bahía; el río "Papagaio" baja desde las montañas y su desembocadura forma la ría.

Salimos a dar una vuelta y visitamos en primer lugar el "Centro Comunitário Parroquial da Ramada", para fisioterapia y rehabilitación, donde encontramos al Hermano José Luis Amaya, el tercero de los juniores eudistas. Echamos una ojeada al Estadio Regional de Príncipe, construido también por los chinos de Taiwán, con una hermosa tribuna, "mejor que el de São Tomé" me dice el P. Arias". Luego visitamos una roça próxima, Puerto Real, donde existe una capilla en semidurable, modesta pero muy agradable. En el camino de vuelta paramos un momento y mi acompañante me muestra el lugar en el que se instaló una turbina "que solo funcionó dos horas"… También intentamos visitar los depósitos de agua de la ciudad pero las instalaciones están cerradas con llave y no aparece el guarda.

Ya en la ciudad visitamos a las Religiosas Siervas de la Sagrada Familia: Son tres religiosas portuguesas bastante mayores, Sor María, Sor Eufrosina y Sor Conceição que viven en una modesta casa con elementos prefabricados y que se ocupan del Centro de rehabilitación que hemos visto antes; entramos unos minutos en el oratorio y luego nos invitan a un zumo de cáscara de piña, muy agradable, que elaboran ellas mismas.

Después de comer visitamos la pequeña comunidad cristiana de la roça Nova Strela, pues tienen una sesión de Biblia; me impresiona uno de los participantes con toda la cara y el cuerpo cubiertos de pequeños tumores; mientras el P. Manuel hace su trabajo yo me paseo por los alrededores: Los edificios están en el abandono, pero un alemán ha rehabilitado una de las viejas viviendas con vista al mar y aquí viene a pasar en soledad algunas temporadas, lejos de la civilización y "del mundanal ruido". Acabada la sesión visitamos a una anciana enferma: está acostada y tiene el vientre muy abultado: retención de líquidos, sin duda por problemas de hígado; aconsejo llevarla al centro sanitario de la ciudad pero no se deciden… probablemente no pueden afrontar los gastos y tampoco tienen esperanzas de que mejore.

En los locales de la antigua iglesia funciona un Centro de Informática: hay media docena de ordenadores con conexión a internet a disposición del público; se pueden utilizar previo pago de una pequeña cantidad; aprovecho la ocasión para ver mi correo y enviar un mensaje a mis familiares y amigos.

Después de cenar salimos a pasear por el poblado. La temperatura es agradable, un poco más alta en esta época del año que la de Santo Tomé. En la puerta de casa nos aborda un hombre lamentándose de que la policía le ha requisado la bicicleta; nos acercamos hasta la entrada de la comisaría; el P. Arias habla con dos de los policías mientras yo me mantengo a unos metros de distancia contemplando la bahía: La marea está baja y en la parte seca quedan al descubierto cantidad de cascotes de botella, latas y plásticos; claro, no hay servicio de recogida de basura y lo más fácil para la gente es tirarla al mar; una parte se degrada y recicla naturalmente pero el resto queda ahí; una pena. Bordeando la bahía por el paseo marítimo volvemos a casa para descansar.

El reloj de la torre vecina sonando cada cuarto de hora dificulta mi sueño; algún mosquito zumba en mis oídos; de madrugada, un perro ladra sin parar durante cuarenta minutos y luego el canto de los gallos se solapa con los ladridos del perro; son las cinco de la mañana y el alba quiere ya clarear; ¡será mejor levantarse!... Empieza un nuevo día.

08.07.06 Sábado. A media mañana salgo a callejear. En el centro de la plaza del pueblo destaca el monumento a "Rei Amador": Un panel rectangular, de cemento, apoyado sobre unas pequeñas columnas; pintada en el panel, de fondo, una estrella irregular y sobre ella, estilizado, el perfil de la cabeza de un negro; a la izquierda, la bandera del país y a la derecha una cadena rota; por debajo de la cabeza, una guirnalda de flores; y por debajo de la bandera, la inscripción "REI AMADOR"; un par de viejos cañones completan la decoración del conjunto. Rei Amador es el héroe del país. En los últimos años del siglo XVI tuvo lugar en las islas una grave crisis económica y social: La quiebra del azúcar, las invasiones de los piratas y las revueltas de los esclavos; entre éstas, la más notable, en 1595, fue la liderada por un personaje llamado Amador; durante unos años tuvo en jaque a los portugueses y llegó a proclamarse rey. Pasó así a ser un mito de leyendas y a partir de la independencia es el símbolo nacional de la lucha por la libertad: Rei Amador, el Viriato santomense.

En la misma plaza y frente al monumento al héroe, está el edificio de la Administración Regional, todo pintado de rosa con ribetes blancos; a un lado, la antigua iglesia. En una calle contigua encuentro el edificio de la lonja, o "mercado do peixe", poco concurrido esta mañana; un poco más al oeste, la iglesia parroquial dedicada a la Inmaculada, de líneas armoniosas, fachada con vanos apuntados, la torre de tres cuerpos adosada en la parte derecha, la sacristía y un pequeño jardín en la parte izquierda.

Me dirijo hacia el Sur y por un puente cruzo el río Papagaio; la marea está baja y la ría vuelve a ser río, cosa que aprovechan algunas mujeres y niños para lavar la ropa y aprovisionarse de agua dulce. Caminando por la orilla derecha de la ría, encuentro el templo de una secta: "Igreja Nova Apostólica". Vuelvo sobre mis pasos a la orilla izquierda por el "Largo da Juventude" (el paseo marítimo); en una lengua de tierra entre la ría y la bahía unos obreros están cortando las hierbas y la maleza; aquí también se preparan a celebrar la fiesta de la independencia pues, un poco más lejos, una máquina retira las basuras de la orilla del mar y a la salida de la ciudad, en la carretera del aeropuerto, están montando un arco de triunfo.

Hay algunas casas abandonadas, arruinadas por plantas parásitas, que son un feo pegote en la bonita plaza y en alguna de las calles. Cerca de la iglesia parroquial encuentro un enorme camión enganchado a un remolque con un contenedor; por el aspecto deben de llevar bastante tiempo aparcados; ¿qué hace esto aquí y a dónde pensarán llevarlo? En la isla no hay ninguna otra población de importancia. Misterios de África, que invierte capitales en maquinarias y tecnología que luego no es capaz de utilizar… Me dicen que contiene materiales para construir un nuevo muelle de atraque en el lado sur de la bahía, en aguas más profundas que el actual, que está en el lado norte; pero si se descuidan un poco más sólo van a encontrar hierros oxidados: el clima ecuatorial es inmisericorde con estas cosas.

En una plazuela, contigua a la gran plaza central, encuentro un monumento de aspecto funerario dedicado a otro "héroe" nacional, Camilo Domingos, un joven cantante principense que murió de leucemia hace un par de años y a quien sus paisanos no quieren olvidar; sus discos están a la venta en los comercios, y la televisión nacional emite con frecuencia alguno de sus video-clips.

Celebro la Eucaristía con los Hermanos eudistas colombianos: solo tenemos textos en portugués pero me decido a hacerlo en castellano. Me han conmovido estos tres alevines misioneros por su juventud y su generosidad; les hablo de Jesús, que tuvo que ser una persona encantadora, y del amor que nos ha manifestado y al que tenemos que corresponder con amor, seguimiento y entrega: entusiasmarse por Jesús es condición indispensable para ser misionero

Por la tarde acompaño al Hermano José Luis en una gira de visita a las familias asentadas en la orilla norte de la bahía. Por el sendero vamos saludando a la gente y nos invitan a entrar en una par de casas; en una de ellas nos ofrecen un refresco y es ineludible aceptar la invitación; aunque está tan cerca de la ciudad, tienen una capillita para sus reuniones de culto y catequesis. Ya de vuelta en la ciudad encontramos abierta y visitamos la iglesia parroquial: Es de una sola nave, con coro y presbiterio, delimitado éste por un gran arco de medio punto; en la pared frontal hay una hornacina central con la estatua de la Inmaculada y a los lados las imágenes del Sagrado Corazón y la Virgen de Fátima; completan la decoración dos altares laterales con las estatuas de san José y san Antonio de Papua. Esta última es la única que he visto en las islas que tenga algún valor artístico; es una talla en madera, tal vez del siglo XVI, pero le falta el Niño: en una ocasión, llevaron la estatua a Sao Tomé (no sé por qué motivo) y allí alguien robó la estatuilla del Niño Jesús que descansaba en un libro que lleva el Santo en su mano izquierda; así que el Santo tuvo que volver a su ciudad sin el Niño. Terminamos la tournée en una capillita que sirve de cobijo a una pequeña comunidad de barrio: se suelen reunir aquí para rezar el rosario y leer la Biblia; hoy les acompañamos nosotros.

Cenamos en los locales de las religiosas. Un grupo de 8 ó 10 jóvenes, chicos y chicas, han aprobado el 10º curso (4º de secundaria, equivalente al bachillerato elemental de mis tiempos) y lo celebran con una cena a la que nos han invitado; cuando acaben 12º podrán acceder a la universidad, pero para ello tendrán que salir al extranjero: A Portugal, Cuba o Rusia (son los países más habituales) o a algún otro país de la Europa del Este; pero para poder hacerlo necesitarán que alguien les proporcione una bolsa de estudios, pues en Sao Tomé no existe por el momento ninguna universidad.

09.07.06 Domingo. Me levanto temprano pues a las 6 tenemos que ir a celebrar misa en la roça llamada Puerto Real. Nos lleva el Hº Fabián que se vuelve inmediatamente pues el P. Manuel necesita el coche para desplazarse a otro lugar. Después de algunas confesiones celebramos la Eucaristía. Leo sin problemas los textos en portugués; para la homilía me remplaza el Hº José Luis, ya que mis conocimientos de la lengua de Camões no dan para tanto. Al final, intercambio de saludos con los cristianos que me agradecen el haber venido a celebrar con ellos. Uno de los asistentes, que tiene coche, nos devuelve a la ciudad y desayunamos en la casa de las religiosas.

A media mañana el P. Arias y yo concelebramos la misa en la iglesia parroquial. La nave no es muy grande y está abarrotada de jóvenes y ancianos; los niños están en el coro; se nota la menor presencia de adultos: se ve que les ha marcado el adoctrinamiento ateo-marxista de los primeros años de la independencia; también el hecho de que casi nadie se casa por la Iglesia y al no poder participar en los sacramentos también desertan más fácilmente la asamblea dominical. Cuatro niñas acompañan danzando la presentación de las ofrendas y luego repiten sus danzas durante la comunión. El P. Manuel me presenta a la asamblea con la que intercambio algunas palabras en mezclando español y portugués.

Después de la misa mayor, en la sacristía, el P. Arias me presenta al señor Damião Almeida quien, durante algún tiempo, fue primer ministro; habla perfectamente el español ya que se formó en Cuba. Aprovecho para hacerle algunas preguntas sobre los habitantes (los Angolares en particular) y las lenguas que se hablan en el país: Me repite la versión ya conocida sobre los Angolares. Sobre el tema de las lenguas me dice: "En las islas, además del Portugués, se hablan dos lenguas criollas: el Criollo santomense y el Criollo principense. El Criollo se formó por el esfuerzo que hicieron los colonizadores en asimilar a los negros a su cultura. Era la política de asimilación de los portugueses: que los nativos perdieran su lengua y su cultura para asimilarlos; que los negros no pudieran tener secretos al no poder utilizar entre ellos una lengua que los colonos no entendieran". (Me pregunto si me está dando una lección de Historia o me está simplemente repitiendo las enseñanzas que recibió durante su formación ideológico-revolucionaria en Cuba). "El criollo-portugués de S.T. es peor que el de Príncipe pues ha conservado más términos y formas de hablar de los africanos". Saco la conclusión de que el Criollo no es una lengua distinta del Portugués: es la misma con pequeñas variantes regionales.

Por la tarde el Hº Fabián me lleva de nuevo a un lugarejo que está en el camino del aeropuerto y que se llama "Picão". Su capillita está dedicada a San Antonio. Se trata de celebrar la Eucaristía dominical, pero antes hay que bendecir los bancos de madera que han fabricado e inaugurar la instalación eléctrica; luego quieren llevar en procesión al Santo por los alrededores. La capilla es de obra pero pequeñita (no más de 6x3 m); en espacio tan reducido han juntado los bancos en medio y los han rodeado con cintas de colores, como para una inauguración; del interruptor de la luz también cuelga una cinta. Sobre los bancos han colocado unas angarillas con una pequeña estatua de San Antonio, en terracota, de factura tan primitiva y elemental que casi parece un idolillo. El Hº Fabián me comenta que creen que la estatuilla se formó espontánemente de la arcilla del suelo, y que la encontraron sus antepasados. En la plataforma de acceso hay un pequeño pebetero; sin esperarme, alguien echa incienso sobre las brasas y luego inciensa meticulosamente todos los objetos y rincones de la capilla; se ve que para este rito no necesitan del cura. Después de revestirme con alba y estola bendigo el agua y con ella voy asperjando la estatua, los bancos y la instalación eléctrica; ¿estaré haciendo magia yo también? Luego cortamos las cintas y sacan fuera los bancos para utilizarlos en la celebración que tiene lugar al aire libre, pues aunque los asistentes no son muy numerosos no cabríamos todos dentro, amén de que correríamos peligro de asfixiarnos. Acabada la misa se hacen las presentaciones y saludos habituales: Me hace gracia pero me quedo un tanto reticente cada vez que estos buenos Hermanos me presentan como "o senhor padre": me suena casi a título divino… Tenemos que marcharnos pues el P. Arias necesita el coche para visitar otra de las roças; ellos harán por su cuenta la procesión con el Santo.

Ya en casa les comento a mis anfitriones la impresión que tengo de que la religiosidad de estas gentes parece emparentada con "la santería" de los pueblos del Caribe: Me dicen que ellos también tienen la misma impresión; y me cuentan que algo parecido sucede en Venezuela y en Colombia, su propio país. Queda mucha labor por hacer, mucho que evangelizar y purificar. En la isla de Príncipe, con sólo seis mil habitantes hay ocho confesiones no católicas, entre iglesias y sectas… o sea, que toca a menos de mil habitantes por denominación. Lo mismo sucede por otro lado con los partidos políticos: hay tantos y están tan divididos que no tienen ninguna influencia en la marcha del país.

Después de cenar consigo ver los últimos minutos del partido entre Italia y Francia del campeonato europeo de futbol: La segunda parte de la prolongación y los lanzamientos a puerta desde el punto de penalti; el feo gesto de Zidane golpeando con la cabeza a su oponente… ¿Qué le habrá dicho el italiano? Su expulsión era inevitable. Por cierto, con una antena convencional se pueden captar aquí tres canales de televisión: La emisora nacional RT Santomense, RT Portuguesa para África y RT Angolana; este último es el que ha transmitido el partido de futbol.

Parece que me he quedado sólo en casa. Oigo llamar insistentemente a la puerta; bajo y abro: es una muchacha que trae un recipiente de plástico; pregunta por el P. Manuel: no está; y ¿alguno de los Hermanos?: tampoco… Al fin se decide y me entrega el recipiente para que se lo de a alguno de los miembros de la comunidad "de parte de Nina" me dice. Pienso que puede tratarse de comida y me dirijo a la cocina; abro el recipiente y, en efecto, dentro hay dos cazuelas con comida ya preparada. No me sorprende pues ya me lo había comentado previamente el P. Arias. La gente aquí es generosa y lo hace con cierta frecuencia.

10.07.06 Lunes. Hoy, día de asueto en la playa. Cogemos las vituallas preparadas de víspera y nos dirigimos a pocos kilómetros de Santo Antonio, a una playa al sur de la bahía. Una buena parte de la playa es de fina arena blanca, otro tramo es de cantos rodados y, por último, hay también un tramo de rocas de basalto negro. El decorado es el típico de las islas tropicales: vegetación lujuriante y cocoteros que se inclinan hacia la playa buscando la luz del sol. La parte arenosa está limpia pero entre las piedras hay bastante basura: trozos de vidrio, botes vacíos y, sobre todo, gran cantidad de despojos de cocos. Todos éstos tienen un corte en bisel muy bien hecho que sirvió para beberse su contenido. Cuando llegamos, la playa está desierta, pero pronto aparecen unos niños: el mayorcito, ya un muchacho, se nos ofrece para subir a un cocotero y hacer caer algunos cocos; pero no, ya venimos provistos de ellos. El P. Arias, con un gran cuchillo de cocina y a golpes certeros me prepara uno… ¡refrescante y delicioso! "El coco tiene que estar ya hecho pero todavía verde; los que están maduros tienen menos líquido y es más fuerte".

Aparecen luego dos muchachas que se acercan al P. Arias y le saludan en francés; éste me las remite. Inicio una conversación, pero nada, fuera de "bon jour" no conocen ni una palabra de la lengua de Molière. "Son chicas que vienen a ofrecerse a los turistas… son pobres y, claro, buscan dinero", me comenta el Padre. Se ve que la mayoría de los pocos turistas que vienen son franceses: En el vecino Gabón debe haber una buena colonia de franceses y algunos se toman sus vacaciones en este país; también de Camerún y Congo-Brazza. En el país hay dos enclaves turísticos: uno en el islote Bom Bom, al norte de la isla de Príncipe, y otro en el islote de las Rolas, al sur de la isla de São Tomé; debe tratarse de un turismo muy elitista.

Hacía ya muchos años que no me bañaba en el mar, así que me complace chapuzarme en esta aguas "limpas e tépidas" (limpias y tibias); pero al salir es obligado resguardarse del sol ecuatorial y buscar cobijo a la sombra. Entre las rocas encontramos un coco maduro: el P. Arias lo rompe y damos buena cuenta de su sabrosa pulpa; esto nos ha servido de aperitivo para el almuerzo. Había mucha comida y compartimos las sobras con los chavales que acaban con todo. Nos damos un nuevo chapuzón antes de regresar a casa. Por el camino encontramos a un pescador que ha tenido suerte y nos muestra, al borde de la carretera, un buen montón de peces…

Se me ha acabado el tabaco y el Hº Fabián se ofrece a acompañarme para intentar comprarlo en alguna de las tiendas, que en portugués llaman "lojas". Entramos en una y pedimos tabaco para pipa, pero sólo tienen cigarrillos; en la segunda, el dependiente nos dice lo mismo: sólo tienen cigarrillos; pero un señor, atento a lo que ocurría, nos dice que esperemos; desaparece por la trastienda y al poco tiempo reaparece con un paquete de tabaco de pipa, de elaboración inglesa: preguntamos el precio pero muy gentilmente nos lo regala.

Cuando empieza a oscurecer salgo de nuevo a dar un último paseo por las calles de la ciudad, antes de dirigirme a la iglesia; aquí rezamos el rosario y celebramos la Eucaristía; un buen grupo de los asistentes se queda en la iglesia pues, a continuación, tienen la sesión semanal de Biblia. Acabado todo, intento despedirme de las Hermanas pero éstas muy gentilmente nos invitan a desayunar mañana con ellas antes de abandonar la isla. Al ir a acostarme descubro que mis piernas y pies los tengo enrojecidos por el sol: ya me lo temía, a pesar de las precauciones, pues mi piel es excesivamente clara…

11.07.06 Martes. De par de mañana celebro la misa en la capillita de la casa con los tres Hermanos; esta vez utilizo los textos en portugués pero la charla, evidentemente, es en español: si para ser misionero hay que enamorarse de Jesús, también es indispensable querer a la gente: quererla sencillamente, sin menospreciarla ni idealizarla, sin arrogancia ni complejos: sin complejo de superioridad, sin paternalismo, pero sin sentimientos de culpa; los destinatarios del mensaje evangélico son personas humanas, de la raza que sean, y tienen los mismos defectos, virtudes y cualidades que pueda tener el mismo mensajero del Evangelio. Hay que tener en cuenta que todas las culturas son etnocéntricas, también las africanas, pero todos necesitamos de la salvación de Cristo. Si no se quiere a la gente, toda labor de apostolado será inútil.

Desayunamos, como previsto, en casa de las Hermanas y, a continuación vamos al aeropuerto. El P. Arias no puede venir, pero los tres Hermanos se ofrecen a acompañarme. En la terminal nos encontramos con el Sr. Almeida que nos saluda amablemente; él también viaja a Santo Tomé. El avión se retrasa y se corre la voz de que el motivo es que ha tenido que hacer un vuelo a la búsqueda de un barco desaparecido… ¿Viajaremos hoy? Como tenemos tiempo, los Hermanos me invitan a visitar el terreno en el que preparan la construcción de una capilla en el poblado vecino al aeropuerto; las dimensiones serán de 14x7 metros (parecida pues a las que yo hacía en la selva del Congo, que eran de 15x8); pero el sol abrasa y tenemos que correr a refugiarnos en los porches de la terminal del aeropuerto. En el momento de facturar, una mujer me pide que incluya uno de sus bultos en mi equipaje: como el avión es pequeño no toleran que nadie lleve más de veinte kilos; ella tiene exceso y a mi me sobran pues llevo la maleta casi vacía: no hay problema.

Por fin llega el aeroplano y podemos embarcar. El avión despega hacia el mar, pero en vez de girar hacia el sur, como yo pensaba, lo hace hacia el norte, para bordear por ese lado la isla y luego poner proa al suroeste. Descubro un islote en el océano: debe de ser "Bombom", la estación de turismo de lujo. El vuelo se realiza sin incidentes y aterrizamos felizmente en el aeropuerto de São Tomé; aquí me espera D. Manuel que me lleva a casa.

A la hora de la comida saludo a D. Abilio Ribas, el obispo de la diócesis, que acaba de llegar esta misma mañana de Lisboa: él preside la mesa y yo me siento en el lado derecho; a pesar de no tenerlo de frente, me doy cuenta de que su rostro es asimétrico; pienso que tal vez haya sufrido algún accidente cerebral, pero D. Manuel me saca de dudas: no fue un accidente vascular sino un accidente de coche que tuvo en Angola y que le ha dejado cicatrices profundas en la parte izquierda de la cara. El Sr. Obispo no tiene buen aspecto: parece cansado y enfermo; durante la comida le veo que toma algunas pastillas… En enero cumplió los 75 años y presentó su dimisión al Vaticano; está esperando el relevo.

Durante la comida aparece un nativo que saluda al Sr. Obispo. Se apresuran a prepararle un plato frente a mí pero nadie me lo presenta; como la conversación se desarrolla en portugués yo no intervengo. Cuando ya se ha marchado pregunto por él: Se trata de uno de los seminaristas que estudian en Angola y que acaba de venir para el periodo de vaciaciones.

Me siento muy acalorado: ¿tendré yo mismo algo de fiebre? Había pensado salir a dar una vuelta por el vecindario pero desisto. En el patio de la casa me encuentro a D. Manuel que ha salido a fumarse un cigarrillo, y entablo con él una larga e interesante conversación sobre la pastoral en la diócesis; le animo a poner por escrito sus reflexiones pero no entra en sus proyectos el hacerlo. He aquí algunas de sus ideas:

Algunos problemas de Pastoral en la diócesis de Santo Tomé y Príncipe

1º.- Falta el sentido de Iglesia local y falta pastoral de conjunto.

Los Misioneros del Corazón de María, los Claretianos, llegaron a São Tomé en 1927, cuando solamente quedaban en las Islas cuatro viejos misioneros de Cernache; la diócesis llevaba ya 140 largos años sin obispo. Los Claretianos se entregaron a la pastoral parroquial aportando su propio carisma. Ha sido una labor meritoria digna de todo encomio, pero "les ha faltado la visión de Iglesia, carecen de mentalidad de Iglesia diocesana local; hacen cosas, pero no hacen Iglesia; cada uno actúa por su lado sin un plan de conjunto. En la actualidad forman una comunidad de siete miembros, uno de ellos dedicado a la pastoral vocacional y formación de candidatos para su propio Instituto; los otros seis se dedican a la pastoral parroquial (las otras cinco parroquias de la Isla son atendidas por religiosas). No han logrado desprenderse del todo de ciertos atavismos de la época colonial: en tres de sus vehículos figura la inscripción "Cooperación Portuguesa". Tres de los Padres claretianos son nativos pero están muy condicionados por sus familias, sobre todo uno de ellos".

El actual obispo, Monseñor Abilio Ribas, fue nombrado en 1984 y recibió la ordenación episcopal aquí, en la Seo, en 1985; es religioso espiritano y era misionero en Angola en el momento de su nombramiento; desde 1787 la diócesis no tenía un obispo residencial. "Sus relaciones con los Claretianos no siempre han sido fluidas. Mons. Abilio ha recurrido al clero diocesano de Benguela para la pastoral vocacional y para dirigir el Seminario. Pero el clero angolano también tiene muchos problemas: celibato, alcohol, falta de responsabilidad… Abandonan fácilmente el puesto de apostolado para pasar la semana en la ciudad; otros buscan madrinas en Europa. Estamos a la espera de un nuevo obispo pues el actual ha cumplido ya los 75 años, está agotado y enfermo; el que venga no lo va a tener nada fácil".

2º.- Pastoral de ritos y sacramentos más que pastoral evangelizadora.

"La pastoral parroquial se compone de misas, bautizos, primeras comuniones y funerales: nuestra Iglesia Católica santomense está en el limbo. En la parroquia de la catedral puede haber cada año 2000 bautizos de niños, pero 1900 de ellos son hijos "ilegítimos", sus padres están en situación irregular, abandonan la práctica religiosa y no participan en la vida de la Iglesia. Hay muchos jóvenes generosos que dan catequesis a los niños pero a los 20-22 años se unen en pareja sin casarse, traen a sus hijos a bautizar pero dejan de frecuentar la iglesia. Nuestras celebraciones están llenas de niños, jóvenes y ancianos pero faltan los adultos".

"No tenemos ningún programa para la formación de los laicos: Habría que optar por la pastoral del laicado, la pastoral juvenil y familiar insistiendo en el compromiso. Los padres no se ocupan mucho de sus hijos: Cuando un niño abandona la espalda de su madre tiene que buscarse la vida solo; no hay comunicación entre padre e hijos. Ahora funciona la Enseñanza; no funciona muy bien pero los niños aprenden a leer y escribir y adquieren ciertos conocimientos; esto complica la comunicación con sus padres, generalmente analfabetos".

3º Sincretismo religioso.

Pervive pujante el animismo, el espiritismo: "todo lo que se nombra tiene existencia, tiene espíritu. Están los curanderos: invocan a los espíritus de los muertos y éstos inhabitan al curandero que, a través de él, transmiten sus mensajes y deseos a los vivos; por ejemplo, piden que se pongan velas, que hagan libaciones con aguardiente, que soliciten misas por sus intenciones… Se formulan cantidad de intenciones al comienzo de las misas – algo de lo más variopinto y a veces extraño – pero no siempre son intenciones formuladas espontáneamente por los cristianos, sino que son las que el curandero les ha ordenado para contentar a los espíritus".

"Y en medio de este panorama se introducen las sectas con promesas de paraísos soñados o anhelados…"

4º Falta de clero diocesano autóctono.

La diócesis tiene doce parroquias y sólo siete de ellas son atendidas por sacerdotes, todos religiosos. Habría que crear otras nuevas, pero sin clero no se puede ni pensar en ello. Tampoco se puede contar con más misioneros venidos de Europa, de Portugal principalmente, pues allí también es agudo el problema de falta de clero y de vocaciones. Tal vez de América Latina, de Brasil, se pueda recibir alguna ayuda, y en este sentido, ya hay una comunidad de misioneros colombianos en Príncipe. Pero la solución a medio y largo plazo solo podrá venir de la propia Iglesia Local, de los cristianos santomenses: habrá que optar por la pastoral vocacional. Los Claretianos descuidaron este aspecto pero ya se ha iniciado, tímidamente, con la creación de un seminario diocesano propedéutico. Tal vez, a corto plazo, se podrían formar laicos y confiarles la pastoral de alguna de las parroquias…

Al acostarme veo de nuevo que mis pies y piernas siguen rojos; también el cuello está quemado por el sol. Me despierto a la una y media y siento frío: estoy cubierto solamente por una ligera sábana, la brisa del mar penetra por la mosquitera de la ventana y sin duda sufro los efectos de la insolación del lunes… Me abrigo un poco. Mientras intento conciliar el sueño me vienen a la memoria mis noches en la selva del Congo, en una cabaña de ramas y barro, acostado vestido en un catre y temblando de frío a las cuatro de la mañana… Así de inmisericorde es este clima ecuatorial: te abrasa de día y la humedad fría te penetra de noche hasta los huesos haciéndote tiritar.

12.07.06 Miércoles. 26º aniversario de la independencia del país, Fiesta Nacional.

Ha sonado mi despertador a la 5,30 pero no le he hecho caso y he seguido durmiendo todavía un buen rato. Cuando he bajado al comedor, a las 6,45, los Padres ya habían desayunado y me he encontrado al Sr. Obispo. Ha sido una suerte pues así podemos tener una larga conversación en privado. Me ha preguntado por mi situación actual y me ha propuesto venir a su diócesis: No he aceptado su propuesta; hace tres años, cuando abandoné el Congo, estaba dispuesto a venir, pero ahora mi situación ha cambiado considerablemente. Me dice que es portugués, nacido cerca de la frontera con la provincia de Orense: "He atravesado bastantes veces la frontera y he visitado los pueblos vecinos; me parece que allí las iglesias no son muy frecuentadas pues la hierva crece a sus puertas; eso significa que no pasa mucha gente…".

Yo a mi vez le he hecho muchas preguntas sobre la historia de este país y de sus gentes, sobre la historia de la evangelización y sobre la situación actual de la Iglesia en su diócesis. Transcribo de memoria algunas de sus respuestas:

"Yo soy el 29º obispo titular de São Tomé; esta diócesis ha estado vacante durante muchos años. Algunos de mis predecesores se quedaban en Portugal y sólo venían de vez en cuando en visita pastoral".

"Forros son los descendientes de los antiguos esclavos de diversas tribus, mezclados con judíos castellanos y con portugueses; hablan "forro", lengua creol bantú-porutgués. Angolares son los descendientes de los supervivientes de un barco de esclavos procedentes de Angola que se establecieron en el sureste de la Isla; allí crearon el pequeño reino de "Angolares"; desconocidos de los colonos al principio, entraron luego en conflicto con ellos por carecer de mujeres hasta que fueron sometidos en el siglo XVIII".

"El trabajo de la tierra no les gusta a los nativos pues inicialmente fue trabajo de esclavos en las plantaciones de caña de azúcar; y, aunque ya en 1517 se dio un decreto de libertad para los esclavos, en la práctica la situación no cambió en absoluto; ahora no les gusta trabajar…"

"Parece que sí, que hay petróleo en la plataforma marítima de S. Tomé pues andan metidos los Americanos… Ahora, con la historia del petróleo, las relaciones con Nigeria son intensas y por esa vía se nos han colado los musulmanes: no son muy numerosos pero ya tienen una mezquita".

"El personal de que dispone la diócesis es bastante reducido: 11 sacerdotes (6 claretianos, 1 eudista, 1 espiritano - mi secretario-, 2 seculares angolanos –en el Seminario- y 1 secular de Coimbra que reside en el obispado), pero solamente 7 de ellos trabajan en la pastoral parroquial; además unas 40 religiosas de 6 congregaciones que llevan 5 parroquias…"

"En la ciudad hay sólo dos parroquias pero además hay otros lugares de culto que funcionan casi como parroquias: La capilla del hospital, por ejemplo, tiene incluso locales para la catequesis. Les propuse a los Eudistas que se hicieran cargo de una parroquia, Santana, que está a 12 Kilómetros al sur de la ciudad por buena carretera, pero no aceptaron".

"El clima moral en las Islas ha sido siempre muy laxo, incluido el del clero. Los colonos, además de la esposa legítima, tenían buen número de concubinas dispersas en otros tantos lugares. Durante un tiempo hubo inflación de clero: Eran mulatos en general, hijos naturales de portugueses con sus concubinas negras, que los mandaban a Lisboa a hacer la carrera eclesiástica; cuando volvían eran "beneficiados"; no trabajaban en el apostolado y su vida dejaba mucho que desear. La ausencia de obispo residencial contribuyó a la laxitud de costumbres del clero".

"Hay muchos jóvenes en las iglesias, pero a partir de los 18 años en que empiezan a emparejarse, abandonan en gran medida la práctica religiosa. Además las parejas no se guardan fidelidad: el varón tiene muchos contactos y engendra con otras mujeres; lo mismo las mujeres, tienes hijos con diversos hombres sin que les preocupe demasiado. Tampoco los padres se preocupan mucho por sus hijos".

"Mi congregación, los Espiritanos, tiene misiones sobre todo en Centroáfrica. En S. Tomé sólo estamos mi secretario y yo. Hubo un gran espíritu misionero en el siglo XIX. Imagínese que el barco en el que viajaba la primera expedición de misioneros espiritanos hacia Africa, se hundió y se ahogaron todos. Esto suceso, lejos de desanimar, desencadenó en Francia una ola de entusiasmo por las misiones y las vocaciones misioneras. Fueron muy numerosos los misioneros espiritanos; iban al África Central y morían jóvenes: para darse cuenta basta con consultar el necrologio de nuestra congregación: morían con 28, 29, 30 años y siempre había otros dispuestos a remplazarlos".

He llamado a Nora; me dice que los festejos por la Independencia van a tener lugar este año en Santana. A ver si nos vemos antes de que me vuelva a España… Sigo destemplado.

Mientras esperamos la comida aparece un portugués; nadie me lo presenta pero esta vez tomo la iniciativa y nos saludamos. Durante la comida acapara el protagonismo y habla y habla sin parar; me doy cuenta de que no lleva alianza, ¿será uno de los Padres claretianos? No, es un antiguo colono establecido en S. Tomé. El P. Ricardo pone sobre la mesa el brandy que yo he traído de España: es un "Espléndido Garvey"; nuestro huésped se sirve una copa, lo saborea con placer y se pone a hacer loas de la bebida y de un empresario español llamado Pedro Domec… para no herir su vanidad no le saco de su error y le dejo continuar; dice haber visitado el país vasco pero confunde Santander con San Sebatián…

Salgo a pasear a las cuatro de la tarde para pulsar un poco el ambiente de la ciudad en este día aniversario de la Independencia del país. Al acercarme a la playa tengo de nuevo que mirar para otro lado: esta vez es una mujer joven que, en cuclillas, está defecando a la vista de todos… Hay mucho menos movimiento que de ordinario excepto en la plaza que hay junto al muelle, donde han instalado un tablado en el que un conjunto está interpretando algunas piezas de música. Llego a la plaza de la catedral prácticamente desierta, pero aquí dos muchachas se ponen a seguirme llamándome: "amigo, amigo"… Hago como que la cosa no va conmigo y me apresuro hacia el templo; no abandonan la partida hasta que llego a la puerta.

Tengo interés en participar en una Eucaristía en la catedral y llego a tiempo pues la misa es a las 17,30. Entro en la sacristía y me encuentro con un hombre ya maduro, revestido de sotana, a quien tomo por un sacerdote; pero no, se trata del sacristán. "El sacristán" en S. Tomé es un personaje muy particular, a mitad de camino entre laico y clérigo, al que la gente suele apellidar "estudiante"; esto se debe a que, generalmente, ocupan estos puestos antiguos seminaristas que, por alguna razón, han abandonado los estudios eclesiásticos pero quieren permanecer al servicio de la Iglesia: mantienen el orden de los ornamentos y objetos sagrados, preparan lo necesario para las celebraciones, ayudan a misa, recogen las colectas, se ocupan del Registro parroquial y hacen de intermediarios entre los fieles y el sacerdote. Éste me atiende muy solícito buscándome un alba a mi medida, cíngulo y estola. Aparece luego el párroco a quien yo ya conocía. El altar mayor está al fondo, junto al retablo, y por esta razón han instalado otro más pequeño al borde del presbiterio, a pocos metros de los primeros bancos. Iniciamos la celebración con sólo 24 personas (no sé si será lo normal o tal vez hoy los habituales han preferido participar en los festejos de la Independencia), luego se van sumando media docena más. Los cantos me resultan todos conocidos: los mismos que se cantan en cualquier iglesia de Madrid, solo que en portugués. Inoportunamente la luz se va en el momento de la consagración y nos quedamos a oscuras pero, curiosamente, los grandes focos que iluminan el exterior del edificio permanecen encendidos.

El párroco se ofrece a llevarme en coche al obispado pero, a pesar de ser ya de noche, prefiero hacerlo a pie; esto me permite pasar de nuevo por el lugar donde los jóvenes están celebrando la fiesta con música; se parece más a un baile en la plaza de cualquiera de nuestros pueblos que a las típicas danzas africanas. El árbol del pan que ocupa el centro de la plaza está profusamente iluminado con bombillitas, como un árbol de Navidad.

Durante la cena el P. Ricardo bromea conmigo diciendo que no voy a poder volver a España pues todos los pilotos de Iberia están en huelga. Le digo que no me preocupa pues volaré hasta Madrid con la TAP. El Sr. Obispo no cena con nosotros: está invitado a cenar con la Autoridades del País.

13.07.06 Jueves. Por cierto, tengo que confirmar el vuelo de regreso. El P. Ricardo –no sé si en broma o en serio- me dice hoy que el sábado pasado no hubo avión; así que me apresuro a ir a las oficinas de la compañía TAP y confirmo el vuelo sin problemas. Al salir, un hombre me aborda y saluda en la calle: me dice que es él quien me atendió en Inmigración, en el aeropuerto, a mi llegada al país. ¡Que buena memoria!

Pasando por el mercado otro hombre me aborda: "Amigo, amigo": no sé qué es lo que quiere y no le presto mucha atención: tengo prisa por volver a casa por si apareciese Nora.

Laura me llama por teléfono y quedamos en que vendrá a recogerme a la 6,30 de la tarde para tomar algo con su marido y algún otro español.

En la biblioteca encuentro unos libritos de Sacramento Neto, un sacerdote santomense, que fue religioso claretiano, establecido actualmente en Lisboa. En los ratos libres de su ministerio escribe novelas cortas ambientadas en S. Tomé y Príncipe; tiene ya publicadas unas quince o veinte; en ellas aprovecha la trama para describir el clima humano, religioso y social de la época colonial y primeros años de la independencia, e incluir retazos de la historia del país; al final se incluye una entrevista al autor y un par de críticas sobre la novela precedente. Escojo uno titulado "A Passionaria" (a pesar del título no tiene nada que ver con nuestra Dolores Ibarruri), cuyos protagonistas son un sacristán de la parroquia vecina, A Conceição, y su hija, que sustituye a su padre en la recitación de las estaciones del Via crucis y de ahí su título, "La Pasionaria". Lo leo de un tirón.

Encuentro otro librito que también leo: "Vida e Obra de São Judas Tadeu (o Amorável)" de Luciano Napoleão da Costa e Silva, escrito y editado en Brasil, por la Editorial Alfinho. Me ha interesado, pues entre los feligreses de Madrid hay algunos devotos de este Santo Apóstol, devoción que a veces roza la credulidad y la superstición. Lo presenta el P. Augusto César Pereira SCJ (Reparador), y nos informa que el iniciador de esta devoción en Brasil fue otro Padre Reparador, el P. João Buescher, fallecido el 25 de julio del 91 en São Paulo. Desde el Brasil se ha extendido esta devoción al resto del mundo católico.

Laura aparece puntual, a las 18,30; trae dos paquetitos de café, uno para Pepiño y otro para mí; yo le entrego el mate que traje para Nora pues me temo que yo ya no podré hacerlo personalmente; por el camino del aeropuerto me lleva hasta un restaurante al borde del mar, tan al borde que la terraza está sobre columnas metida en el agua; luego aparece Nacho, su marido, junto con Olga y otro español cuyo nombre no he retenido. El dueño del establecimiento, un brasileño, nos saluda muy cortésmente. Pedimos unas cervezas y algo para picar. Próximas a nosotros hay dos largas mesas preparadas con manteles y cubiertos, como esperando a los comensales; en efecto al poco rato aparece un "bwana" con su comitiva y se sientan a cenar. Su presencia suscita en nosotros la conversación sobre la política del país y, en un momento dado, Laura nos advierte que tengamos cuidado, pues nuestros vecinos pueden entender lo que estamos hablando. Nacho ha traído un paquete con piezas de un motor para que yo las lleve a España: se las han enviado equivocadas. Cuando me lo presenta, exclamo espontáneamente: "¡No será droga!"; ¡Vaya!, he metido la pata; y se siguen unos momentos de cierta tensión. En el Congo nos habían prevenido en alguna ocasión sobre el peligro de aceptar paquetes en los vuelos sin verificar su contenido; sin duda que mi inconsciente ha dado la alarma incontrolada.

Cuando vuelvo a casa, todo el mundo está ya retirado en sus habitaciones.

14.07.06 Viernes, último día de mi estancia en S. Tomé. Como despedida, mis dos hermanos sacerdotes del obispado me han preparado un programa muy apretado.

Después de desayunar, el P. Ricardo me saca de excursión. Visitamos Trinidade, la segunda ciudad en habitantes de la isla. Son solamente 10 ó 12 Kilómetros al suroeste de São Tomé, hacia el centro de la isla, pero hemos ascendido unos 300 ó 400 metros de altitud con lo que la temperatura se suaviza y el clima es más agradable que en la capital, a nivel del mar. Aquí construyeron los portugueses, en un altozano, la residencia de descanso del Gobernador. El actual presidente de la República, Fradique de Menezes, no la utiliza, pues a corta distancia, a la entrada del pueblo, tiene una finca propia con su residencia privada. "Es el mejor tramo de carretera de todo el país", me dice mi compañero, lo que no impide que también tenga algún bache. A la entrada de la finca dos policías montan guardia.

Visitamos a las Religiosas Doroteas que viven aquí; forman una comunidad internacional. Nos acoge una Hermana portuguesa muy anciana quien nos hace visitar el bonito jardín con variedad de rosas, hortensias, camelias e hibiscos de distintos colores; luego aparece una Hermana angolana que nos invita a tomar un café y nos enseña el convento, la huerta y un pequeño corral con conejos y gallinas: "Nos han robado 33 conejos"... dice una de las Hermanas. Cae una ligera llovizna que luego aumenta un poco sin transformarse en chaparrón. Me hubiera gustado contemplar una de esas tormentas tropicales en las que todos los elementos se desencadenan y a las que estoy acostumbrado, pero he venido en época seca y no va a poder ser, ¡una pena!. Me fijo en la piedra que sirve para retener el portón de entrada cuando se abre: Parece un cojín blanco, perfectamente circular, de formación coralina muy delicada, que merecería estar expuesta en una vitrina más que cumpliendo este servicio.

Nos despedimos de las religiosas; continuamos nuestra excursión ascendiendo continuamente y penetrando cada vez más en el corazón de la isla. Nos detenemos ante el edificio de un antiguo hotel llamado "Pousada Boa Vista", propiedad actualmente del gobierno de Angola; de momento parece inocupado. Hay un mirador desde el que, en días despejados, se puede contemplar un maravilloso paisaje hasta el mar, de ahí su nombre "vista bella", pero hoy el cielo está plomizo e incluso llovizna, así que no nos entretenemos. La carretera se va estrechando, bordeando precipicios, hasta que llegamos a una bonita cascada llamada "São Nicolau". La orografía es impresionante: Hay un barranco terrible, disimulado en parte por la tupida vegetación tropical; un pequeño puente medio hundido nos impide el paso, pero al otro lado hay un vehículo con algunos viajeros... ¿Por dónde habrán pasado? No podemos avanzar pues el P. Ricardo no quiere correr riesgos, así que damos media vuelta. Pasamos de nuevo por Tinidade y paramos un momento ante la iglesia parroquial: Es muy parecida a las de la Inmaculada, tanto la de S. Tomé como la de Príncipe; los misioneros fueron repitiendo el mismo modelo con ligeras variantes. Nos detenemos en la afueras de S. Tomé y entramos en el patio de los PP. Claretianos; son siete los religiosos que aquí viven en comunidad: seis sacerdotes y un Hermano, que se ocupa de la imprenta, pero nadie sale a nuestro encuentro; me hubiera gustado saludarles pero sin duda cada uno anda ocupado en sus respectivos trabajos.

Durante la comida el Sr. Obispo me comunica la noticia de la muerte del cardenal Angel Suquía en su pueblo natal, en la provincia de Álava. Tenía 89 años; descanse en paz.

Después de la siesta, es el turno de D. Manuel para llevarme de excursión. Tomamos la carretera que de la ciudad sale hacia el norte.

Nuestra primera escala es la roça llamada "Agostinho Neto", (nombre del que fue primer presidente de Angola independiente); fue la más importante de la isla y hasta la independencia se llamaba "Rio d’Ouro"; es impresionante; tuvo que ser una especie de "señorío feudal", autosuficiente y autónomo: inmensas plantaciones de cacao y café y en medio de ellas, el poblado y las instalaciones. Una amplia avenida central de casi dos kilómetros de largo que va ascendiendo por el norte hasta una loma en la que se construyó un magnífico hospital, al que se accede por una escalinata, y desde el que se domina todo el poblado; en la parte derecha hay una capilla; a ambos lados de la avenida están las viviendas de los distintos moradores: el Administrador y sus colaboradores, los empleados y los siervos; también las instalaciones industriales, talleres y almacenes. El hospital está abandonado y varios de los edificios, en ruinas; me viene a la mente la Oda a las Ruinas de Itálica: "Estas, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora...". Fuera del poblado, un canal conduce el agua desde la montaña hasta una balsa de regulación para que descienda por unas tuberías hasta las turbinas generadoras de electricidad. Aquí encontramos a un viejo papá muy amable, que tiene las piernas arqueadas, como de montar a caballo, encargado de sacar las hojas y ramas que se van acumulando en la reja de decantación; se lamenta de la situación actual: Una de las conducciones está fuera de uso pues la tubería de caída se ha desmoronado; la otra permanece en uso pero "antiguamente se pintaba cada año y ya lleva 20 sin ver una capa de pintura... Cualquier día se romperá también", nos dice; D. Manuel le ofrece unos cigarrillos y le enciende uno.

Ya en el coche, pregunto a mi chofer y compañero el motivo por el que le dieron a esta roça el nombre de Agostinho Neto. "Fue a raíz de la independencia; los nuevos dirigentes, de ideología marxista-comunista, se inventaron la amenaza de invasión del país por parte de Portugal y pidieron ayuda a Angola; el presidente Neto, que era de la misma ideología, les envío un ejército para defenderlos de la amenaza portuguesa; en agradecimiento pusieron su nombre a la roça".

Seguimos viaje y pasamos sin detenernos por diversas localidades: Guadalupe, As Neves... La estrecha carretera a su paso por los poblados es la única calle asfaltada y medianamente limpia, así que toda la gente se congrega sobre el asfalto.

Abandonamos la carretera principal y cogemos un pequeño desvío hacia la playa; en pocos minutos llegamos a "Anambo". Aquí, un pequeño crucero recuerda el lugar donde los portugueses desembarcaron por primera vez en la isla de S. Tomé. No nos entretenemos, pues no hay nada de interés, y continuamos nuestro viaje.

En la localidad de "Diogo Vaz" están los depósitos de reserva de carburante para el archipiélago: Los barcos vienen de Angola, descargan aquí y desde aquí se distribuye a todo el país.

La carretera va bordeando el mar, tan cerca en algunos tramos que parece construida en terreno ganado al océano y a no más de un par de metros sobre el nivel del agua; no debe haber grandes oleajes en esta zona pues de lo contrario el mar se llevaría toda la carretera; es evidente que estamos a corta distancia del ecuador, zona en la que, para los marineros a vela de otros tiempos, eran proverbiales las temidas "calmas ecuatoriales". La carretera discurre por paisajes idílicos, unas veces entre cocoteros, otras entre el borde del mar y un murallón vertical impresionante, incluso un pequeño túnel, casi un simple arco, para salvar un saliente rocoso; entre la lujuriante vegetación tropical o entre las cañas de la sabana. Esto último me sorprende un poco; no imaginaba que en el norte de la isla hubiera colinas peladas y zonas de sabana herbácea, que me recuerdan el este del Congo: Terrenos cubiertos de hierbas altas de más de dos metros y gruesas como cañas, que allí llamamos "matete".

Por la posición del sol me doy cuenta de que hemos girado hacia el oeste y ahora lo vamos haciendo hacia el sur. Hemos pasado de la vertiente que mira hacia África a la vertiente que mira hacia América. Atravesamos "Santa Catarina" y llegamos al mojón que marca el Kilómetro 44: es el último, y a pocos metros el asfalto se acaba. Lo bonito sería dar la vuelta completa a la isla... "Inútil soñar, no hay carretera en la costa occidental", me dice mi compañero. Yo circunvalé en una ocasión otra isla volcánica como ésta, la de la Palma, en abril de 1993.

Tenemos pues que dar media vuelta y desandar el camino. A la salida de un poblado un nativo nos hace auto stop, dice que está enfermo y quiere ir al médico; pero en lo alto de la colina vemos el edificio de un hospital... "Es que está abandonado, se cerró", nos dice. ¿Quién arreglará esta situación? En "As Neves" nos detenemos para visitar a las Hermanas Franciscanas Hospitalarias. Se ocupan de todo: Hospital, dispensario, orfanato, catequesis... La iglesia es más moderna que las que he visto hasta ahora; en el interior, un grupo reza y canta; la gran noticia es que mañana habrá aquí una boda ¡como hay tan pocas...! Las Hermanas nos invitan a tomar un refresco en su casa y nos comentan que mañana un par de ellas viajarán hasta Lisboa en el mismo vuelo en que lo haré yo.

Seguimos viaje y, en un momento dado, el chofer toma un camino sin asfaltar: dice que el recorrido es más pintoresco que por la carretera; pero no hemos recorrido ni un Kilómetro cuando encontramos un hoyo en el camino, lleno de agua; aunque vamos con un todo terreno el chofer no quiere arriesgarse a entrar; así que damos media vuelta en busca de nuevo de la carretera asfaltada. Ya se ha hecho de noche y no podemos entretenernos más.

El Sr. Obispo, también hoy, se ausenta para cenar: le han invitado en la Legación francesa. "Hoy es la toma de la Bastilla" nos recuerda el P. Ricardo...

Y ya, a hacer las maletas para madrugar mañana. Pongo el despertador para que suene a las 4,30. Me ducho antes de acostarme pues mañana tendré prisa al levantarme.

15.07.06 Sábado.

Me costó dormirme y he tenido sueños raros, pero el despertador suena puntualmente; me aseo y meto los últimos objetos en la maleta.

El P. Ricardo me espera impaciente en la calle con el coche preparado. Cuando llegamos al aeropuerto a las 5,30 ya está todo en movimiento. La tasa del aeropuerto son 20 $ pero el P. Ricardo me recomienda que pague en moneda local: son 260.000 Dobras, o sea a 13.000 por Dólar. Aquí vacío mis bolsillos, entrego todas las Dobras que me quedan al P. Ricardo y me despido de él: la zona de facturación está reservada para los viajeros y él no puede pasar. No sé si disponen de escáner para las maletas pero no las controlan antes de facturar; lo que sí controlan minuciosamente son los equipajes de mano pues no hay medios técnicos: son dos policías, hombre y mujer, y hacen su trabajo con tal calma que se me antoja un poco exasperante... Bueno, ya estoy en la sala de espera y tengo por delante casi dos horas antes de embarcar.

Quería haber comprado algunos recuerdos, pero al final no ha sido posible; Laura me iba a acompañar, pero cuando volví ayer a casa ya era demasiado tarde. Hay aquí una tienda de esas "libre de impuestos"; entro a ver; hay unas tablas con escenas de la vida de los nativos en relieve; no me gustan mucho pero tampoco hay dónde escoger: "son diez Euros cada una", me dice una de las dependientas, escojo cinco de las siete expuestas y, cuando voy a pagar, la cajera las sube a 15... ¡Vaya! Precios "à la tête du client" (según el cliente). También compro un par de paquetitos de café de 250 gramos a seis Euros la unidad (por lo menos, en este caso, el precio estaba señalado): Me parece que estos "pretos" (morenos) no tienen sentido de la mesura ¿querrán espantar a los turistas?...

Al fin se oye el ruido que nos anuncia la llegada del avión, y la sala de espera se va llenando. Todavía un poco más de paciencia y, por fin, embarcamos: desde que te pones en movimiento hasta que el avión despega han pasado cuatro horas y media. ¡Adiós, São Tomé e Príncipe! ¿Os volveré a ver?

En el avión tardan en servirnos el desayuno. En España son ya las 11 de la mañana, y mi estómago empieza a protestar. Por ser el vuelo diurno, pedí ventanilla al hacer la reserva, así que miro con interés por ver si sobrevolamos Príncipe, pero no, el avión ha cogido otra ruta más al oeste: no hacemos vuelo directo a Lisboa sino que haremos escala en las Islas de Cabo Verde. De todos modos pronto las nubes nos ocultan el suelo, tierra o mar... Han pasado dos horas más; nos han puesto un película a la que no hago caso; son ya las 13 en España y no llegaré hasta las 19. Los asientos a mi lado están vacíos, puedo moverme con libertad y estar con mis pensamientos.

Sobrepasada la franja ecuatorial de nubes, la tierra se hace visible de nuevo: estamos sobrevolando el "talón" del continente africano. Creo identificar el río Gambia y pronto una gran ciudad en la costa, que sin duda es Dakar; el avión pone proa hacia las islas de Cabo Verde. La "Ilha do Sal" (Isla de la Sal) aparece ante nuestra vista; no sé si las demás islas del archipiélago son parecidas: yo me las imaginaba cubiertas de vegetación tropical, en consonancia con el nombre del país, pero ésta aparece reseca y árida, casi plana, como un portaaviones gigante en medio del océano: Aquí está el aeropuerto internacional "Amílcar Cabral" (nombre del que fue líder de la independencia de Guinea y Cabo Verde), que es una base militar: de hecho, dos aviones militares aparecen aparcados en uno de los extremos. Tenemos que desembarcar llevándonos los equipajes de mano pues aquí hacen limpieza del aparato y cambian la tripulación. El la terminal me entretengo curioseando lo que está al alcance de la vista; en la inevitable tienda están a la venta muchos de los productos de la agricultura y de la artesanía caboverdiana que me producen una grata impresión: deduzco que los habitantes de estás islas, aunque pobres, son laboriosos y emprendedores.

Después de una escala de hora y media en Lisboa llego felizmente a Barajas y la sorpresa es mayúscula; me parece haber aterrizado en un país del tercer mundo; el caos en la zona de equipajes es monumental: Maletas esparcidas o amontonadas por todas partes; ¿recuperaré la mía?... Nos marean un rato con las bandas transportadoras corriendo de una a otra pero, por fin, damos con la buena: ahí está mi maleta.

Mi compañero Antonio me estaba esperando, casi desesperando; unos minutos más y ya estoy felizmente de nuevo en casa. ¡Gracias a Dios!

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